Pero estos efectos de la caridad, que podemos llamar grandiosos al considerar que venían de un solo hombre y de sus solos medios (ya que Federico rehusaba por sistema el ser el dispensador de la liberalidad de otros); estos efectos, repito, unidos á los dones de otras manos privadas, si no tan fecundas, á lo menos numerosas, juntamente con los socorros que el consejo de los decuriones había decretado, dando al tribunal de la provisión la incumbencia de distribuirlos, no eran suficientes aún en comparación de las necesidades que había. Mientras que algunos aldeanos próximos á morir de hambre, lograban por la caridad del cardenal prolongar su existencia, otros llegaban á aquel extremo; los primeros, concluido un tan moderado socorro, volvían á recaer; por otro lado, había gentes no olvidadas sino pospuestas, como que padecían menos, por una caridad precisada á escoger; por consiguiente, los sufrimientos venían á ser mortales; por doquier aparecía la muerte, de todas partes acudían á la ciudad. Por un lado, veíanse millares de hambrientos más robustos y diestros para sobrepujar la concurrencia y hacerse sitio, los cuales habían conquistado una escudilla de sopa suficiente para no morirse en aquel día; pero otros muchos se quedaban atrás envidiando á aquellos, nosotros diremos, más afortunados, siendo así que entre los rezagados había al mismo tiempo padres, mujeres é hijos de los primeros. Y mientras en ciertas partes de la ciudad algunos de los más menesterosos y reducidos al último extremo se levantaban del suelo reanimados, recobrados y alimentados por algún tiempo, en cien distintos lados, otros caían desfallecidos y aun expiraban sin ayuda, sin auxilio alguno.
Durante el día, oíase por las calles un ruido confuso de voces suplicantes; por la noche un susurro de gemidos, suspendido de cuando en cuando por grandes lamentos lanzados de improviso, por gritos, por acentos profundos de invocación, que terminaban en sofocados sollozos.
Lo más notable y digno de consideración era, que en medio de tan grande exceso de sufrimientos, con tanta variedad de disputas, no se viese jamás una tentativa, no se escapase un solo grito sedicioso. Sin embargo, de todos aquellos que vivían y morían de semejante modo, había un buen número de hombres habituados á todo, menos á tolerar, siendo éstos al contrario los centinelas de los mismos que el día de S. Martín se habían hecho oir tanto. No es posible imaginar que el ejemplo de los cuatro desgraciados que habían pagado la pena por todos, fuese lo que ahora los refrenase: ¿qué fuerza podía tener, no la presencia, sino la memoria de las ejecuciones sobre los ánimos de una multitud vagabunda y reunida, que se veía como condenada á un lento suplicio, y que en efecto ya lo padecía? Pero los hombres en general, todos somos así, nos rebelamos indignados y furiosos contra los males pequeños, y nos encorvamos silenciosamente bajo el peso de los grandes; soportamos, no resignados sino con la mayor estupidez, el colmo de lo que en un principio habíamos llamado insoportable.
El vacío que la mortandad hacía diariamente en aquella deplorable multitud, se llenaba de nuevo á cada momento: era un concurso continuo, primeramente de los pueblos circunvecinos, después de toda la campiña, luego de las ciudades del milanesado; y por último, también de otros pueblos. Entretanto, los antiguos habitantes de la ciudad salían de ella todos los días á bandadas, unos para sustraerse á la vista de tantas calamidades; otros, viéndose, por decirlo así, arrebatados de sus posiciones por nuevos concurrentes en mendicidad, partían con la última esperanza de buscar socorros en otras partes, fuese donde fuese, en donde la multitud apareciera menos menesterosa, ó la emulación de pedir se viese que no era tanta. Las dos cuadrillas de peregrinos se encontraban en su opuesto viaje: ¡espectáculo doloroso!, ¡siniestro presagio del término al cual unos y otros iban encaminados!, mas ellos seguían su camino, si no con la esperanza de mudar de suerte, á lo menos para no volver á cobijarse bajo un cielo que les había llegado á ser odioso, para no ver jamás los lugares en donde habían sido entregados á la desesperación. Á veces un desgraciado, cuya necesidad había agotado las últimas fuerzas vitales, caía desplomado en el camino y exhalaba allí su postrer suspiro, siendo un espectáculo funesto, un objeto de horror para sus mismos compañeros de miseria, y acaso de reproche para los demás viajeros. “Yo presencié, escribe Ripamonti, en la calle que se dirige á la muralla, el cadáver de una mujer... Le salía de la boca yerba medio mascada, y los labios presentaban aún el ademán de un esfuerzo rabioso... Llevaba un pequeño fardo en la espalda, y apretaba convulsivamente la cara de un tierno niño contra su pecho, el cual, llorando amargamente, pedía de mamar... Aparecieron en aquel sitio algunas personas compasivas, las cuales, habiendo recogido del suelo á la desgraciada criatura, se la llevaron, tratando de cumplir en seguida el primer deber materno”.
