Lucía dió gracias á su madre por aquella pronta y liberal condescendencia, con una gratitud, con un afecto, capaz de hacer comprender á quien la hubiese escuchado, que su corazón pertenecía aún todo entero á Renzo; quizá más de lo que ella misma creía.

—¿Y sin ti, qué haré yo, infeliz mujer?, dijo Inés llorando á su vez.

—¿Y yo sin vos, pobre madre mía, y en una casa extraña? ¡Allá tan lejos, en aquel Milán!... Mas el Señor será con nosotras dos, y nos reunirá. Dentro de ocho ó nueve meses nos volveremos á ver; y de aquí á entonces, y aun antes, espero que él habrá arreglado las cosas para consolarnos. Dejémoslo á su divina voluntad; siempre, siempre pediré á la Madonna esta gracia. Si tuviese alguna otra cosa que ofrecerle, lo haría; pero es tan misericordiosa, que á pesar de todo me lo otorgará.

Con éstas y otras semejantes palabras, repetidas muchas veces, acompasadas de lamentos y de consuelos, de aflicción y de resignación, con multitud de recomendaciones y promesas de no decir nada á nadie, con una infinidad de lágrimas, después de prolongados y nuevos abrazos, las mujeres se separaron, prometiéndose recíprocamente volverse á ver para el próximo otoño, á más tardar; como si esto dependiese de ellas, y según se hace siempre en semejantes casos.

Sin embargo, pasóse largo espacio de tiempo sin que Inés pudiese saber nada absolutamente con respecto á la suerte de Renzo; no recibía cartas ni mensajes de ninguna especie; las gentes del pueblo ó de las cercanías, á quien podía preguntar, no sabían más que ella.

No era Inés la única que hiciese inútilmente tales pesquisas: el cardenal Federico, que no había dicho por mera fórmula á nuestras dos pobres mujeres que quería tomar informes acerca del infeliz joven, escribió efectivamente con la mayor prontitud para tenerlos. Cuando fué á Milán, de vuelta de su visita diocesana, recibió una respuesta, en la cual le decían no haberse podido encontrar huella alguna del indicado sujeto, que verdaderamente permaneció algún tiempo en casa de un pariente suyo, en tal país, en el cual nada había dado que decir; pero que una mañana muy temprano desapareció de súbito, y que ni aun su mismo pariente nada sabía de él, no pudiendo más que repetir ciertas voces sin fundamento y contradictorias que corrían, de haber el joven sentado plaza para Levante, habiendo pasado á Alemania, en donde había perecido al vadear un río: luego se añadía que estarían sobre aviso, si alguna vez sabían algo de positivo, con el objeto de dar prontamente parte á su señoría ilustrísima y reverendísima.

Más tarde, éstas y otras voces semejantes se esparcieron hasta el territorio de Lecco, y llegaron por consiguiente á los oídos de Inés. La pobre mujer hacía todo lo posible para sacar en claro la verdad, para llegar á la fuente de donde provenía; pero no conseguía nunca encontrar nada más que aquel se dice, que á pesar de todo, aun hoy en día es suficiente para atestiguar tantas cosas. Algunas veces, apenas le referían alguna noticia, llegaba uno y le decía que no era cierta; pero esto era para darle en cambio otra igualmente extraña ó siniestra. Todo charlatanería: he aquí el hecho.

El gobernador de Milán, y capitán general de Italia, D. Gonzalo Fernández de Córdoba, se había quejado amargamente al señor presidente de Venecia en Milán, porque un bribón, un ladrón público, un promovedor de motines y asesinatos, el famoso Lorenzo Tramaglino, el cual, estando en poder de la justicia misma, había excitado una rebelión para procurarse la libertad, hubiese sido acogido y recibido en el territorio de Bérgamo. El presidente había contestado, que nada sabía acerca de semejante asunto, y que escribiría á Venecia para poder dar á su excelencia alguna explicación del caso.

En Venecia había por máxima el secundar y cultivar la inclinación que tenían los operarios de seda milaneses á establecerse en el territorio de Bérgamo; de hacer que ellos encontrasen en dicho país muchas ventajas, y sobre todo que estuviesen seguros y al abrigo de toda clase de persecución, sin lo cual no hay ningún bien en este mundo. Pues así como entre dos fuertes litigantes, cualquier cosa, por pequeña que sea, hay necesidad siempre de que tome parte un tercero; del mismo modo Bartolo fué avisado confidencialmente no se sabe por quién, que Renzo no estaba seguro en el pueblo, y que sería mejor que entrase en alguna otra fábrica, mudando al propio tiempo de nombre; Bartolo comprendió el caso, y no se entretuvo en hacer objeciones, sino que corrió precipitadamente al encuentro de su primo, y contóle sucintamente la ocurrencia, lo metió consigo en un calesín, lo acompañó á otra fábrica distante de la suya cerca de quince millas, y lo presentó bajo el nombre de Antonio Rivolta, al dueño, que era también del estado de Milán, y antiguo conocido suyo. Éste, aunque los tiempos fuesen calamitosos, no se hizo de rogar para recibir un operario que se le recomendaba como hábil y honrado, por un hombre de bien é inteligente. Luego que lo experimentó, no hizo más que regocijarse de tal adquisición; únicamente que al principio, el joven le había parecido que debía ser un poco sordo, á causa de que cuando se le llamaba Antonio, las más veces no contestaba.

Poco tiempo después, llegó de Venecia una orden redactada en estilo bastante dulce, al capitán de Bérgamo, para que se informase y diese aviso si en su jurisdicción, y especialmente en tal pueblo, se encontraba el sujeto consabido. El capitán, habiendo hecho sus diligencias de la manera que había comprendido que se deseaban, dió una respuesta negativa, la cual fué trasmitida al presidente en Milán, para que éste la trasmitiese á su vez á D. Gonzalo Fernández de Córdoba.