Y no faltaban curiosos que quisiesen saber por Bartolo por qué el susodicho joven no estaba ya allí, y dónde había ido. Á la primera pregunta éste respondió: “Ha desaparecido”. Para desembarazarse de los más obstinados, sin darles que sospechar de lo que había de cierto, juzgó á propósito regalarles, ya á unos, ya á otros, las noticias referidas anteriormente; pero todo esto, como cosas inciertas que también él había oído decir, sin asegurar que fuesen positivas.
Mas cuando la pregunta fué hecha por orden del cardenal, sin nombrarlo, y con cierto aparato de importancia y de misterio, dejando comprender que era en nombre de un gran personaje, Bartolo se puso más sobre sí, y creyó necesario responder según costumbre; de modo que tratándose de una persona ilustre, dió de una vez todas las noticias que había ideado una á una en aquellas diversas ocurrencias.
No se crea, sin embargo, que D. Gonzalo, siendo un señor de aquella especie, quisiese habérselas personalmente con un infeliz aldeano hilador de seda; que no se crea tampoco que informado quizá del poco respeto usado, y de las malas palabras dichas por él á su rey moro encadenado por la garganta, tratase de vengarse; ó que lo juzgase un sujeto bastante peligroso para perseguirle aun en su fuga y no dejarle vivir por muy lejos que estuviese, del mismo modo que hizo el senado romano con Aníbal. D. Gonzalo tenía demasiadas cosas en que pensar para tomarse cuidado por las acciones de Renzo; y si pareció que se lo tomó, provino de un concurso singular de circunstancias por las cuales el infeliz, sin comerlo ni beberlo, se encontró con un sutilísimo é invisible hilo atado á aquellos grandes é importantes negocios.
CAPÍTULO NOVENO
Ya más de una vez se ha ocurrido el hacer mención de la guerra que entonces fermentaba, con motivo de la sucesión á los estados del duque Vicente Gonzaga, segundo de este nombre; pero siempre ha acontecido en momentos de apuro, de modo que no hemos podido decir más que algunas palabras al vuelo. Sin embargo, al presente es indispensable para la inteligencia de nuestra narración, que entremos en algunos detalles particulares. Éstas son cosas que el que conoce la historia debe saberlas; mas como por una especie de justo sentimiento de uno mismo, debemos suponer que esta obra no podrá ser leída sino por personas que la ignoren, no será malo que digamos lo preciso para dar una ligera tintura á los que tengan necesidad de ello.
Llevamos dicho, que á la muerte de aquel duque, el primero llamado por línea recta á sucederle, fué su más próximo heredero Carlos Gonzaga, jefe de una segunda rama trasplantada en Francia, en donde poseía los ducados de Nevers y de Rhetel, habiendo entrado igualmente en posesión de Mantua, y nosotros añadimos ahora del Monferrato, cuya circunstancia, á causa de la precipitación, habíamos olvidado en el tintero. La corte de Madrid, que quería á todo evento (esto también lo hemos dicho) excluir de los dos últimos feudos al nuevo príncipe, y para conseguirlo necesitaba un motivo (pues que la guerra promovida sin razón, hubiera sido una cosa demasiado injusta), se había declarado sostenedora de los que pretendían tener en Mantua otro Gonzaga Ferrante, príncipe de Guastalla; y en el Monferrato á Carlos Emanuel I, duque de Saboya, y á Margarita Gonzaga, duquesa viuda de Lorena. D. Gonzalo, que pertenecía á la familia del gran capitán, de la cual llevaba el nombre, y que había hecho ya la guerra en Flandes, deseoso, además, de excitar otra en Italia, era acaso el que más atizaba el fuego para encenderla; y en el ínterin, interpretando las intenciones y extralimitándose de las órdenes de la susodicha corte, había concluido con el duque de Saboya un tratado de invasión y de división del Monferrato, habiendo obtenido fácilmente la ratificación del conde-duque, persuadiéndole que la adquisición de Casal, punto más defendido de la parte que le tocaba al rey de España, era en extremo asequible. Sin embargo, protestaba en su nombre no querer ocupar el país más que á título de depósito, hasta la decisión del emperador; el cual, en parte por seguir á otros, en parte por motivos peculiares suyos, había negado la investidura al nuevo duque, intimándole que le dejase como en secuestro los estados que motivaban la controversia; prometiendo, después de haber oído á las partes, entregárselos al que tuviese verdadero derecho á ellos, condiciones á las cuales no había querido someterse el duque de Nevers.
Éste tenía, sin embargo, altos y poderosos aliados: el cardenal de Richelieu, el senado de Venecia y el papa, que era, según hemos dicho, Urbano VIII. Pero el primero, empeñado entonces en el sitio de la Rochela, en guerra también con la Inglaterra, contrariado por el partido de la reina madre María de Médicis, enemiga por ciertas razones particulares de la casa de Nevers, no podía dar más que esperanzas. Los venecianos no querían moverse ni menos declararse, á no ser que un ejército francés se introdujese en Italia, y ayudando al duque bajo mano, según podían, estaban á la mira de la corte de Madrid y del gobernador de Milán, en vista de sus proposiciones, protestas, exhortaciones pacíficas ó amenazadoras, según las circunstancias. El papa recomendaba á sus amigos al duque de Nevers, intercedía en su favor para con los adversarios, hacía proposiciones de paz; mas al tratar de poner gentes en campaña, nada quería saber.
