Sudate, o fochi, a preparar metalli[12].

y otro además, en el cual le exhortaba que se encaminase prontamente á libertar la Tierra santa. Pero es destino que los consejos de los poetas no sean jamás escuchados; y si en la historia encontráis algunos hechos conformes á lo que ellos han aconsejado, podéis decir sin rebozo alguno que ya eran cosas resueltas anteriormente. El cardenal Richelieu había al contrario decidido el volver á Francia para despachar los negocios que le parecían más urgentes. Girolamo Soranzo, enviado de Venecia, trató de aducir las más poderosas razones para combatir esta resolución, pero el rey y el cardenal no hicieron más caso de su prosa que de los versos de Achillini, y se volvieron con el grueso del ejército, dejando únicamente seis mil hombres en Susa para ocupar el paso y mantener el tratado.

Mientras que este ejército se alejaba por una parte, el de Fernando se acercaba por otra, invadiendo el país de los Grisones y la Valtellina, disponiéndose á penetrar en el milanesado. Además de todos los daños que podían temerse de semejante paso de tropas, tenía avisos exactos la junta de sanidad, la cual sabía que dicho ejército traía la peste; pues siempre en aquel entonces había algunos gérmenes en las tropas alemanas, según dice Varchi, hablando de la que un siglo antes habían éstos llevado á Florencia. Alejandro Tadino, uno de los vocales de la junta de sanidad, (componíase de seis, además del presidente, cuatro magistrados y dos médicos), fué encargado por el tribunal, como refiere él mismo, para hacer presente al gobernador el peligro espantoso que amenazaba al país, si aquella gente pasaba por allí para ir al sitio de Mantua, según las voces que corrían. Por todos los actos de D. Gonzalo se traslucía el deseo que tenía de ocupar un lugar en la historia, la cual efectivamente no pudo pasarlo en silencio; pero (como sucede con frecuencia) no conoció ó no se cuidó de registrar uno de sus actos más dignos de memoria, cual fué la contestación que dió á Tadino en aquella ocasión. Respondió que no sabía qué hacerse; que las razones de intereses y de honor, por las cuales dicho ejército se había puesto en movimiento, eran de mayor peso que el peligro que se le oponía; que trataría sin embargo, de arreglarlo como se pudiera, y que se debía confiar en la Providencia.

Para disponerlo, pues, todo del mejor modo que fuese posible, los dos médicos de la junta de sanidad (el citado Tadino y el senador Settala, hijo del célebre Ludovico), propusieron que se prohibiese, bajo las más severas penas, el que persona alguna comprase efectos de los soldados que debían pasar; pero fué cosa imposible el hacer comprender la necesidad de semejante orden al presidente, hombre, dice el Dr. Tadino, sumamente bondadoso, el cual no creía que del comercio con las tropas, y á causa de la venta de sus efectos, pudiese resultar la muerte de tantos millares de personas.

Por lo que hace á D. Gonzalo, poco después de su célebre respuesta salió de Milán, y la partida fué tan triste para él como lo eran los motivos. Acababa de ser removido de su destino por efecto de los malos sucesos de la guerra de la cual había sido el principal motor y jefe, y el pueblo le echaba la culpa del hambre sufrida bajo su gobierno. (Lo que había hecho por la peste se ignoraba, ó por lo menos nadie se cuidaba de ello, según más adelante veremos, exceptuando la junta de sanidad, y especialmente los dos médicos.) Al salir, pues, en su carroza de viaje del palacio, en medio de una escolta de alabarderos, marchando delante á caballo dos trompetas, y acompañado de otras carrozas de nobles que formaban su séquito, fué saludado con una estrepitosa salva de silbidos por los muchachos reunidos en la plaza de la catedral, y que siguieron en tropel detrás del carruaje. Habiendo entrado la comitiva en la calle que se dirigía á la puerta de salida, se encontró en medio de una multitud de gente, que parte de ella estaba ya esperándole, y parte acudía á dicho sitio; tanto más, cuanto que los trompeteros, hombres de juicio, no cesaron de tocar desde el palacio hasta la puerta. Y en el proceso que se formó sobre aquel motín, haciendo cargos á uno de éstos, que con su incesante tocar había sido causa de que se aumentase, contestó: “Respetable señor, ésta es nuestra profesión; y si su excelencia no hubiese tenido gusto que tocáramos, hubiera mandado que callásemos”. Pero D. Gonzalo, ó por repugnancia de manifestar temor, ó por miedo de hacer con ello más atrevida á la muchedumbre, ó porque estuviese efectivamente un poco aturdido, lo cierto era que no daba ninguna orden. La multitud que los guardias habían intentado en vano rechazar, precedía, rodeaba y seguía la carroza gritando: “Ahí va la carestía; ahí va la sangre de los pobres”, y muchas otras cosas peores aún. Cuando llegaron junto á la puerta, empezaron á arrojar piedras, ladrillos, terrones y tronchos de berza, proyectiles ordinarios en semejantes casos: una gran parte corrió á las murallas, y desde allí hicieron una última descarga sobre las carrozas que salían, después de lo cual se desbandaron precipitadamente.

