Dirigiéronse á través de los campos guardando el más profundo silencio, pensando cada uno en sus propios negocios, y mirando en torno de sí, principalmente D. Abundio, por si acaso divisaba alguna figura sospechosa; ó algo de extraordinario. No encontraban á nadie: la gente toda estaba metida en sus casas, con objeto de guardarlas, recogiendo sus efectos, ó escondiéndolos, ó por los caminos que conducían directamente á los montes.
Después de haber suspirado innumerables veces y dejado escapar alguna interjección, D. Abundio empezó á murmurar ya, más continuadamente. La tomaba con el duque de Nevers, que hubiera podido permanecer muy bien en Francia gozando en hacer el príncipe, y que quería ser duque de Mantua á despecho de todo el mundo. Luego la emprendía con el emperador, que hubiera debido tener más juicio que los demás, dejando seguir al agua su curso, no siendo tan quisquilloso; pues al fin y al cabo, ¿por ventura no sería siempre el emperador, bien fuese duque de Mantua, Ticio ó Sempronio? Pero con quien principalmente la pegaba era con el gobernador, pues á éste correspondía haber alejado los azotes del país, habiendo sido al contrario, el que los había atraído por su afición á la guerra. Convendría que esos señores estuvieran aquí para que viesen y probasen lo que es bueno. ¡Gran cuenta tienen que rendir! Pero entretanto lo pagamos los que ninguna culpa tenemos.
—Dejad un poco tranquilas á esas gentes, pues ya no vendrán á ayudarnos, decía Perpetua. Ya volvéis, perdonadme; ya volvéis á vuestras tonterías, que á nada conducen. Lo que más bien me causa más inquietud es...
—¿El qué?
Perpetua, que en el pedazo de camino andado había ido pensando con todo sosiego en lo que había escondido tan precipitadamente, empezó á lamentarse de haber olvidado tal cosa, ocultado mal tal otra, de haber dejado en cierto paraje una señal que podía guiar á los ladrones, en otro sitio...
—¡Muy bien!, dijo D. Abundio, tranquilizado ya por su vida lo suficiente para afligirse por sus intereses. ¡Buena cosa habéis hecho por vida mía! ¿En dónde teníais la cabeza?
—¡Cómo!, exclamó Perpetua, plantándosele delante y puesta en jarras, según se lo permitía la banasta, con la cual iba cargada: ¡cómo!, ¡venís ahora con tales reproches, cuando vos érais el que me daba tanta prisa, y me devanabais los sesos en vez de ayudarme y animarme! Antes bien he pensado en las cosas de la casa que en las mías propias; nadie ha habido que me diese una mano; todo ha tenido que pasar por mí; si algo sale mal, ninguna culpa tengo; he hecho más de lo que debía.
Inés interrumpía estas disputas hablando de sus pesadumbres; no lamentándose tanto de los males é incomodidades que sufría, cuanto de ver desvanecerse la esperanza de abrazar pronto á su amada Lucía, que según recordarán los lectores, justamente había llegado el otoño, en el cual madre é hija habían proyectado volverse á ver; porque no era de suponer que D.ª Prajedes quisiese ir hacia aquel lado en semejantes circunstancias, habiendo, al contrario, salido de él, si por casualidad se hubiese encontrado, como hacía todo el mundo.
La vista de los lugares hacía más vivos aún los pensamientos de Inés y más punzante su disgusto. Habiendo salido de los senderos que atravesaban los campos, entraron en el mismo camino real por el cual la pobre mujer había ido acompañando por tan poco tiempo á la hija á su casita, después de haber permanecido con ella en casa del sastre. Á todo esto se divisaba ya la población.
—¿Iremos á saludar á esas buenas gentes? dijo Inés.