—Digo que es una inspiración del cielo; que es preciso no perder tiempo, y que nos pongamos al momento en camino.

—Y después...

—Después, después, cuando ya estemos allá, nos encontraremos muy satisfechos. Al presente sabemos que ese señor no trata más que de favorecer al prójimo, y tendrá un verdadero placer en proporcionarnos un asilo. En aquel paraje, en la frontera misma, y casi perdidos en los aires, no hay cuidado que vayan los soldados. Y luego, tampoco nos faltará que comer; pues de lo contrario, allá en lo más elevado de las montañas, cuando se nos hubiese concluido esta pequeña gracia que Dios nos ha enviado, (y así diciendo, colocaba los víveres en la cesta encima de la ropa blanca,) nos veríamos muy apurados.

—Conque ¿se ha convertido, convertido de veras, eh?

—¿Quién lo duda, después de todo lo que se sabe, después de lo que vos mismo habéis presenciado?

—¿Y si fuésemos á meternos en la jaula?

—¿Qué jaula? Perdonad que os diga que con todas las cosas tan insustanciales que se os ocurren, nunca se llegaría á resolver nada. Excelente Inés, habéis tenido una bella idea; y al concluir estas palabras, puso la banasta sobre una mesita, y, habiendo pasado los brazos por las correas, se la cargó á las espaldas.

—¿No se podría, dijo D. Abundio, encontrar á algún hombre que viniese con nosotros para escoltar á su cura? Si topásemos con algún bribón, que en semejantes ocasiones se ven con frecuencia, ¿de qué ayuda podríais servirme vosotras?

—¡Otra exigencia todavía!, ¡y siempre para perder tiempo! ¡Ir ahora á buscar á ese hombre, cuando cada uno no piensa más que en sus quehaceres! Acabemos de una vez: buscad vuestro sombrero y breviario, y andando.

D. Abundio salió, y volvió al cabo de pocos instantes con el breviario bajo del brazo, el sombrero puesto y bastón en mano, después de lo cual salieron los tres por una puertecilla que daba á la plaza de la iglesia. Perpetua la cerró, más bien para no omitir una formalidad, que por la fe que ella tuviese en la cerradura y en las hojas de la puerta, guardándose en seguida la llave en la faltriquera. D. Abundio, al pasar por delante de la iglesia, le echó una ojeada, y dijo entre dientes: “Al pueblo corresponde guardarla, pues que á él es para quien sirve. Si tienen un poco de amor á su iglesia, tratarán de conservarla; si no lo tienen, así sufran lo que ella”.