En lugar de D. Gonzalo, fué enviado el marqués Ambrosio Spínola, cuyo nombre había ya conquistado en las guerras de Flandes aquella celebridad militar de que aún goza en el día.

Entretanto el ejército alemán, bajo el mando supremo del conde Rambaldo di Collato, también jefe italiano, de menor fama, pero igualmente célebre, había recibido la orden definitiva de ir á caer sobre Mantua, entrando por lo tanto en el ducado de Milán en el mes de setiembre.

En aquella época, la milicia se componía todavía en gran parte de soldados aventureros; reclutados por capitanes aventureros también, á los cuales en Italia se les daba el nombre de condottieri, y que no tenían otra profesión que ponerse al frente de una partida de gente alistada bajo sus órdenes, algunas veces por comisión de tal ó cual príncipe, otras por su propia cuenta, y para venderse después en compañía de sus afiliados. Los hombres se adherían á dicha profesión, menos por el sueldo que les estaba asignado que por la esperanza del pillaje y demás atractivos de la licencia. En el ejército no había disciplina alguna estable y general; ésta no hubiera podido avenirse tan fácilmente con la autoridad en parte independiente de tanta variedad de jefes. Por otra parte, éstos no eran muy escrupulosos con respecto á la disciplina, y aun cuando lo hubiesen sido, se puede juzgar que no hubieran podido establecerla ni mantenerla; pues soldados de semejante especie, ó se sublevarían contra su jefe innovador, al cual se le metiese en la cabeza el abolir el pillaje, ó cuando menos el dejarlo contemplando sus banderas. Además, como los príncipes para tomar, según se dice, dichas partidas á sueldo cuidaban más de tener mucha gente para asegurar sus empresas, que en proporcionar el número á los medios que poseían para pagarles, medios ordinariamente muy escasos, así los sueldos jamás los percibían exactamente. Los despojos de los países en los cuales habían guerreado ó recorrido, llegaban á ser como un suplemento tácitamente convenido. La siguiente sentencia de Wallenstein no es menos célebre que su nombre: “Es más fácil mantener un ejército de cien mil hombres que uno de doce mil”. El de que nosotros hablamos estaba en parte compuesto de gente que bajo su mando había desolado la Alemania en aquella guerra célebre entre todas las guerras, por lo cual por sí misma y por sus efectos tomó en seguida el nombre de los treinta años de su duración. Su propio regimiento era conducido por uno de sus lugartenientes, la mayor parte de los demás jefes habían mandado bajo sus órdenes, y se encontraban algunos de ellos, los cuales cuatro años después debían ayudarle á tener el fin desgraciado que todos saben.

Eran veinte y ocho mil infantes y siete mil caballos. Al bajar de la Valtellina para caer sobre Mantua, debían costear el Adda hasta el sitio en que se lanza en el Po; entre todo, tenían que hacer ocho jornadas de marcha por el ducado de Milán.

Una gran parte de los habitantes se refugiaban á los montes llevándose sus objetos más preciosos, y echando adelante los animales; otros permanecían en sus casas para cuidar algún enfermo, preservarla del incendio, ó para velar sobre las ricas alhajas escondidas y enterradas; otros, porque nada tenían que perder, y que al contrario hacían cuenta de ganar, tampoco se movían. Cuando la primera división llegaba al sitio en que debía detenerse, se esparcía en seguida por el pueblo y sus cercanías, y luego se entregaba al saqueo: lo que podía ser comido ó llevado, desaparecía; lo restante, lo destruían y arruinaban; los muebles se veían convertidos en leña, las casas en establos. Todos los escondrijos, todas las astucias para salvar las riquezas, eran casi siempre inútiles, y algunas veces atraían mayores males. Los soldados, gente muy práctica en las estratagemas de semejante modo de guerrear, registraban hasta los más pequeños rincones de las casas, agujereaban las paredes y las echaban abajo: descubrían con la mayor facilidad en los jardines la tierra removida de nuevo; se dirigían á los montes á robar los ganados, penetraban en las cuevas guiados por algunos bribones del país, según llevamos dicho, en busca de los ricos habitantes refugiados en dichos sitios; los despojaban, los arrastraban á sus casas, y á fuerza de golpes y amenazas les obligaban á indicar el lugar en donde tenían escondidos sus tesoros.