Aquel contraste de vestidos magníficos y de harapos, de lujo y de miseria, espectáculo muy común en tiempos normales, había entonces cesado enteramente. La pobreza y los andrajos lo habían casi invadido todo, y el que más se distinguía era apenas bajo una apariencia de humilde medianía. Veíase á los nobles caminar con traje sencillo y modesto, y casi casi puede decirse ordinario; los unos porque la miseria general había cambiado hasta ese punto su fortuna, los otros por temor de provocar con el lujo la pública desesperación, ó por pudor y para no insultar la desgracia bajo la cual gemía el pueblo entero. Aquellos poderosos, odiados y temidos, que solían andar dando vueltas por la ciudad con un numeroso séquito de bravos, iban al presente casi solos, con la cabeza baja, y en sus ademanes parecía que pedían y ofrecían la paz. Los que aun en el apogeo de la fortuna habían, sin embargo, tenido ideas más humanitarias y mostrádose más modestos, aparecían también confusos, consternados y como oprimidos á la vista continua de una miseria que sobrepujaba, no sólo la posibilidad de los socorros, sino que también podríamos decir las fuerzas de la compasión. El que podía dispensar alguna limosna, tenía no obstante que hacer una triste elección entre hambre y hambre, entre urgencia y urgencia. Apenas se veía una piadosa mano que se aproximaba á un infeliz, cuando aparecía á su alrededor, como por encanto, una innumerable turba de menesterosos, de los cuales el que conservaba más vigor se hacía lugar y se adelantaba á todos para pedir con más instancia; los extenuados, los ancianos y los niños alzaban las descarnadas manos; las madres levantaban y mostraban de lejos á sus pequeños hijos que lloraban sin consuelo, mal envueltos en andrajosos pañales, y á quienes volvían á bajar estrechándolos contra su pecho, por carecer de fuerzas suficientes, á causa de su extremada debilidad para sostenerlos en aquella posición.
De este modo se pasó el invierno y la primavera. Hacía ya algún tiempo que la junta de sanidad había representado al tribunal de la Provisión el peligro á que tanta miseria exponía á la ciudad; y para prevenir el contagio proponía encerrar á los mendigos vagabundos en diversos hospicios. Mientras que se discute este proyecto, se aprueba, se piensa en los medios, modos y lugares para llevarlo á efecto, los cadáveres cubren las calles á cada día que transcurría y en número creciente, aumentándose á proporción de esto todo el restante cúmulo de miserias. El tribunal de la provisión propone entonces un partido más fácil y expedito, cual es el reunir en un solo lugar, en el lazareto, á todos los mendigos sanos y enfermos, debiendo ser mantenidos y curados á expensas de la ciudad. Esto fué resuelto contra el parecer de la junta de sanidad, la cual se oponía, y con razón, objetando que en una tan gran reunión de gentes, el peligro al cual se quería poner remedio no haría más que aumentarse.
Es casi indispensable que hagamos aquí una ligera descripción del lazareto de Milán, para aquellos de nuestros lectores que no tengan de él ninguna idea. Es, pues, un edificio que forma un cuadrilátero, y está situado fuera de la ciudad, distando de las murallas sólo el espacio del foso, de un camino de circunvalación, y de un acueducto que rodea el recinto mismo. Las dos alas mayores tienen de longitud unos quinientos pasos; las otras dos, unos cuatrocientos ochenta y cinco; todos por la parte exterior están divididos en pequeñas habitaciones de un solo piso; en el interior se ve un gran claustro cuyos pórticos están sostenidos por pequeñas y delgadas columnas.
Las celdas eran doscientas ochenta y ocho en aquel entonces; en nuestros días hay muchas más, habiéndose hecho en el centro una gran entrada y otra pequeña en un extremo de la fachada que da al camino real. En el tiempo á que nos referimos no había más que dos entradas; la una en el centro del ala que mira á las murallas de la ciudad, y la otra de frente en el opuesto. En el centro del espacio interior existía, y aún existe todavía, una pequeña iglesia de forma octógona.
El primer destino de todo el edificio, comenzado en el año de 1489, con el dinero de un legado particular, continuado después por algunos otros públicos de varios testadores y donantes; el primer destino del edificio, repito, fué, como lo da á conocer el mismo nombre, el de acoger cuando ocurriese, á los atacados de la peste; la cual ya mucho antes de dicha época solía aparecer dos, cuatro, seis y ocho veces cada siglo, ya en uno, ya en otro país de Europa, invadiendo una gran parte de ésta y también recorriéndola enteramente en todas direcciones: en el momento de que hablamos, el lazareto no servía más que para depósito de las mercancías sujetas á la cuarentena.
Para desocuparlo y dejarlo expedito, no miraron el rigor de las leyes sanitarias, y habiendo hecho precipitadamente la limpieza y los experimentos prescritos, despacharon todos los géneros á un tiempo, echaron paja en todas las celdas, se hicieron provisiones de víveres hasta donde fué posible, y se invitó por medio de edictos públicos á todos los menesterosos que quisieran refugiarse allí.