Finalmente, á fuerza de buscar y más buscar, halló quien le escribiese; pero no sabiendo si las mujeres se encontraban aún en Monza, ó en dónde, juzgó conveniente incluir la carta para Inés en otra dirigida al padre Cristóbal. El amanuense se encargó también de encaminar el pliego, entregándolo á uno que debía pasar muy cerca de Pescarenico; éste lo dejó, recomendándolo mucho, en un mesón que se hallaba en el camino mismo y muy cerca del paraje. Como el pliego iba dirigido á un convento, llegó á él en efecto; mas no se ha sabido lo que sucedió después. No viendo Renzo aparecer contestación alguna, hizo escribir otra carta con poca diferencia igual á la primera, y la metió en una segunda dirigida á un amigo ó pariente suyo de Lecco. Buscóse otro portador, el cual se encontró: esta vez la carta llegó á quien iba dirigida. Inés se encaminó apresuradamente á Maggianico, se la hizo leer y explicar por Alejo su primo, del cual ya se tiene noticia: concertó con él una contestación, que puso por escrito, y se logró el medio de hacerla llegar á manos de Antonio Rivolta, en el lugar de su domicilio. Todo esto, sin embargo, no se hizo tan pronto como nosotros lo referimos. Renzo recibió dicha contestación, y mandó otra. En una palabra, se estableció por ambas partes una correspondencia poco rápida, poco regular, pero sin embargo, sostenida.

Mas para tener una idea de dicha correspondencia, es necesario saber cómo se hacía entonces esta especie de cosas; pues bien, se hacía del mismo modo que ahora; porque creo que sobre este particular poco ó nada habrá variado.

El aldeano que no sabe escribir, y que, sin embargo, se ve en la necesidad de hacerlo, se dirige á cualquiera que conozca dicho arte, escogiéndolo, cuanto le es posible, entre las gentes de su clase, porque tiene poca confianza en la de las demás. Él lo informa con más ó menos orden y claridad acerca de los antecedentes, y le expone de la misma manera lo que se ha de escribir. El amanuense, ya comprendiendo, ya adivinando, da algún consejo, propone alguna variación, y dice: “Dejadme hacer”; toma la pluma, pone como puede en forma de carta las ideas del otro, las corrige, las mejora, carga la mano, corta algunas veces, llega hasta omitir, según le parece que haciéndolo dará un giro mejor al negocio; porque no hay remedio, todo hombre que sabe más que los otros, no quiere ser un instrumento material de estos últimos; y cuando entra en las negociaciones de otro, quiere también hacerlo que vaya á su modo. Á pesar de todo esto, el que escribe no logra siempre decir todo lo que quisiera; le sucede algunas veces expresar todo lo contrario; no es extraño nos pase también lo mismo á nosotros los que escribimos para la imprenta. Cuando la carta así dispuesta llega á manos del corresponsal, y que no está más acostumbrado á la escritura, la lleva á otro sabio de igual calibre, el cual se la lee y se la explica. De esto nacen mil cuestiones sobre su verdadera inteligencia; porque el interesado, fundándose en el conocimiento que posee de hechos anteriores, pretende que ciertas palabras quieren decir una cosa; el lector, con la práctica que tiene de la composición, se empeña que aquéllas quieren significar otra. Finalmente, es preciso que el que no sabe se ponga en manos del que sabe y le encargue la contestación. Ésta, hecha del mismo modo que la primera carta, se encamina á su destino, y se sujeta á una interpretación semejante. Si por casualidad el objeto de la correspondencia es un poco escabroso; si se trata de negocios secretos que no se quiera dar á conocer á un tercero por temor de que la carta caiga en malas manos; si á causa de esto no se pone cuidado de decir con bastante claridad las cosas; entonces, por poco que dure la correspondencia, las partes acaban por entenderse entre sí como dos estudiantes que cuestionan por espacio de cuatro horas sobre la ética: hacemos esta comparación, para no tomarla de las cosas del día, porque quizá tendríamos que arrepentirnos.

Al presente, pues, el caso de nuestros dos corresponsales era precisamente el que hemos puesto por ejemplo. La primera carta, escrita en nombre de Renzo, contenía muchos detalles. Primeramente, además de una relación de su fuga, mucho más concisa sin duda, pero también más desordenada que la que nosotros hemos hecho, formaba igualmente parte de su situación actual. Inés y su intérprete estuvieron bien lejos de poder sacar algo completo y claro: hablaba de un aviso secreto, de un cambio de nombre, de estar en seguridad y de tener que permanecer oculto; cosas todas muy poco familiares á sus inteligencias, mayormente siendo dichas en la carta un tanto enigmáticamente. En seguida, iban preguntas apremiantes, apasionadas, sobre las aventuras de Lucía, con palabras oscuras y tristes, con respecto á las voces que habían llegado hasta Renzo. Había, por último, esperanzas inciertas y lejanas, proyectos lanzados para lo sucesivo mezclando promesas y súplicas de mantener la fe dada, de no perder la paciencia ni el valor, de aguardar mejores tiempos.

