D.ª Prajedes no era mujer que se pagase de semejante respuesta; replicaba que se necesitaban hechos y no palabras; discutía largamente sobre las costumbres de las jóvenes, las cuales, decía, cuando han entregado su corazón á un libertino (á los que siempre tienen inclinación), no quieren desprenderse jamás de él. Si un buen partido, razonable, un sujeto excelente, un hombre honrado les falta por algún accidente, en seguida se consuelan; pero cuando se enamoran de un calavera, el mal es incurable. Y entonces empezaba el panegírico del pobre ausente, del bribón llegado á Milán para llevarlo todo á sangre y fuego, queriendo también que Lucía confesase que en su pueblo había cometido una infinidad de maldades.
Lucía, con la voz trémula de vergüenza, de dolor y de esa indignación que podía ser permitida á su alma dulce y humilde fortuna, juraba y perjuraba que en su pueblo aquel pobre desgraciado no había dado nunca nada malo que decir; hubiera querido, proseguía, que hubiese estado presente alguno del mismo paraje para que diese testimonio de lo que decía. Acerca de los sucesos de Milán, de los cuales no podía conocer los detalles, lo defendía igualmente por el conocimiento que tenía de él y de su modo de portarse desde la infancia; ella lo defendía ó se proponía defenderlo, por puro deber de caridad, por amor á la verdad, y para servirnos de la palabra con la cual se explicaba su sentimiento, como á su prójimo. Pero de esta apología D.ª Prajedes sacaba nuevos argumentos para convencer á Lucía de que en su corazón Renzo ocupaba un lugar del cual era absolutamente indigno. Á la verdad, en aquellos momentos no se hubiera podido expresar lo que le sucedía. Al infame retrato que la vieja dama hacía del infeliz, el sentimiento que una larga costumbre había hecho nacer en el espíritu de la joven, se despertaba en contraposición más vivo y más distinto que nunca; sus recuerdos, que tantos trabajos le costaba vencer, venían en tropel á agruparse en su mente; la aversión y el desprecio que manifestaban contra el joven, reclamaban otros tantos motivos de aprecio y simpatía; aquel odio ciego y violento excitaba en su corazón una piedad más intensa. ¡Qué imprudencia!, ¿á qué hacer vibrar semejante cuerda? ¿Á qué tratar de renovar la pasión que la infortunada trataba de arrancar de su corazón? Sea como quiera, la conversación por parte de Lucía no duraba mucho tiempo, pues las palabras se convertían bien pronto en lágrimas.
Si D.ª Prajedes hubiese sido llevada á tratarla así por un odio inveterado contra ella, quizá las lágrimas la hubieran conmovido y hecho callar; mas como hablaba con buen fin, seguía adelante, sin ninguna especie de sentimiento; pues los gemidos, los gritos suplicantes, pueden detener muy bien el arma de un enemigo, pero no el bisturí del cirujano. Después de haber cumplido con su deber, según ella decía, luego de haberle dirigido multitud de reproches pasaba á las exhortaciones, á los consejos, mezclados también de algunas alabanzas, para templar de este modo lo agrio con lo dulce y obtener con más seguridad lo que deseaba, obrando sobre el ánimo en todos sentidos. Verdaderamente Lucía no conservaba de todas estas querellas (que siempre tenían poco más ó menos el mismo principio, medio y fin), ningún rencor contra su acerba predicadora, que la trataba por otra parte en todo lo demás con la mayor dulzura, y que aun en esto mismo se traslucía su buena intención. Sin embargo, quedábale, á pesar de todo, una agitación tal, una revolución tan inquieta de pensamientos y de amor, que necesitaba mucho tiempo y trabajo para volver á disfrutar de aquella especie de calma que experimentaba anteriormente.
Era una dicha para Lucía que no fuese la única á quien D.ª Prajedes tuviese que hacer bien, pues así las querellas no podían ser tan frecuentes. Además, el resto de su servidumbre veíase toda llena, según decía, de cerebros que tenían necesidad más ó menos de ser dirigidos y ordenados; á mayor abundamiento todas las demás ocasiones que se ofrecían de prestar los mismos oficios, por caridad á muchas gentes con las cuales no estaba obligada á nada, tenía fuera de esto cinco hijas. Ninguna de ellas estaba en la casa, pero le daban más en qué pensar que si efectivamente hubiesen vivido todas juntas. Tres eran religiosas, y las otras dos estaban casadas: D.ª Prajedes se encontraba naturalmente á causa de semejante circunstancia con el cargo de tener que regentar tres monasterios y dos casas: empresa vasta y complicada, y tanto más ardua, cuanto que dos maridos, protegidos de padres, madres y hermanos; tres abadesas, escoltadas por otras dignidades y multitud de religiosas, no querían aceptar su superintendencia. Era una guerra continua, ó por mejor decir, cinco guerras sordas, encubiertas, políticas, finas hasta cierto punto, pero vivas y sin treguas. Había en cada uno de aquellos sitios una atención perpetua en escapar de su solicitud, en cerrar la entrada á sus opiniones, en eludir sus pesquisas, en procurar que ignorase lo más que fuese posible todos sus negocios. No quiero hablar de las oposiciones, de las dificultades que encontraban el manejo de otros asuntos aun más extraños: se sabe que es necesario por lo común dispensar el bien algunas veces á los hombres por fuerza. En donde su celo podía ejercitarse libremente era en su misma casa; todos sin distinción de clases estaban sometidos en todo y por todo á su autoridad, excepto D. Ferrante, con el cual las cosas iban de un modo enteramente particular.
