—Tened lástima de mí; no tenía el valor suficiente... ¿y de qué hubiera servido el afligiros con anticipación?

—¿Y Renzo?, dijo Inés, meneando la cabeza.

—¡Ah!, exclamó Lucía estremeciéndose; yo no debo pensar ya más en ese infortunado. Se conoce que no estaba destinado... Ved cómo parece que el Señor nos había querido separar. ¿Y quién sabe?... Pero no, no; él lo habrá preservado del peligro, y quizá hará que sea más afortunado apartándole de mí.

—Pero entretanto, replicó la madre, si tú no estuvieses ligada para siempre, y con tal que no hubiese sucedido á Renzo desgracia alguna, con el dinero se hubiera remediado todo.

—Pero este dinero, replicó Lucía, ¿estaría en vuestro poder si yo no hubiese pasado aquella noche? Ya que Dios ha querido que todo vaya así, hágase su divina voluntad. Y la voz de Lucía se extinguió ahogada por las lágrimas.

Á tan inesperado argumento, Inés se quedó pensativa. Después de algunos momentos de silencio, Lucía conteniendo sus sollozos, repuso:

—Al presente, que la cosa está ya hecha, es preciso someterse voluntariamente; y vos, mi pobre madre, vos que me podéis ayudar, primeramente rogando al Señor por vuestra desdichada hija, y luego... conviene que el infeliz Renzo lo sepa. Meditadlo, hacedme todavía este favor; porque vos, podéis pensar en ello. Cuando sepáis dónde está, hacedle escribir, buscad un sujeto... justamente vuestro primo Alejo, que es un hombre prudente y caritativo, que nos ha querido siempre bien, y que no hablará de más: valeos de él para escribirle del modo que ha pasado todo, en dónde me he encontrado, lo que he padecido, y además decidle que Dios lo ha querido así, que se tranquilice, que yo no puedo jamás pertenecer á ningún hombre. Hacédselo comprender bien, explicadle lo que yo he prometido, que he hecho voto... Cuando sepa que he prometido á la Virgen... Él ha sido siempre muy temeroso de Dios... y vos, desde el momento en que sepáis noticias suyas, escribidme, hacedme saber que está sano y salvo; y después... no me hagáis saber nada más.

Inés, sumamente enternecida, aseguró á su hija que todo se haría como deseaba.

—Quisiera deciros otra cosa, replicó ésta: lo que ha sucedido al infortunado Renzo no hubiera tenido lugar, si no hubiera tenido la desgracia de pensar en mí: está al presente errante, fugitivo; se le han hecho perder todos sus ahorros; se le ha arrebatado todo lo que poseía; todas las economías que el infeliz había hecho, bien sabéis por qué... ¡y nosotras, que tenemos tanto dinero! ¡Oh, madre mía! ¡Ya que el Señor os ha enviado tantas riquezas y que al infeliz lo miráis como hijo vuestro!... ¡Oh, partidlas con él que seguramente Dios os lo premiará; buscad una ocasión á propósito, y enviadle la mitad: ¡el cielo sabe cuánta necesidad tendrá de ello!

—¡Y bien!, ¿qué crees tú?, respondió Inés; sí, seguramente que se lo mandaré. ¡Pobre joven! ¿Por qué piensas que yo estaba contenta con ese dinero? Pero... ¡yo que había venido aquí tan alegre! Vaya; dejemos esto: yo se lo enviaré; ¡desdichado Renzo! Mas él también... yo me entiendo. Ciertamente el dinero agrada al que lo necesita; pero á él, de seguro no lo hará engordar.