Poco después, Inés encontró un medio seguro de hacer llegar en manos de Renzo una contestación acompañando los cincuenta escudos que le habían sido señalados por Lucía. Al ver Renzo tanto oro, no sabía qué pensar, y con el ánimo agitado por una admiración é inquietud que estaban lejos de dejarle satisfecho, corrió apresuradamente á buscar el amanuense para hacerse interpretar la carta, y poseer la llave de un tan extraño misterio.

En dicha carta, el escribiente de Inés, después de algunas quejas sobre la poca claridad de la primera, pasaba á describir de una manera por lo menos tan lamentable, la terrible historia de aquella persona (así decía); luego daba cuenta de los cincuenta escudos; después hablaba del voto, pero por vía de perífrasis; añadiendo con palabras más directas y claras el consejo de que se tranquilizara y no pensase más en ella.

Poco faltó que Renzo no la emprendiese con el lector intérprete; temblaba, se horrorizaba, se enfurecía por lo que había comprendido y por lo que no había podido entender. Se hizo leer por tres ó cuatro veces el terrible escrito, unas veces comprendiéndolo mejor á su parecer, otras encontrando oscuro é inexplicable lo que en un principio le había parecido claro; y, en aquella fiebre de pasiones, quiso que el amanuense tomase precipitadamente la pluma y contestase. “Después de las expresiones más fuertes que puedan imaginarse de piedad y de terror por las aventuras de Lucía escribid”, continuaba dictando, “que no quiero tranquilizarme, ni me tranquilizaré jamás; que éstos no son consejos para dar á un hombre como yo, y que al dinero no tocaré; que lo guardo en depósito para que sirva de dote á la joven; que ésta debe pertenecerme, y que yo no tengo nada que ver con esa promesa; que siempre he oído decir que la Madonna se mezcla en nuestros negocios para ayudar á los afligidos y para obtener gracias, pero nunca para causar daño y para hacer faltar á la palabra; que esto no puede quedar así; que con el dinero nos basta para establecernos en este país; y que, por último, si nuestros negocios al presente están un poco embrollados, es una borrasca que pasará pronto”. Á esto añadió otras cosas poco más ó menos por el mismo estilo, las cuales omitimos para no cansar á los lectores.

Luego que Inés recibió dicha carta, hizo escribir otra, y la correspondencia continuó del modo que hemos visto.

Cuando Inés llegó á conseguir, ignoramos por qué medio, el hacer saber á Lucía que Renzo estaba sano, salvo y en lugar seguro, esta última experimentó un gran consuelo; pues no deseaba más que una cosa, á saber: que él la olvidase, ó para decirlo con más propiedad, que pensara en olvidarla. Por su parte, formaba cien veces al día una resolución semejante, y hacía todos los esfuerzos posibles para llevarla á cabo. Dedicábase asiduamente al trabajo; trataba de ocuparse toda entera á él. Cuando la imagen de Renzo se le presentaba á la imaginación, esforzábase en desterrarla por medio de la oración; mas como si dicha imagen hubiese tenido malicia, jamás llegaba sola y de improviso; al contrario, se introducía furtivamente á favor de otras imágenes, de manera que la mente no se apercibía de ella hasta algún tiempo después que se había presentado. Lucía comenzaba pensando en su madre; ¿cómo no había de pensar?, y el Renzo ideal venía poco á poco á colocarse en medio, como lo había hecho tantas veces el verdadero Renzo. Si la infeliz se ponía algunas veces á meditar sobre su porvenir, él aparecía también como diciendo: “allí estaré igualmente”. Sin embargo, si el no pensar en él era empresa desesperada, Lucía llegó hasta cierto punto á pensar menos y con menos fuerza de lo que hubiera querido; lo habría logrado mejor si hubiese sido sola en quererlo; mas estaba de por medio D.ª Prajedes, la cual, ocupada enteramente en arrancar al joven del corazón, no había encontrado mejor expediente que el hablar de él sin cesar. “Y bien, le decía, no pensemos más en ello”.

—Yo no pienso en nadie, respondía Lucía.