[12] Traducido literalmente: Sudad, oh fuegos, para preparar metales.—Nota del traductor español.
CAPÍTULO DECIMOPRIMERO
Aquí, entre los infelices amedrentados, encontramos personas muy conocidas nuestras.
Quien no ha visto á D. Abundio el día que se esparció de repente la noticia de la bajada del ejército, de su aproximación y de sus excesos, no puede saber de ningún modo lo que es espanto. Ya vienen, son treinta, cuarenta, cincuenta mil; son diablos, arrianos, antecristos; han saqueado á Cortenuova; han pegado fuego á Primaluna; han destruido á Introbbio, Parsturo, Barsio; han llegado á Balabbio; mañana estarán aquí; tales eran las voces que corrían de boca en boca. Por doquier se veía correr, pararse á su vez, consultarse tumultuosamente, titubear entre el emprender la fuga ó quedarse; las mujeres se agrupaban lanzando desesperados gritos y mesándose los cabellos.
D. Abundio, habiendo resuelto huir á todo evento, pues era el primero que había tratado de ello, veía, sin embargo, en cada camino que iba á tomar, en cada sitio en que pensaba refugiarse, obstáculos insuperables y peligros espantosos. ¿Qué hacer?, exclamaba: ¿adónde ir? Los montes, dejando aparte la dificultad del camino, no ofrecían seguridad; era sabido que los lasquenetes[13] trepaban por ellos como gatos, con solo que tuviesen algún indicio ó esperanza de poder hacer la menor presa. El lago tenía muy hinchadas las narices; soplaba un viento sumamente fuerte; además de esto, la mayor parte de los barqueros, temiendo ser forzados á tener que pasar los soldados ó bagajes, se habían refugiado con sus bateles á la orilla opuesta del Adda; las pocas que aún quedaban se hallaban cargadísimas de gente, con cuyo enorme peso y el temporal que reinaba, se temía que zozobrasen á cada paso. Para alejarse y salir de la ruta que el ejército tenía que recorrer, no era posible encontrar ni un carruaje, ni un caballo, ni algún otro modo cualquiera. Yendo D. Abundio á pie no hubiera podido adelantar mucho camino, y temía ser alcanzado. Los confines del territorio de Bérgamo no se hallaban tan lejos que sus piernas no le pudiesen llevar de un tirón; pero ya se había esparcido la noticia de haber salido de Bérgamo á toda prisa un escuadrón de dragones para guardar la frontera y tener á raya á los lasquenetes; aquéllos eran diablos en carne y hueso lo mismo que éstos, y por su parte hacían todo el mal que les era posible. El pobre hombre corría por la casa como un insensato y enteramente fuera de sí; iba detrás de Perpetua para concertar con ella lo que debía hacerse; pero ésta, ocupada del todo en reunir los objetos más preciosos y en esconderlos debajo del pavimento ó en los más pequeños agujeros, andaba apresuradamente, afanada, preocupada, con las manos llenas, y respondía: “en concluyendo de poner todo esto en seguridad, haremos en seguida lo que hacen los demás”. D. Abundio quería conversar con ella y discutir acerca del partido que debían tomar; mas Perpetua, entre los quehaceres y la prisa, y el miedo que tenía metido en el cuerpo y la cólera que le causaba el de su amo, estaba en semejante momento menos tratable que nunca. “¿No se ingenian los demás?, pues nosotros también nos ingeniaremos. Permitidme que os diga que no servís más que para estorbar. ¿Creéis que los otros no tengan también su pellejo que salvar?, ¿juzgáis que los soldados vienen á haceros á vos solo la guerra? Mejor sería que en lugar de venir delante y detrás lloriqueándome y quemándome la sangre, me ayudarais á fin de despachar más pronto”. Con éstas y otras contestaciones semejantes se desembarazaba de él, habiendo ya decidido que luego que hubiese concluido del mejor modo posible aquella precipitada operación, le cogería de la mano como se hace con un niño, y lo arrastraría consigo á los montes. Abandonado de este modo, se situaba en la ventana, miraba por todas partes, aguzaba los oídos, y al ver pasar á la gente, exclamaba con acento de queja y de reproche á la vez: “Haced la caridad á vuestro infeliz cura de buscarle algún caballo, un mulo, un asno cualquiera. ¿Es posible que nadie quiera socorrerme? ¡Oh, qué gente, Dios mío! Á lo menos esperadme, para que pueda ir en vuestra compañía; esperad á que seáis quince ó veinte para que yo marche con vosotros y que no me vea abandonado. ¿Queréis dejarme en poder de esos perros?, ¿ignoráis por ventura que la mayor parte son luteranos, y que tienen por una obra meritoria el asesinar á un sacerdote católico, apostólico, romano?, ¿queréis dejarme aquí para que reciba el martirio? ¡Oh, qué gente, qué gente!”.
Pero, ¿á quién dirigía estas palabras? Á hombres que pasaban encorvados bajo el peso de su pobre ajuar, pensando en lo que dejaban en casa, echando sus vacas por delante, siguiéndoles los hijos cargados con cuanto podían, y sus mujeres llevando en hombros á los pequeñuelos que no podían andar. Algunos pasaban de largo sin responder ni tan siquiera mirar; otros le decían: “¡Eh! señor, componeos como mejor podáis; dichoso vos que no tenéis que pensar en la familia; ayudaos, ingeniaos”.
“¡Oh, infeliz de mí! exclamaba D. Abundio. ¡Qué gente, qué corazones! no hay caridad; cada uno sólo piensa en sí mismo, y de mí nadie se acuerda”. Y después de esto se dirigía de nuevo en busca de Perpetua.
—¡Oh, casualmente, le dijo ésta, venís á propósito; ¿y el dinero?
—¿Cómo lo haremos?
—Dádmelo; iré á enterrarlo en el jardín juntamente con la plata.