Los dos aliados pudieron, pues, empezar con seguridad la concertada empresa. El duque de Saboya había entrado por su parte en el Monferrato, D. Gonzalo había puesto con alegría sitio á Casal; mas no encontraba toda la satisfacción que se había prometido en dicho punto, pues veía que en la guerra no todo son rosas. La corte no le ayudaba según sus deseos, porque lo dejaba desprovisto de los medios más necesarios; su aliado no le servía demasiado; es decir, que después de haberse apoderado de su porción, andaba pellizcando la señalada al rey de España. D. Gonzalo se enfurecía mucho más de lo que puede expresarse, pero temía si daba á entender algo, que aquel Carlos Emanuel, tan activo en las intrigas como voluble en los tratados y valiente con las armas en la mano, se hiciese del partido de la Francia; por lo cual se vió obligado á cerrar los ojos, á tascar el freno, y estarse quieto. El sitio, pues, iba mal, se alargaba, y con frecuencia tomaba un giro poco agradable, ya por el continente firme, hábil, vigilante y resuelto de los sitiados, ya por tener poca gente, y al decir de algún historiador, á causa de los muchos disparates que hacía. Sobre esto, nosotros dejaremos la verdad en su lugar, dispuestos, aun cuando la cosa fuese realmente así, á encontrarla muy buena, si fué causa de que en aquella empresa quedara muerto, aniquilado, estropeado algún hombre á lo menos, et ceteris paribus, no habiendo, sin embargo, causado tanto daño á los edificios de Casal. En medio de estas circunstancias, recibió la noticia de la sedición de Milán, lo cual le obligó á acudir en persona.
En la relación que se le hizo, no dejaron de mencionar la fuga de Renzo, fuga rebelde que había metido tanto ruido, como igualmente los hechos verdaderos y supuestos que habían motivado su arresto; participándole también que dicho individuo se había refugiado en el territorio de Bérgamo. Esta circunstancia llamó la atención de D. Gonzalo. De todas partes le informaban que Venecia había alzado el grito y alegrádose de la sublevación de Milán; y al principio se creía que se vería obligado á levantar el sitio de Casal, y pensaban siempre que él estaba abatido y con gran cuidado, tanto más cuanto que inmediatamente después de este suceso había llegado la noticia tan deseada para el senado y tan temida de D. Gonzalo, de la rendición de la Rochela. Picado en lo más vivo, ya como hombre, ya como político, que el senado hubiese formado tal opinión de él, espiaba la menor ocasión para persuadirles, por vía de inducción, que no había perdido nada de su antigua osadía; porque decir en términos expresos: “no tengo miedo”, equivalía á no decir nada. Éste era un buen medio para hacerse el disgustado, para quejarse, para reclamar; de cuyas resultas, habiendo llegado el presidente de Venecia á presentarle sus respetos, y para explorar al mismo tiempo en sus ademanes y expresión lo que pasaba en su alma (nótese bien esto, pues tal era la política de aquella fina y astuta diplomacia), D. Gonzalo, después de haber hablado del motín ligeramente y como hombre que ya lo ha reparado todo, movió el estrépito que ya sabemos tocante á Renzo, como también no ignoramos lo que sucedió después. En seguida ya no se ocupó más de un negocio tan mezquino, y tocante á él, enteramente terminado; y luego cuando pasaba algún tiempo le llegó la respuesta en el campamento mismo, frente de Casal, adonde había vuelto y estaba revolviendo tantas ideas en su imaginación, levantó y meneó la cabeza, á semejanza de un gusano de seda que busca la hoja del moral. Reflexionó un instante, para recordar mejor el hecho del cual no le quedaba más que una idea confusa; lo trajo á la memoria, presentósele una sombra vaga y fugitiva del individuo, pasó á otra cosa y no pensó más en ello.
Pero Renzo, que estaba lejos de sospechar esto, no debió suponer un tan benigno descuido, por lo cual no tuvo en mucho tiempo, ó por decir mejor, otro estudio, que el de vivir oculto. Es fácil suponer si ansiaría enviar noticias suyas á las mujeres y tenerlas de ellas: pero había dos grandes dificultades; la una era que tenía que confiarse á un secretario, porque el infeliz no sabía ni escribir, ni aun leer, en el riguroso sentido de la palabra; y si habiendo sido preguntado, como recordarán los lectores, por el Dr. Azzecca-Garbugli, había contestado que sí, no fué para lisonjearse, por orgullo, sino que lo cierto era que sabía leer lo impreso tomándose algún tiempo; pero lo manuscrito, era negocio enteramente distinto. Érale, pues, preciso valerse de un tercero para confiarle sus asuntos y un secreto tan peligroso. En aquella época no se encontraba fácilmente un hombre que supiese escribir, y al mismo tiempo que fuese de fiar, mucho más en un país en donde no tenía ninguna especie de relaciones. La otra dificultad era el encontrar igualmente un mensajero, un hombre que fuese precisamente hacia aquel lado, que quisiera encargarse de la carta y tomarse el trabajo de entregarla; cosas todas muy difíciles que pudiesen reunirse en un solo hombre.