—Pero...

—Pero, pero... dádmelo; guardad algunos sueldos para lo que pueda ofrecerse, y después dejad lo demás á mi cuidado.

D. Abundio obedeció; se dirigió hacia su arca, sacó su pequeño tesoro, y lo entregó á Perpetua, la cual dijo: “Voy á enterrarlo en el jardín, al pie mismo de la higuera”; dicho lo cual salió.

Poco después volvió á aparecer con una banasta llena de comestibles y un canastillo vacío, en el cual se puso á colocar apresuradamente un poco de ropa blanca para ella y para su amo.

Hecho esto, dijo Perpetua: “Á lo menos llevaréis el breviario”.

—Pero, ¿adónde vamos?

—¿Adónde van todos los demás? Primeramente nos dirigiremos al camino, y una vez allí, oiremos y veremos lo que mejor nos convenga hacer.

En el mismo momento entró Inés con una pequeña cesta en las espaldas, y como en ademán del que viene á hacer una proposición importante.

Inés, decidida á no aguardar tampoco los tan peligrosos huéspedes, viéndose en su casa enteramente sola, y además todavía con algún oro del Incógnito, había estado largo tiempo dudando acerca del paraje donde podría refugiarse. El resto de aquellos escudos, los cuales, durante la época del hambre, le habían hecho tan al caso, era la principal causa de sus alarmas y de su irresolución; pues había oído decir que en los países ya invadidos, los que tenían dinero estaban en una situación más terrible que los demás, viéndose expuestos á un mismo tiempo á la violencia de los extranjeros y á las asechanzas de sus compatriotas. Es verdad que no había confiado á nadie el secreto del bien que le había llovido del cielo, según vulgarmente se dice, á no ser á D. Abundio, á cuya casa iba de cuando en cuando á cambiar los escudos, dejando siempre alguna cosa para que la diese á los que fuesen más pobres que ella. Pero el dinero oculto, especialmente para los que no están acostumbrados á manejarlo con frecuencia, tienen al poseedor en una continua zozobra, con respecto á los demás. En la ocasión presente, mientras que Inés iba escondiendo, ya por un lado, ya por otro, las cosas mejores que no podía llevar consigo, y pensaba en los escudos que llevaba cosidos en su vestido, recordó que juntamente con ellos le había hecho el Incógnito las más cumplidas ofertas de servirla en todo y por todo; acordóse también, de lo que había oído contar tocante á su castillo situado en un lugar tan seguro, con el cual nadie, á excepción de los pájaros, podía llegar contra la voluntad de su dueño, por cuyo motivo resolvió ir á buscar un asilo. Calculó cómo podría hacerse reconocer de aquel señor, y en seguida pensó en D. Abundio, el cual, después de la conversación que había tenido con el arzobispo, le había manifestado las muestras más particulares de aprecio, con una efusión tanto mayor, cuanto que lo podía hacer sin comprometerse, y que permaneciendo los dos jóvenes muy lejos, estaba muy distante el caso de que se le pudiese hacer una petición, la cual hubiera puesto su benevolencia á una muy dura prueba. Inés supuso, pues, que en aquella barahúnda el pobre hombre debía hallarse más embarazado y aturdido que ella, y que el partido que iba á proponerle le parecería bueno. Habiéndolo encontrado en compañía de Perpetua, expuso á ambos el motivo de su visita.

—¿Qué decís á esto, Perpetua?