Mantenido de este modo á un precio módico en Milán el trigo y la harina, sucedió que una multitud de gentes del campo acudieron á proveerse á la ciudad. D. Gonzalo, para remediar dicho inconveniente, según él lo llamaba, prohibió por otra ordenanza de 15 de diciembre el sacar fuera de Milán pan por más del valor de veinte sueldos, bajo pena de la pérdida del pan mismo y veinticinco escudos, y en caso de insolvencia, de dos carreras de azotes en público, y mayor castigo aún, como de costumbre, al arbitrio de su excelencia. El 22 del mismo mes se publicó una orden igual para las harinas y granos.

El populacho había querido procurarse la abundancia por medio del pillaje y del incendio: el gobierno quería mantenerla con las galeras y azotes. Dichos medios eran bastante adecuados; mas juzgue el lector si podían lograr el fin que se proponían: en un momento vamos á ver cómo lo consiguieron. Por otra parte, no es inútil que observemos que estos extraños medios entre sí tienen una conexión íntima y necesaria; cada uno era la consecuencia inevitable del precedente, y todos dimanaban del primero, que fijaba al pan un precio tan desproporcionado al que debía resultar del estado real de las cosas. Semejante expediente ha parecido, y ha debido parecer siempre á la multitud, no sólo conforme á la equidad, sino también muy sencillo y muy fácil de poner en ejecución: es, pues, sumamente natural que en las angustias y padecimientos que trae en pos de sí la carestía, la expresada multitud lo desea, lo pide, y si puede lo impone. Pero á medida que se experimentan las consecuencias, es necesario que á aquellos á quienes toca esta incumbencia, se dediquen á repararlas todas por medio de una ley que prohíba hacer lo que designaban las leyes anteriores. Permítasenos observar aquí, como de paso, una singular combinación. En un país y en época no muy lejana, en la época más famosa y notable de la historia moderna, se recurrió en circunstancias semejantes á iguales expedientes (casi podríamos decir los mismos en la sustancia), con la sola diferencia que eran en mayor proporción, y poco más ó menos en el mismo orden. Tomáronse, pues, estas medidas en menosprecio de la razón de los tiempos tan cambiados y de los conocimientos crecientes en Europa, y en dicho país quizá más que en otro alguno, siendo principalmente la causa de esto, que la gran masa del pueblo, hasta la cual no habían llegado todavía los mencionados conocimientos, pudiese hacer prevalecer su juicio, é hiciese igualmente la ley, según vulgarmente se dice á los legisladores.

Mas volviendo á proseguir nuestra interrumpida narración, diremos que al fin y al cabo los dos principales frutos de la sublevación habían sido dos: el desperdicio y pérdida efectiva de víveres, durante la conmoción misma, consumiendo mientras rigió la tarifa, sin cuidado y sin medida el poco grano que debía bastar para ir tirando hasta la nueva recolección. Á estos efectos generales es preciso añadir el suplicio de cuatro desventurados designados como jefes del motín, los cuales fueron ahorcados, dos enfrente del horno de las Muletas, y los dos restantes al extremo de la calle, en donde se hallaba la casa del vicario de la provisión.

Además, las relaciones históricas de aquella época, están escritas tan sin orden, que no se ha podido encontrar cómo y cuándo cesó la expresada tarifa tan arbitraria. Si á falta de pruebas positivas nos es lícito aventurar algunas conjeturas, estamos decididos á creer que fué suprimida un poco antes ó después del 24 de diciembre, día de la consabida ejecución. Por lo que respecta á las ordenanzas, después de la del día 22 del mismo mes, que hemos citado, no encontramos otra en materia de subsistencias, ya sea que las que se hubiesen publicado fracasaran, ya que hayan escapado á nuestras pesquisas, ya, por último, que la autoridad desanimada, si no convencida de la ineficacia de sus remedios y arrastrada por la fuerza misma de los sucesos, los haya abandonado á su propio curso. Pero nosotros hallamos en las relaciones de más de un historiador (inclinados como estaban todos á describir los grandes acontecimientos, más bien que á observar las causas y progresos) el cuadro del país, y principalmente el de la ciudad, á la conclusión del invierno y en la primavera. En esta época, la desproporción de los víveres y las necesidades que no habían podido hacer cesar ni los remedios que aumentándola, habían suspendido temporalmente los efectos, ni una introducción suficiente de cereales extranjeros, á la cual se oponían la escasez de medios públicos y privados, la penuria de los países circunvecinos, la languidez y la paralización del comercio, las leyes mismas que tendían á establecer la baratura á favor de medidas violentas; todas estas circunstancias, que eran la verdadera causa de la carestía, ó por mejor decir, esta misma obraba sin obstáculo de ninguna especie y con toda su fuerza. He aquí la copia de aquel doloroso cuadro.

