Era este personaje, según hemos dicho anteriormente, el célebre Ambrosio Spínola, enviado para dirigir mejor aquella guerra, reparar las faltas cometidas por D. Gonzalo, y como por incidencia para gobernar. Nosotros podemos también incidentalmente recordar que murió pocos meses después en medio de lo más fuerte de aquella guerra que tomó tan á pecho; y murió, repetimos, no de heridas recibidas en el campo de batalla, sino en su lecho, abrumado de pesadumbres y enojos, por los reproches, injusticias y disgustos de todo género, causados por aquel á quien servía. La historia ha deplorado amargamente su suerte, y vituperado la ingratitud de que fué víctima: ella ha descrito con la mayor solicitud sus hazañas militares y políticas; ha ensalzado su previsión, actividad y heroica constancia: al propio tiempo hubiera debido averiguar en qué había empleado tan altas cualidades, cuando la peste amenazaba, invadía á todo un pueblo entregado á su cuidado, ó por mejor decir, á merced suya.

Pero lo que, dejando á un lado lo vituperable, disminuye la admiración que su indiferencia podría causar; lo que maravilla más que todo, es la conducta de la población misma, esto es, de aquella parte á la cual aún no había alcanzado el contagio, pero que tantos motivos tenía para temerlo. Á las fatales noticias que llegaban de los pueblos nuevamente infestados, de los pueblos que forman alrededor de la ciudad casi un semicírculo, á la distancia algunos de ellos de diez y ocho á veinte millas á lo más, ¿quién no había de creer que se suscitara un movimiento general, un deseo de precauciones bien ó mal entendidas, ó á lo menos una estéril inquietud? Y sin embargo, si en alguna cosa están de acuerdo las memorias de aquel tiempo, es en afirmar que no hubo nada de lo dicho. La escasez del año anterior, las exacciones de la soldadesca y las pasiones de ánimo, parecieron más que suficientes para explicar semejante mortandad. En las calles, en las tiendas y aun en las casas, acogían con risas incrédulas, y con un profundo desprecio mezclado de cólera, á los que aventuraban alguna palabra acerca del peligro de la peste. La misma incredulidad, ó mejor diremos, la misma ceguedad y obstinación prevalecía en el senado, en el consejo de los decuriones, y en el ánimo de todos los magistrados.

Únicamente el cardenal Federico, apenas tuvo aviso de los primeros casos de la enfermedad contagiosa, cuando reunió por medio de una pastoral á todos los párrocos, previniéndoles que amonestasen una y mil veces, á los pueblos de sus respectivas diócesis, con respecto á la importancia y obligación en que estaban de revelar cualquier accidente parecido, y consignar los efectos infestados ó sospechosos[15]; éste es uno de los hechos que pueden ser colocados entre los más laudables de la vida del cardenal.

La junta de sanidad pedía é imploraba alguna cooperación, pero poco ó nada conseguía; y la prisa que se daba dicha junta misma, estaba bien lejos de igualar á la urgencia que había. Según afirma Tadino, y como aparece todavía mejor, por todo el contexto de su relación, solamente los dos médicos, persuadidos de la gravedad é inminencia del peligro, estimulaban á aquel cuerpo, el cual tenía que estimular después á todos los demás.

Ya hemos visto el modo que tuvieron de obrar y tomar informes al primer anuncio de la peste; ahora presentaremos otro hecho de lentitud no menos admirable, cuanto que no era forzada, por dificultades opuestas por magistrados superiores. El bando para impedir á los forasteros la entrada á la ciudad, fué resuelto el 30 de octubre, no siendo extendido hasta el día 23 del mes siguiente, y publicado el 29. La peste se había introducido ya en Milán.

El primero que la llevó, según refieren Tadino y Ripamonti, fué un soldado italiano al servicio de España. Este desventurado portador de tantos males, entró en la ciudad cargado con un fardo de vestidos comprados ó robados á los soldados alemanes. Fué á alojarse en casa de sus parientes, en el barrio de la Puerta Oriental, cerca del convento de capuchinos. Apenas hubo llegado, cayó enfermo y fué conducido al hospital, en donde, á causa de un bubón que le descubrieron debajo del brazo, hizo sospechar al que lo curaba lo que era en realidad: á los cuatro días de su estancia en dicho hospital, murió.

La junta de sanidad hizo tapiar la casa que él había habitado, y separó á la familia del roce de los demás: sus ropas y la cama que había ocupado en el hospital, fué todo arrojado al fuego: dos enfermeros que le habían cuidado, y un pobre fraile que le había asistido, cayeron enfermos pocos días después, y los tres de la peste. Las sospechas que se tuvieron desde un principio tocante á la naturaleza del mal, y las precauciones que se tomaron, impidieron que el contagio se propagase más.

Pero el soldado había dejado fuera semillas que no tardaron en germinar. El amo de la casa en la cual se había alojado fué el primer atacado. Éste se llamaba Carlos Colonna, tocador de laúd. Entonces todos los moradores de dicha casa fueron conducidos al lazareto por disposición de la junta de sanidad, en donde la mayor parte enfermaron: algunos murieron poco tiempo después, declarados públicamente apestados.

Entretanto el contagio minaba sordamente la ciudad: pocos fueron los progresos que hizo en lo restante del año, y en los primeros meses del siguiente de 1630. De cuando en cuando, tan pronto en éste, tan pronto en aquel barrio, se sentían atacadas algunas personas, otras sucumbían; la rareza misma de los casos alejaba las sospechas, y confirmaba más y más á la multitud en la estúpida y homicida confianza de que no existía tal peste, ni tan siquiera había existido un instante. Además de esto, muchos médicos, sirviendo como de eco á la voz del pueblo (¿en esta circunstancia era también la voz de Dios?), se mofaban de los presagios siniestros, de las advertencias amenazadoras de unos pocos colegas suyos: aquéllos tenían sin cesar en los labios los nombres de las enfermedades ordinarias, para calificar todos los casos de peste que eran llamados á curar, con cualquier síntoma y señal que apareciesen.

La noticia de estos accidentes, aun cuando llegaban á la junta de sanidad, eran por lo regular tarde y de una manera incierta. El temor de la contumacia[16] y del lazareto, aguzaba todos los ingenios; no se daba parte de los que caían enfermos, se corrompía á los sepultureros y ministros de justicia, y obtenían á fuerza de dinero certificaciones falsas de algunos agentes subalternos de la junta de sanidad, comisionados por ésta para reconocer los cadáveres.