Mas dejando aquí á nuestro pobre hombre, vamos á tratar de otras cosas más interesantes que de sus particulares aprehensiones: de la desgracia de algunos países, ó de un desastre pasajero.

NOTAS:

[14] Así llaman á las estacas que ponen para sostener las vides.—Nota del T. E.

CAPÍTULO DECIMOTERCERO

La peste que la junta de sanidad había temido ver penetrar en el milanesado, juntamente con las tropas alemanas, había entrado en efecto, según todos saben, siendo también conocido que no sólo se limitó á desolar dicho país, sino que también invadió y diezmó una buena parte de Italia. El hilo de nuestra historia nos conduce al presente, á referir las principales circunstancias de la expresada calamidad, pero sólo en el milanesado, y casi exclusivamente en la ciudad de Milán; porque las memorias de aquel tiempo no se ocupan más que de esta última. Ya sea razón, ya capricho, los historiadores siempre hacen lo mismo.

En toda la línea de territorio recorrida por el ejército invasor, habíanse encontrado algunos cadáveres en las casas y en los caminos. Poco después, ya en éste, ya en aquel pueblo, familias enteras fueron acometidas de enfermedades violentas, extrañas, acompañadas de síntomas generalmente desconocidos, á los cuales sucumbían. Solamente algunas personas ancianas, recordaban haberlas visto otra vez; éstas eran las que habían sido testigos de la peste que cincuenta y tres años antes había desolado á la mayor parte de Italia, y principalmente al milanesado, en donde tomó el nombre que lleva aún, de peste de S. Carlos. ¡Tan fuerte es el poder de la caridad!: ella puede hacer sobresalir la memoria de un hombre sobre la de un vasto y solemne infortunio de todo un pueblo, porque dicha caridad ha inspirado á este hombre los sentimientos y las acciones más memorables aun que los males; ella puede grabar sus nombres en todos los corazones, y traer á la memoria el recuerdo de aquellos desgraciados sucesos, pues la introduce y presenta como un guía, un socorro, un ejemplo, una víctima voluntaria.

El protomédico Ludovico Settala, que no sólo había visto aquella peste, sino que también había sido uno de los profesores más activos é intrépidos, á pesar de ser en aquel entonces muy joven, teniendo al presente grandes sospechas acerca del contagio, estaba sobre aviso y procuraba tomar todos los informes posibles, en vista de lo cual participó el 20 de octubre á la junta de sanidad, que en la jurisdicción de Chiuso (la última del territorio de Lecco y confinante con el de Bérgamo) se había presentado indudablemente la enfermedad epidémica. Las mismas noticias se recibieron de Lecco y de Bellano. Entonces la junta dispuso y expidió un comisionado que tomando un médico en Como, se encaminase con él á visitar los lugares indicados. Ambos, dice Tadino, ó por incapacidad, ó por otra causa cualquiera, se dejaron persuadir por un viejo é ignorante barbero de Bellano, de que aquella especie de enfermedad no era una epidemia, sino causada por las emanaciones del agua estancada en algunas partes, y en otras efectos de las incomodidades y malos tratamientos sufridos por el paso de los alemanes. Este informe fué enviado á la junta de sanidad, la cual parece que quedó tranquila.

Mas llegando sin cesar de todas partes muchas y multiplicadas noticias acerca de extraños fallecimientos, se expidieron dos delegados con el objeto de que tomasen informes y providenciaran lo conveniente; éstos fueron el mencionado Tadino y otro miembro de la junta. Cuando se instalaron en dichos puntos, el azote se había propagado de tal modo, que las pruebas se ofrecían á su vista sin necesidad de ir á buscarlas. Recorrieron el territorio de Lecco, la Valsassina, las márgenes del lago de Como; los distritos denominados el Monte de Brianza y la Gera del Adda. Por todas partes encontraron poblaciones cerradas por medio de barreras; otras casi desiertas y abandonadas por sus habitantes fugitivos y errantes por los campos, parecidos, dice Tadino, á otras tantas criaturas salvajes, llevando en la mano algunos un puñado de yerbabuena, otros ruda, quien romero, quien por último una botella de vinagre. Habiéndose informado del número de fallecidos, vieron efectivamente que era espantoso. Visitaron los enfermos, reconocieron los cadáveres, y en todos encontraron las señales manifiestas y terribles de la peste. Participaron por escrito tan siniestras nuevas á la junta de sanidad, la cual al recibirlas, que fué el 30 de octubre, resolvió dar la orden, según el Dr. Tadino, para no dejar entrar en la ciudad á las personas procedentes de los pueblos en donde se había declarado el contagio; y mientras se redactaba el bando, diéronse con anticipación algunas órdenes á los que guardaban las puertas.

Entretanto los comisionados, apresuradamente y con ahínco tomaron las medidas que les parecieron más útiles, y dieron la vuelta á Milán, con la triste persuasión de que no serían suficientes á remediar un mal ya tan avanzado y extendido.

Llegados á la ciudad el día 14 de noviembre, dieron cuenta de su comisión de viva voz, y nuevamente por escrito á la expresada junta, la cual dispuso que se presentasen al gobernador y le expusiesen claramente el verdadero estado de las cosas. Éste les contestó, que le causaban un gran disgusto, mostrando mucho sentimiento; pero que los cuidados de la guerra eran más apremiantes: sed belli graviores esse curas. Ésta era la segunda vez, si el lector recuerda, que daba semejante respuesta con dicho motivo y con igual éxito. Dos ó tres días después, el 18 de noviembre, hizo pregonar un bando, en el cual ordenaba que se celebrasen regocijos públicos por el nacimiento del príncipe Carlos, primogénito del rey Felipe IV, sin calcular ó sin cuidarse del peligro que podría sobrevenir con motivo de una tan gran reunión de gente en tales circunstancias; del mismo modo que si hubiera sido en tiempos normales y nada ocurriese de particular.