Todas las tiendas estaban cerradas; las fábricas en gran parte desiertas; las calles ofrecían un espectáculo terrible, un incesante curso de miserias y una morada perpetua de sufrimientos. Los mendigos de profesión, habiendo quedado circunscritos á un número muy escaso, confundidos y perdidos en una nueva multitud, se veían reducidos á disputar la limosna con aquellos de los cuales en otro tiempo la habían recibido. Los oficiales y aprendices despedidos por los comerciantes y fabricantes, privados de su salario y jornal, vivían penosamente de sus economías y ahorros: los jornaleros, errando de puerta en puerta, de calle en calle, apoyados en las esquinas, tumbados en las aceras, arrimados á las casas y á las iglesias, pedían limosna con voz lastimera ó vacilaban entre la necesidad y la vergüenza que aún no habían podido dominar; descarnados, débiles, apenas tenían la suficiente fuerza para sostenerse, abatidos como estaban por una larga vigilia y por los rigores del frío, que penetraba por entre sus andrajosos vestidos, en los cuales se distinguían aún las señales de su antiguo bienestar. Veíanse mezclados á esta deplorable turba, y no en muy pequeño número, servidores despedidos por sus amos, caídos entonces desde la medianía á la estrechez, ó que á pesar de tener facultades, se encontraban inhábiles en tiempos tan calamitosos, de sostener tan grande y numerosa servidumbre. Á todos estos indigentes se agregaba otro número infinito, acostumbrados en parte á vivir de las sobras de aquéllos; divisábanse por todas partes niños, mujeres, ancianos, agrupados en torno de los que habían sido hasta el presente su sostén, vagando dispersos tendiendo la mano.

Tropezábase también y se les distinguía por sus ciuffo ó poblados mechones, por los restos de sus magníficos vestidos, por un cierto no sé qué en el porte y gesto, por esas huellas que los hábitos imprimen sobre el rostro; encontrábanse, repito, muchos individuos pertenecientes á la mala ralea de los bravos, los cuales, habiendo perdido por una suerte común su pan criminal, lo andaban buscando por misericordia. Domados por el hambre, no disputaban con los demás, valiéndose únicamente de las súplicas; se arrastraban por la ciudad, ellos que tantas veces la habían recorrido con la cabeza alta, con ademán altanero y feroz, cubiertos de ricos y caprichosos vestidos, cargados de magníficas armas, adornados de elegantes plumas, perfectamente peinados y perfumados: veíase al presente, á estos hombres, alargar humildemente aquella mano que tantas veces se había levantado para amenazar con insolencia ó para herir á traición.

Pero el espectáculo más horrible y más digno de compasión á la vez, era la innumerable multitud de aldeanos: veíanse reunidos por familias enteras; maridos, mujeres, niños, ancianos. Algunos cuyas casas habían sido invadidas y despojadas por la soldadesca alojada ó que iba de paso, habían huido desesperados; otros para mover más á compasión y para hacer distinguir su miseria entre tantas, mostraban las heridas y cicatrices de los golpes que habían recibido al defender sus escasas y últimas provisiones, ó al escapar de aquel desenfreno ciego y brutal. Otros, finalmente, no habiéndoles alcanzado todavía semejante azote, pero arrojados por otros dos, de los cuales ningún rincón había quedado exento, á saber: la esterilidad y las cargas más exorbitantes que jamás habían sido exigidas para satisfacer lo que entonces llamaban necesidades de la guerra, llegaban á la ciudad como á la morada, como al último asilo de la abundancia y de una piadosa munificencia. Se podían conocer fácilmente los recién llegados por su aire incierto y de estupidez, y poco después por el despecho que manifestaban á la vista de tal desorden, de una tan grande rivalidad de miseria, allí donde habían esperado ser objeto singular de compasión y atraer sobre sí las miradas y los socorros. En las facciones de los que por más ó menos tiempo recorrían y habitaban las calles de la ciudad, prolongando su desgraciada existencia por los escasos socorros que obtenían por largos intervalos, veíase pintada una consternación más negra y más profunda. Vestidos de diferentes maneras, los que todavía podían llamarse vestidos, y distintos también en su aspecto: semblantes descoloridos de la tierra baja, bronceados del llano, del Mediodía y de las colinas, sanguíneos de los montañeses; mas sin embargo, todos afilados y descompuestos, todos con los ojos hundidos, miradas fijas participando de la fiereza é insensatez; los cabellos desordenados, las barbas largas y descuidadas; cuerpos nutridos y endurecidos por las fatigas, veíanse ahora aniquilados por el hambre. Y para completar cuadro tan desolador, la naturaleza misma aparecía como vencida por cierta especie de languidez y consunción.