Hombre de estudio, no le gustaba ni mandar, ni obedecer. En buen hora que en todas las cosas de la casa su señora esposa fuese la dueña; pero él esclavo, eso no; y si cuando era rogado le prestaba en circunstancias dadas el servicio de su pluma, era porque se adaptaba á su genio y tenía un placer en ello; por lo demás, también sabía decir que no cuando estaba persuadido de que lo que quería hacerle escribir no era posible: “Ingeniaos, le decía entonces; hacedlo vos misma, ya que el asunto os parece tan claro”. D.ª Prajedes, después de haber intentado en vano por espacio de algún tiempo el atraerle para que ejecutase lo que deseaba, se veía obligada á regañar con él llamándole un esquiva-fatigas, testarudo, en fin, un literato, título que á pesar de su despecho, no se le daba sin alguna complacencia.
D. Ferrante pasaba largos ratos en su gabinete de estudio, en donde tenía una colección considerable de libros, que constaba á lo menos de trescientos volúmenes, de lo más selecto; obras todas de las más reputadas sobre diversas materias, en cada una de las cuales estaba más ó menos versado. En astrología era tenido, y con razón, por más que un aficionado; porque no solamente poseía las nociones generales y el vocabulario común de influencias, de aspectos y conjunciones, sino que también hablaba científicamente de las doce moradas del cielo, de los grandes círculos, de los grados brillantes y tenebrosos, de exaltaciones, tránsitos y revoluciones; en una palabra, de los principios más ciertos y recónditos de la ciencia. Hacía quizá veinte años, que en largas y frecuentes disputas sostenía la preeminencia de Cardano sobre otro sabio apegado ferozmente á la de Alcabizio, por mera obstinación, decía D. Ferrante; el cual reconociendo voluntariamente la superioridad de los antiguos, no podía, sin embargo, sufrir que no se quisiera dar la razón á los modernos, principalmente en aquellas cosas que estaban á la vista de todo el mundo. Conocía también más que medianamente la historia de la ciencia; sabía en caso necesario citar las más célebres predicciones verificadas, y razonar con la mayor sutileza y erudición sobre los demás que habían fallado, para demostrar que la culpa no era de la ciencia, sino de los que no habían sabido aplicarla bien.
De la filosofía antigua había aprendido igualmente lo suficiente, y sin cesar iba empapándose más y más en la lectura de Diógenes Laercio. Sin embargo, como no se pueden poseer todos los sistemas, por hermosos que ellos sean, y para ser filósofo es preciso escoger un autor, D. Ferrante había elegido á Aristóteles, el cual, según acostumbraba á decir, no era antiguo ni moderno, sino el non plus ultra de los filósofos. Tenía también diversas obras de los más sabios y útiles secuaces de la escuela aristotélica entre los modernos; con respecto á las de los adversarios, jamás había querido leerlas para no desperdiciar el tiempo, según decía, ni comprarlas porque tampoco quería tirar el dinero. Únicamente y por vía de excepción daba lugar en su biblioteca á los veintidós libros de Subtilitate y á algunas obras antiperipatéticas de Cardano, á causa de su mérito en la astrología, diciendo que el que había podido escribir el tratado de Restitutione temporum et motuum cœlestium y el libro Duodecim geniturarum, merecía ser escuchado aunque se equivocase; que el mayor defecto de aquel hombre célebre había sido el tener demasiada sutileza, y que nadie hubiera sido capaz de calcular hasta dónde habría llegado también en la filosofía, si siempre hubiese seguido el camino recto. Por lo demás, aunque á juicio de los hombres doctos D. Ferrante pasase por un peripatético consumado, con todo, á sus propios ojos no le parecía saber todavía lo suficiente, y más de una vez se le oyó decir con una modestia edificante, que la esencia, los universales, el alma del mundo y de la naturaleza de las cosas no eran materias tan claras cuanto se pudiesen creer.
