—¿Han llegado acaso los enemigos á vuestra parroquia?, preguntó el Incógnito.
—No, señor: no he querido esperar á esos demonios. Sólo Dios sabe si habría salido vivo de entre sus manos, y venido ahora á molestar á vuestra señoría ilustrísima.
—Vamos, tranquilizaos, replicó el Incógnito: al presente estáis en seguridad. Aquí no vendrán; y si quisiesen probarlo, estamos dispuestos á recibirlos.
—Roguemos que no vengan, dijo D. Abundio; además, por aquel lado, añadió señalando con el dedo las montañas opuestas que servían de límites al valle; por aquel lado anda también otra cuadrilla de gente; pero...
—Es verdad, respondió el Incógnito; mas no dudéis que también estamos preparados contra ellos.
“¡Entre dos fuegos!, decía entre sí D. Abundio; ¡justamente entre dos fuegos!, ¡adónde me he dejado arrastrar!, ¡y por dos charlatanas!, ¡cualquiera diría que este hombre se complace en meterse en medio de todo! ¡Oh, qué gentes hay en el mundo!”
Habiendo entrado en el castillo, el señor hizo conducir á Inés y á Perpetua á una estancia del lado señalado para las mujeres, el cual ocupaba las tres alas del segundo patio, en la parte posterior del edificio, situada sobre un peñasco solitario y de difícil acceso, que dominaba á un precipicio. Los hombres habitaban las alas del otro patio, á derecha é izquierda, y también la que daba sobre la explanada. El cuerpo del medio, que separaba los dos patios, y se pasaba del uno al otro por una vasta galería que iba á corresponder á la puerta principal, estaba ocupado en parte por las provisiones, y servía en parte de lugar de depósito para los efectos que los refugiados deseaban poner en salvo. En el sitio destinado á los hombres, había una pequeña estancia para los eclesiásticos que pudiesen llegar. El Incógnito acompañó personalmente á D. Abundio á la referida estancia, siendo el primero que tomó posesión de ella.
Nuestros fugitivos permanecieron veintitrés ó veinticuatro días en el castillo, en medio de un movimiento continuo y numerosa compañía, la cual al principio iba siempre en aumento, pero sin que aconteciese nada que sea digno de contarse. No se pasaba día sin que dejase de haber alarma: los lasquenetes vienen por este lado; se han visto dragones por el otro. Á cada aviso, el Incógnito mandaba exploradores; si era preciso, tomaba consigo gente que tenía siempre dispuesta para un caso, y salía del valle por el lado en que se le había indicado el peligro. Era cosa digna de admiración el ver una partida de hombres determinados, armados hasta los dientes, y alineados como soldados, conducidos por otro hombre desarmado. Las más veces, los que causaban semejantes alarmas, no eran más que foragidos y ladrones desbandados que emprendían la fuga antes de ser alcanzados... Mas un día, persiguiendo á algunos de éstos, para enseñarles que no debían atenerse á merodear por aquel lado, el Incógnito fué avisado de que un pueblo vecino había sido invadido y saqueado. Eran lasquenetes de varios cuerpos que habiéndose quedado rezagados con el objeto de entregarse al pillaje, se habían reunido é iban á lanzarse de improviso sobre las tierras cercanas á aquellas donde el ejército hacía alto, mientras tanto ellos despojaban á los habitantes y les sacaban gruesas sumas de dinero. El Incógnito arengó brevemente á los suyos, y los condujo hacia el citado pueblo.
Llegaron sin ser esperados. Los salteadores que creían marchar directamente á la presa, viendo que iba sobre ellos gente armada y disciplinada, dispuesta á combatir, abandonaron el saqueo y emprendieron precipitadamente la fuga por el mismo camino por donde habían venido, sin esperarse tan siquiera los unos á los otros. El Incógnito los persiguió por algún tiempo; mas luego, habiendo mandado hacer alto, estuvo esperando un rato por si veía algo de nuevo, y por último volvió con su gente á desandar lo andado. Al pasar por el pueblo que había salvado, es imposible describir los aplausos y bendiciones con las cuales fué recibida la partida libertadora como igualmente su jefe.
Ninguna clase de desorden hubo nunca en el castillo, á pesar de una tan innumerable reunión de gentes de todas clases, costumbres, edades y sexos. El Incógnito había colocado centinelas en distintos puntos, los cuales vigilaban atentamente para prevenir todas las dificultades, con aquel ardor que cada uno ponía en las cosas de las cuales debía dar cuenta.