Muchos concurrieron voluntariamente: todos los que yacían enfermos por las calles y plazas, fueron trasladados; en pocos días, entre unos y otros, ascendieron á más de tres mil. Sin embargo, muchos más fueron los que quedaron sin asilo; ya fuese que éstos esperasen ver que los demás se iban y que ellos quedarían en número muy escaso para gozar de las limosnas de la ciudad, ya esa natural repugnancia á la clausura, ya esa desconfianza de los pobres por todo lo que se les propone por parte de los que poseen la riqueza y el poder (desconfianza siempre proporcionada á la ignorancia común de quien la siente y de quien la inspira, al número de los pobres y al poco criterio de las leyes), ó el saber efectivamente cuál era en realidad el beneficio ofrecido; ya fuese todo esto junto, ú otra cosa, el hecho es que la mayor parte, no haciendo caso de la invitación, continuaba arrastrándose por las calles y sufriendo las más grandes privaciones. Al ver esto se juzgó conveniente pasar de la invitación á la fuerza. Se nombraron rondas de alguaciles, para que condujesen á los mendigos al lazareto y que llevasen atados á los que se resistieran; por cada uno de los cuales les fué señalado una recompensa de diez sueldos: ¡he aquí cómo el dinero del pueblo se encuentra siempre para malgastarlo, aun en tiempos de la mayor penuria y escasez! Y aunque según se había calculado, y la misma junta de la Provisión lo había hecho á propio intento, de que cierto número de menesterosos huyese de la ciudad, para ir á vivir ó morir en otra parte, disfrutando á lo menos de libertad; sin embargo, la caza fué tal, que en poco tiempo el número de refugiados, entre voluntarios y prisioneros, se aproximó á diez mil.
Debemos suponer que las mujeres y los niños estarían colocados en distintas habitaciones, á pesar de que la historia de aquel tiempo no rece nada de esto. Además, creemos que no faltarían reglas y precauciones para el buen orden; pero imagínese cualquiera qué orden podía establecerse y mantenerse, especialmente en aquellos tiempos y circunstancias, en una tan vasta y varia reunión, en donde, con los voluntarios, se hallaban mezclados los forzados; con aquellos para los cuales la mendicidad era una necesidad, un dolor, una vergüenza; con aquellos que la tenían por oficio; con muchos criados en la honesta actividad de los campos y de las oficinas, revueltos con otros educados en las plazas, en las tabernas, en los palacios de los poderosos, acostumbrados al ocio, á la holgazanería, á las maldades y á la violencia.
Del modo que estarían tanta diversidad de clases viviendo y comiendo juntos, se podría tristemente conjeturar, aunque no tuviésemos ningunas noticias positivas, pero por fortuna las tenemos. De veinte á treinta dormían hacinados en cada una de aquellas celdas, ó tumbados bajo los pórticos, sobre un poco de paja podrida é infecta, ó sobre la desnuda tierra; porque si bien se había mandado que la paja fuese fresca y abundante, cambiándola á menudo, sin embargo, lo positivo era el ser mala, escasa, y el no remudarse nunca. Igualmente se había ordenado, que el pan fuese de buena calidad; mas, ¿qué administrador ha dicho jamás que se hacen y gastan malos artículos? Pero esto que no se hubiera obtenido en circunstancias ordinarias, ni aun para el servicio más estrecho, ¿cómo lograrlo en aquella ocasión y en medio de toda aquella barahúnda? Entonces se dijo, según encontramos en las memorias de aquella época, que el pan del lazareto había sido alterado con sustancias pesadas y no nutritivas; y sin embargo, es demasiado creíble que esto no eran vanas quejas. Por último, había una gran escasez de agua, es decir, de agua viva y saludable; el pozo común debía ser el acueducto que lame las murallas del recinto, cuyas aguas escasas, estancadas y también cenagosas, habían llegado á ponerse peor, á causa del uso continuo y la proximidad de tanta gente.