Tocante á filosofía natural, se había formado más bien un pasatiempo que un estudio: las obras mismas de Aristóteles sobre esta materia las había más bien leído que estudiado. No obstante, con esta lectura, con las noticias recogidas incidentalmente en los tratados de filosofía general, con algunas ojeadas echadas sobre la Magia naturale Lapidum, de Porta, las tres historias Lapidum, Animalium, Plantarum de Cardano, el tratado de las yerbas, plantas y animales del grande Alberto, y algunas otras obras de menos importancia, sabía en caso necesario entretener una reunión de personas instruidas, razonando acerca de las virtudes más admirables y de las curiosidades más singulares de muchos simples. Describía exactamente las formas y los hábitos de las sirenas y del ave Fénix, único en su especie; explicaba del modo con que la Salamandra permanecía en medio del fuego sin quemarse, cómo la Rémora, siendo un pescado tan pequeño, tiene la fuerza y la habilidad de detener en un instante en alta mar á cualquier buque de gran porte; cómo las gotas del rocío se vuelven perlas en el seno de las conchas; cómo el Camaleón se alimenta del aire; cómo del hielo endurecido lentamente con el trascurso del tiempo se forma el cristal; y por último, otra serie de secretos de la naturaleza, los más prodigiosos.
Él se había dedicado mucho más á los de la magia y del sortilegio, porque dice nuestro anónimo se trataba de una ciencia mucho más en boga y más necesaria, de la cual los hechos son de mucha mayor importancia y más fácil de poderlos verificar. No hay necesidad de decir que en semejante estudio no había tenido jamás otra mira que la de instruirse y conocer á fondo las malas artes de los hechiceros, para poderse guardar y defenderse. Guiado, sobre todo, por el gran Martín del Río (el hombre de ciencia), estaba en disposición de discurrir ex professo sobre el maleficio del amor, sobre el soporífero, sobre el hostil, y otras infinitas especies que por desgracia, dice también el anónimo, se ven en práctica diariamente, de estos tres géneros capitales de maleficios de efectos tan dolorosos. Los conocimientos de D. Ferrante en la historia, especialmente universal, eran vastos y profundos, sobre cuyas materias sus autores favoritos eran el Tarcagnota, el Dolce, el Bugatti, el Campana, el Guazzo; finalmente, los más célebres.
Pero, decía con frecuencia D. Ferrante, ¿qué es la historia sin la política? Un guía que marcha siempre sin cesar, desprovisto de persona que le enseñe el camino, y que por consiguiente pierde todo lo que anda; del mismo modo, la política sin la historia es un hombre que camina sin guía. Tenía, pues, en sus estantes designado un pequeño lugar á los publicistas: allí, entre otros muchos de segundo orden, campeaban Bodin, Cavalcanti, Sansovino, Paruta y Boccalini: dos libros, sin embargo, había que D. Ferrante prefería á todos; dos obras que llamó, durante mucho tiempo, las primeras, sin poder jamás resolver á cuál de las dos convenía únicamente dar la primacía: la una era el Príncipe y los Discursos del célebre secretario florentino; “malvado, sí, decía D. Ferrante, pero profundo:” la otra, la Ragion di Stato, del no menos célebre Juan Botero, “hombre de bien ciertamente, decía también, mas astuto”. Pero poco tiempo antes de formular nuestra historia, salió á luz una obra que terminó la cuestión de primacía, sobrepujando también á las obras de aquellos dos matones, decía D. Ferrante; un libro en la cual se hallaban comprendidas y como destiladas todas las maldades para poderlas conocer, y todas las virtudes para poderlas practicar; un libro poco voluminoso, pero todo de oro; en una palabra, el Statista Regnante, de D. Valeriano Castiglione, de ese hombre célebre, del cual se puede decir que los más grandes literatos le ensalzaban á porfía, y se lo disputaban los más célebres personajes; de ese hombre que el papa Urbano VIII honró, según es público y notorio, colmándole de magníficos elogios, que el cardenal Borghese y el virrey de Nápoles, D. Pedro de Toledo, le pidieron que escribiese, el primero la vida del papa Paulo V, el otro las guerras del rey católico en Italia; ambos lo solicitaron en vano, de ese hombre que Luis XIII, rey de Francia, aconsejado por el cardenal Richelieu, nombró su cronista; á quien el duque Carlos Emanuel de Saboya confirió el mismo cargo, en elogio del cual, para callar otros gloriosos testimonios, la duquesa Cristina, hija del cristianísimo rey Enrique IV, pudo en un diploma, con muchos otros títulos, añadir: “la certeza de la fama que él obtiene en Italia de primer escritor de nuestra época”.