Divisábase por doquier en las calles, pegados á las paredes de las casas, montones de paja y bálago, mezclados de asquerosa inmundicia; esto, sin embargo, era para aquellos infortunados un don y una prueba de la caridad; éstos eran los lechos donde reposaban sus cabezas durante la noche. De cuando en cuando se veía, aun en medio del día, echarse en ellos á alguno á quien la debilidad había quitado las fuerzas y paralizado las piernas: muchas veces aquel triste lecho acogía un cadáver: muchas veces se veía caer á un desgraciado de improviso en la calle, y quedar en el mismo sitio sin movimiento y sin vida.

De vez en cuando, al lado de alguno de esos infelices se veía á un pasajero ó vecino atraído por una súbita compasión. En algunos puntos llegaban socorros ordenados con más larga previsión, dirigidos por una mano rica en medios, y acostumbrada á prestar grandes beneficios: ésta era la mano del virtuoso Federico. Había escogido seis sacerdotes, los cuales á una caridad viva y perseverante, uniesen una constitución fuerte y robusta; los había dividido en tres parejas, designando á cada una el que recorriese la tercera parte de la ciudad, seguidos por mozos cargados de alimentos, refrigerios y ropas. Todas las mañanas, aquellos dignos sacerdotes recorrían las calles en diversos sentidos: aproximábanse á los que veían echados en el suelo, prestando á cada uno los socorros necesarios; al que estaba agonizando y no podía recibir ya los alimentos, le administraban los auxilios y consuelos de la religión; á los hambrientos les daban sopas, huevos, pan y vino, á los extenuados por una larga vigilia los confortaban antes por medio de espíritus, con el objeto de que se pusiesen en estado de resistir el alimento; igualmente distribuían vestidos á los que se hallaban en la más espantosa desnudez. No se limitaba á esto solo su asistencia: el buen pastor había querido á lo menos procurar un alivio eficaz y duradero hasta donde llegasen sus alcances. Los infelices á quienes este primer socorro volvía las fuerzas para poder andar y manejarse por sí solos, recibían también algún dinero, á fin de que la necesidad renaciente y la falta de otros recursos no les lanzase por segunda vez en su primitivo estado; á otros les buscaban un asilo y abrigo en alguna casa de las más próximas. En la morada de estos bienhechores eran casi siempre acogidos por caridad, y como recomendados por el cardenal; en otras, donde á pesar de la buena voluntad faltaban medios, los buenos sacerdotes pedían únicamente que el desgraciado fuese recibido pagando una pensión, convenían en el precio, y entregaban cierta cantidad por vía de adelanto. En seguida daban la lista de los desgraciados á los curas de la parroquia para que los visitasen, y volvían los mismos sacerdotes á verlos.

No es necesario decir que Federico hubiese aguardado que el mal llegara á su colmo para ser movido y dedicar todos sus cuidados. Su ardiente caridad debía hacerse sentir en todas partes, acumularse, acudir adonde no había podido todavía tomar, por decirlo así, tantas formas cuantas exigía la necesidad. Reuniendo todo aquello de que podía disponer, guardando la más estricta economía, invirtiendo todos los ahorros destinados á otras obras de beneficencia que entonces se habían vuelto de una importancia secundaria, había buscado todos los medios posibles para recoger dinero, empleándolo exclusivamente en aliviar á los infelices que morían de hambre. Hizo grandes compras de granos, y había enviado una buena parte á los lugares más escasos de su diócesis. Como el socorro estaba lejos de igualar á la necesidad, mandó también una gran cantidad de sal, con la cual, según dice Ripamonti, la yerba de los prados y la corteza de los árboles se convertía en alimento[9]. Había distribuido granos y dinero á los párrocos de la ciudad; él mismo en persona recorría todos los barrios, repartiendo limosnas y socorriendo además, secretamente, á muchas familias indigentes. En el palacio episcopal se hacía cocer diariamente una gran cantidad de arroz, y al decir de un escritor contemporáneo (el médico Alejandro Tadino, en una de sus obras[10], que con frecuencia tendremos ocasión de citar más adelante), se repartían todas las mañanas dos mil escudillas.