Pero si D. Ferrante podía decirse instruido en todas las ciencias expresadas anteriormente, había una en la cual merecía y gozaba el título de profesor: ésta era la ciencia caballeresca; no sólo razonaba acerca de ella como maestro, sino que también rogado frecuentemente para que interviniese en asuntos de honor, daba siempre alguna decisión. Poseía en su biblioteca, y se puede añadir en su cabeza, las obras de los escritores más célebres en dicha materia: Parido del Pozzo, Fausto de Longiano, Urrea, Muzio, Romey, Albergato, y Torcuato Tasso, del cual tenía siempre dispuestos y en caso de necesidad sabía citar de memoria todos los pasajes de la Jerusalén libertada, como también de la conquistada, que podían servir de ejemplo en materias de caballería. Á pesar de todo, el autor de los autores, según su opinión, era el célebre Francisco Birago, con el cual se encontró más de una vez para sentenciar en los asuntos de honor, y que por su parte hablaba de D. Ferrante en términos de singular aprecio; y aun antes que los Discursos caballerescos de dicho insigne escritor hubiesen visto la luz pública, D. Ferrante pronosticó, sin vacilar, que esta obra destruiría la autoridad de Olevano, y quedaría con sus otras nobles hermanas, como el código de una autoridad sin rival á los ojos de la posteridad; profecía, dice nuestro anónimo, que se ha verificado según todos pueden ver.

El expresado autor pasa en seguida á hablar de los conocimientos que poseía D. Ferrante con respecto á la amena literatura; pero nosotros empezamos á dudar si el lector tendrá grandes deseos de seguir adelante con aquél en esta reseña, y por lo tanto, temiendo molestarle demasiado, volveremos á tomar el interrumpido hilo de nuestra historia, para detenernos en ella más pausadamente. Además, tenemos aún un largo camino que recorrer antes de encontrar á los personajes por los cuales el citado lector se interesa más, si hay sin embargo alguna cosa en todo esto que ciertamente le interese.

Hasta el otoño de 1629 permanecieron todos, quienes voluntariamente, quienes por fuerza, en el mismo estado en que los hemos dejado, sin que sucediese á ninguno de ellos la menor cosa digna de ser referida. Vino por fin el deseado otoño en que Inés y Lucía habían proyectado reunirse; pero un gran acontecimiento público echó por tierra semejante cálculo, siendo esto á la verdad el más pequeño de sus efectos. Vinieron en seguida otros sucesos, que sin embargo, no trajeron ningún cambio notable en la suerte de nuestros personajes. Finalmente, nuevas desgracias, más generales, más terribles y formidables, llegaron hasta ellos como un impetuoso y devastador huracán que arranca los árboles, echa abajo las casas, abate la cúspide de las más elevadas torres, cuyas ruinas siembra por doquier; se lleva también las flores escondidas entre la yerba, arrebata las hojas ligeras y ya secas que una débil brisa había arrojado en un rincón, y las arrastra en su inmenso torbellino.

Ahora, para que los hechos particulares que nos restan por referir aparezcan claros, debemos absolutamente, y es indispensable que volvamos á tomar la narración de los hechos generales desde un poco más atrás.

CAPÍTULO DÉCIMO

Después de la famosa asonada del día de S. Martín y del siguiente, pareció que la abundancia hubiese vuelto á Milán como por milagro. Las panaderías se veían llenas de pan; el precio de éste era como en los años más fértiles; las harinas estaban en proporción. Los que en aquellos dos días habían gritado por las calles ó hecho algo más, tenían al presente (exceptuando el pequeño número que habían sido presos) motivos de congratularse, y no se crea por esto que permaneciesen tranquilos después de pasado el primer susto de las prisiones: en las plazas, en las esquinas, dentro de las tabernas, bailaban, se felicitaban, y aun se jactaban entre dientes de haber encontrado el medio de hacer bajar el precio del pan; mas sin embargo, en medio de las fiestas y regocijos reinaba una vaga inquietud, un presentimiento confuso de que semejante dicha no sería de muy larga duración, agrupábanse en torno de las panaderías y de los almacenes de harina, según había sucedido cuando aquella abundancia ficticia y pasajera producida por la primera tarifa de Antonio Ferrer, todos gastaban con profusión, el que tenía algún dinero lo invertía en harina y pan, les servían de almacenes los cofres, los más pequeños toneles, y hasta las ollas. Apresurándose de este modo á gozar de las ventajas del momento, hacían, no digamos imposible su larga duración, porque por sí misma ya lo era, sino que á cada instante se volvía más y más difícil su continuación.

El 15 de noviembre, Antonio Ferrer, de orden de su excelencia, publicó un bando, por el cual se prohibía á cualquiera que tuviese en su casa grano ó harina, el comprar pan, poco ni mucho, y á los demás únicamente el que necesitasen para dos días, bajo penas pecuniarias y corporales al arbitrio de su excelencia. Dicho bando intimaba á los encargados de su cumplimiento y á cualesquiera persona, el denunciar á los contraventores, ordenando á los jueces el hacer pesquisas en las casas que les fuesen designadas, dando al propio tiempo á los panaderos una nueva orden terminante y expresa de tener las tiendas bien provistas de pan, so pena, en caso de contravención, de cinco años de galeras y de mayor pena, al arbitrio de su excelencia. Es preciso un grande esfuerzo de imaginación para creer que semejante bando pudiese ponerse en ejecución. Á la verdad, si todos los que se publicaban entonces hubiesen podido tener entero y cumplido efecto, el ducado de Milán hubiera tenido en el mar más gente que hoy día la Gran Bretaña.

Pero mandando á los panaderos hacer una tan gran cantidad de pan, era indispensable igualmente dar alguna orden para que no faltasen las primeras materias. En las épocas de carestía se hace siempre un estudio especial en reducir á pan los productos ó alimentos que acostumbran á consumirse bajo otra forma. Se había, pues, calculado el hacer entrar el arroz en la composición del pan llamado de mistura[6]. El 23 de noviembre salió una nueva orden secuestrando á las órdenes del vicario y de los doce miembros de la provisión la mitad del arroz (que entonces se le daba el nombre de risono[7], y aún hoy día se llama del mismo modo), que cada uno tuviese, bajo pena, á cualquiera que dispusiera de él sin permiso de los expresados señores, á la pérdida del género y á una multa de tres escudos por moggio[8]. Esto, según se ve, era muy justo.

Mas para comprar dicho arroz era preciso pagarlo á un precio muy desproporcionado al que tenía el pan; por lo tanto se impuso á la ciudad la carga de suplir esta enorme diferencia; mas el consejo de los decuriones deliberó el mismo día 23 de noviembre el representar al gobernador la imposibilidad de sostener por mucho tiempo semejante carga, y el gobernador por medio de un bando, fecha 7 de diciembre, fijó el precio del mencionado arroz á doce libras el moggio. Tanto al que pidiese un precio más subido como al que rehusase venderlo, se le intimó la pena de la pérdida del género y una multa del mismo valor, y mucha y más grande pena pecuniaria y también corporal, hasta la de galeras, al arbitrio de su excelencia, según la cualidad de los casos y las personas.

El precio del arroz mondado había sido ya fijado antes de la primera conmoción: la tarifa, ó para servirnos de una denominación más célebre en los anales modernos, el máximum del grano y de los demás cereales comunes se había fijado en otros bandos que no hemos podido encontrar.