Á todas estas causas de mortandad, tanto más activas, cuanto que ellas obraban sobre cuerpos ya enfermos ó extenuados, se unía la malignidad de la estación: lluvias obstinadas seguidas de una sequedad más obstinada todavía, y después de esto un calor anticipado y violento. La desgracia común fué aumentada por la inquietud y por la desesperación, por el deseo de los antiguos hábitos, por el recuerdo de los seres queridos que los infortunados habían perdido, por la memoria inquieta y dolorosa de aquéllos de quienes habían sido separados, por mil otras pasiones de abatimiento y de rabia que habían traído y también nacido allí dentro; la aprehensión y el espectáculo continuo de la muerte había llegado á ser para ellos mismos un nuevo y poderoso motivo de temores y de alarmas; no debe, pues, causar admiración que la mortandad se aumentara y reinara en aquel recinto hasta el punto de tomar el aspecto y nombre de peste, según la opinión de muchas gentes. Ya sea que la reunión y aumento de todas estas causas hiciesen multiplicar la actividad de una influencia puramente epidémica; ya sea (según parece que acontece en las carestías de menos gravedad y duración que de la que nos ocupamos) que motivase un cierto contagio, el cual en los cuerpos dispuestos y preparados por la misma miseria y mala calidad de los alimentos, por la intemperie, desaseo y abyección, hallase los temperamentos, por decirlo así, en su verdadera sazón, en fin, las condiciones indispensables para nacer, nutrirse y acrecentarse, si es lícito á un ignorante el hablar así, escudado á favor de la hipótesis propuesta por algunos facultativos, y apoyada vigorosamente, por último, con poderosas razones y mucha reserva por uno tan solícito como de grande ingenio[11]; ya sea que el contagio naciese primeramente como por una oscura é inexacta relación, juzgaron los médicos de la junta de sanidad, ya que existiera y hubiera ido minando con anterioridad (lo que acaso parece más verosímil, calculando que el hambre era ya antigua y general, y la mortandad muy frecuente); y que, en fin, llevado hacia aquella multitud permanente, se propagase con nueva y terrible rapidez. Dejando aparte cuál de todas estas conjeturas fuese la verdadera, lo cierto es que el número de muertos en el lazareto ascendió bien pronto á más de un centenar por día.
Mientras que en dicho lugar reinaban los padecimientos, las más horribles angustias, el espanto y un general estremecimiento, el tribunal de la Provisión aparecía cubierto de vergüenza, aturdimiento é incertidumbre. Se consultó, se oyó el parecer de la junta de sanidad, y no se encontró otra cosa mejor que deshacer lo que se había hecho con tanto aparato, á costa de gastos tan exorbitantes y de tantas vejaciones. Se abrió, pues, el lazareto, y despidieron á todos los infelices que aún no estaban atacados del contagio, los cuales salieron con frenética alegría.
La ciudad volvió á resonar con los antiguos lamentos, pero más débiles é interrumpidos; apareció de nuevo aquella turba de mendigos, más rara y más miserable, dice Ripamonti, pensando cómo había sido tan diezmada. Los enfermos fueron trasladados á Santa María della Stella, entonces hospital de pobres, en donde perecieron la mayor parte.
Mientras tanto los campos bienaventurados empezaban á dorarse. Los mendigos llegados á la ciudad de todos los alrededores fueron cada uno por su lado á tomar parte en aquella tan deseada siega. La caridad inagotable ó ingeniosa del buen Federico se dió también á conocer: á cada aldeano que se presentó en el arzobispado, le hizo dar un bieldo, y una hoz para segar.
Con la cosecha cesó por fin la carestía; la mortandad epidémica ó contagiosa, disminuyéndose de día en día, se prolongó no obstante hasta el otoño. Estando ya á punto de concluirse, he aquí que sobrevino un nuevo azote.
Muchas cosas importantes, de ésas á las cuales especialmente se da el título de históricas, habían sucedido durante todo este intervalo. El cardenal Richelieu, después de haberse apoderado de la Rochela, según ya se ha dicho, y hecho un tratado de paz con la Inglaterra, había propuesto y obtenido por medio de su poderosa palabra, en el consejo del rey de Francia, que se socorriese eficazmente al duque de Nevers, habiendo igualmente determinado al rey mismo que mandase en persona la expedición. Mientras se hacían los preparativos, el conde de Nassau, comisario imperial, intimaba en Mantua al nuevo duque que entregase sus estados en manos de Fernando, pues en caso de no verificarlo, éste mandaría un ejército para ocuparlos. El duque, que en circunstancias más desesperadas había rehusado aceptar una condición tan dura y sospechosa, reanimado entonces por los socorros próximos de la Francia, lo rehusaba con más motivo, pero en términos ambiguos y con protestas de sumisión, aunque aparente, no menos envueltas. El comisario había partido protestando que la fuerza lo decidiría. En el mes de marzo el cardenal Richelieu había en efecto desembarcado con el rey á la cabeza de un ejército, habiendo pedido el paso al duque de Saboya, lo cual tratándolo nada se había conseguido. Después de un encuentro en que los franceses obtuvieron las mayores ventajas, se había tratado de nuevo y concluido un acuerdo, en el cual el duque, entre otras cosas, había estipulado que D. Gonzalo de Córdoba levantaría el sitio de Casal, obligándose, si éste se negase á ello, á unirse con los franceses para invadir el ducado de Milán. D. Gonzalo, que deseaba salir bien librado, levantó el campo que tenía al frente de Casal, en cuyo punto entró apresuradamente un cuerpo de tropas francesas para reforzar la guarnición.
En esta ocasión fué cuando Achillini dirigió al rey Luis aquel famoso soneto: