Los médicos que, convencidos de la realidad del contagio proponían precauciones y trataban de hacer participar á sus demás colegas su dolorosa certeza, eran objeto de la pública animadversión. Los más moderados los acusaban de ignorancia y obstinación; á los ojos de la mayor parte, eran unos impostores declarados, los cuales habían urdido semejante intriga para explotar en favor suyo el espanto público. Ludovico Settala, en dicha época anciano casi octogenario, hombre célebre por su saber y por su gran reputación de probidad, estuvo expuesto á ser víctima inocente de lo que acabamos de referir. Un día que iba en su litera á visitar á los enfermos, el pueblo empezó á arremolinarse en torno suyo, gritando que él era el jefe principal de los que querían que la peste estuviese en Milán, y que alarmaba á la ciudad para dar ocupación á los médicos. Viendo los conductores que la multitud iba creciendo, y los gritos é imprecaciones aumentándose á cada instante, consiguieron después de mucho trabajo y esfuerzos llevarle á una casa de unos amigos del doctor, que por fortuna se encontraba próxima á aquel paraje.
Pero á fines del mes de marzo, primeramente en el barrio de la Puerta Oriental, y en seguida en toda la ciudad, las enfermedades, las muertes acompañadas de extraños espasmos, palpitaciones, letargos, delirio, y de manchas lívidas y bubones, empezaron á ser más frecuentes. En el lazareto reinaba la mayor confusión, en donde la población diariamente diezmada iba siempre en aumento. La serenidad de los magistrados, hasta entonces tan tranquila, empezó á turbarse. El consejo de los decuriones, no sabiendo á quién volverse, acudió á los capuchinos. Suplicaron al padre comisario de la provincia, que desempeñaba las funciones de provincial, el que había muerto pocos días antes, que les suministrase una persona capaz de dirigir aquel paraje entregado á la desolación. El comisario les propuso en calidad de principal al padre Félix Casati, hombre de edad madura que gozaba de gran reputación de ser persona muy caritativa, activa, humilde, y al propio tiempo de gran fortaleza de ánimo, reputación bien merecida así que se dió á conocer. Se le nombró, como en calidad de compañero y ayudante á un tal padre Miguel Pozzobonelli, joven aún, mas tan grave y severo en ideas como de aspecto. Fueron aceptados sus servicios con mucha alegría, y el 30 de marzo entraron en el lazareto. El presidente de la junta de sanidad, en persona, los acompañó á tomar posesión. Convocó á los sirvientes y empleados de todas clases, y declaró á su presencia presidente de aquel lugar al padre Félix, con plena y absoluta autoridad. Á medida que el espantoso tropel de los apestados iba creciendo en el lazareto, acudían más padres capuchinos, y éstos, no sólo llenaron bien y cumplidamente sus deberes de religiosos, sino que también desempeñaron los oficios más humildes y desagradables, pues hacían cuando era necesario de confesores, administradores, enfermeros, guardarropas, cocineros, lavanderos y demás que se ofrecía. El padre Félix, siempre apresurado y solícito, visitaba de día y noche los pórticos, las salas, los vastos corredores, algunas veces con una alabarda en la mano, otras armado con sólo su cilicio. Animaba y regulaba todos los servicios, apaciguaba los desórdenes, solventaba las disputas, amenazaba, castigaba, reprendía, consolaba, enjugaba y esparcía lágrimas. Á los pocos días de haber entrado en el lazareto, fué atacado de la peste; mas habiendo sanado, volvió á desempeñar sus buenos y piadosos oficios con más ardor y placer que antes. La mayor parte de sus compañeros sucumbieron, pero sin experimentar el más leve disgusto ni exhalar queja alguna.
La obstinación de los incrédulos, en negar que la peste existía, fué cediendo poco á poco y perdiéndose, á medida que la enfermedad se extendía; mucho más, que habiendo permanecido hasta entonces concentrada solamente en la clase pobre, empezó á herir á los personajes más conocidos. Entre éstos debemos hacer particular mención del protomédico Settala. Sufrieron el contagio él, su esposa, dos hijos y siete personas de su servidumbre. ¿Confesarían entonces que el infeliz anciano tenía razón? ¡Quién sabe! El doctor y uno de los hijos se restablecieron; y el resto de la familia pereció. Estos casos, dice Tadino, ocurridos en la ciudad y en casa de los nobles, hizo abrir los ojos á éstos y á todos los demás, y los médicos incrédulos, y la plebe ignorante y temeraria, empezó á apretar los labios, rechinar los dientes, y á fruncir las cejas.
No pudiendo, pues, negar los efectos del mal, y no queriendo reconocer la causa, porque esto hubiera sido confesar al propio tiempo un grande error y una terrible falta, los incrédulos inventaron otra cosa que estaba conforme con las preocupaciones de aquel tiempo. Existía en aquella época en toda Europa la creencia de sortilegios, de operaciones diabólicas, de que había gentes conjuradas para esparcir la peste por medio de venenos contagiosos y maleficios. Ya éstas ó semejantes cosas habían sido supuestas y creídas en muchas otras epidemias, y principalmente en la que hubo en Milán el siglo anterior. Añádase á esto que á fines del año precedente había llegado un despacho firmado por el mismo rey Felipe IV, dirigido al gobernador, en el cual aquél le avisaba, que cuatro franceses sospechosos de esparcir sustancias venenosas y pestilentes, se habían escapado de Madrid, y que por lo tanto, que estuviese alerta y sobre aviso por si acaso trataban de penetrar en Milán. El gobernador había comunicado el citado despacho al senado y á la junta de sanidad. Semejante circunstancia no llamó absolutamente la atención; pero cuando la peste hubo estallado y fué reconocida por todos, entonces se trajo á la memoria el mencionado aviso, y pudo servir para confirmar y dar motivo á la vaga sospecha de un fraude criminal.
Mas dos incidentes, producidos el uno por un miedo ciego y desordenado, y el otro no sabemos por qué maldad, convirtieron la vaga sospecha de un crimen posible en verdadera sospecha, y para muchos en la certeza de un atentado positivo y de un complot real. Algunas personas que habían creído ver en la tarde del 17 de mayo á ciertos individuos en la catedral frotar una barandilla que servía para separar el sitio designado á ambos sexos, hicieron trasladar durante la noche dicha barandilla y una gran cantidad de bancos. El presidente de la junta de sanidad, acompañado de cuatro miembros más, se encaminó á visitar la barandilla, los bancos, y las pilas de agua bendita, en donde nada encontró que pudiese confirmar la ridícula sospecha de maleficio alguno. Sin embargo, para complacer á las imaginaciones meticulosas, y más bien por un exceso de precaución que por necesidad, decidieron que sería suficiente lavar la barandilla. Esta enorme porción de efectos hacinados produjo una grande impresión de espanto sobre la multitud, para la cual el menor objeto sirve de fundamento para hacer un tropel de conjeturas. Se dijo y se tuvo por cierto, que los envenenadores habían frotado todos los bancos, las paredes de la catedral y hasta las cuerdas de las campanas.
Á la mañana siguiente, un nuevo espectáculo más extraño y más significativo sobrecogió el ánimo y la vista de los habitantes. Por toda la ciudad se vieron las puertas de las casas y las paredes embadurnadas con cierta inmundicia de un blanco amarillento que parecía haber sido dado con esponjas. Ya sea que esto fuese una estudiada maldad para excitar un espanto más general y terrible, ya el designio más culpable todavía de aumentar el desorden público, ó cualquiera otra cosa, lo cierto es que ello está de tal modo demostrado, que parecería menos razonable atribuirlo á un sueño de muchos, que á un hecho verdadero de algunos; hecho que por lo demás no hubiera sido el primero ni el último de tal género.
La ciudad, ya alarmada, se puso más y más; los dueños de las casas purificaban con humo de paja los sitios infestados; los que pasaban se detenían, miraban y se estremecían de horror. Los forasteros, sospechosos por este solo motivo, y fáciles de ser conocidos por su traje, se veían detenidos en las calles por el pueblo, y eran conducidos á presencia de la autoridad. Hicieron interrogatorios, examinaron á los arrestados, á los que los habían detenido y á los testigos presenciales de dichas capturas; mas no resultó reo alguno: los cerebros se hallaban incapaces de reflexionar, de inquirir y comprender. La junta de sanidad dió un bando, en el cual prometía una recompensa y la impunidad á los que declarasen el autor ó autores de semejante atentado. De todos modos no pareciéndonos conveniente, dicen aquellos señores en su carta dirigida al gobernador, cuya fecha es del 21 de mayo, pero que fué evidentemente escrita el 19, día puesto en el bando impreso, que este delito quede impune, máxime en tiempos tan peligrosos y agitados, para consuelo y tranquilidad del pueblo, y para sacar algún indicio del hecho, hemos publicado hoy un bando, &c. Sin embargo, en el citado bando no aparecía prueba alguna de aquella razonable y tranquilizadora conjetura que participaban al gobernador; silencio que demuestra á un tiempo una preocupación furiosa en el pueblo y en los miembros de la junta, una condescendencia tanto más vituperable cuanto más perniciosa podía ser.
Mientras que la junta de sanidad buscaba ó fingía buscar, muchas gentes, como acontece siempre, ya habían encontrado. Los que creían que aquello era una sustancia venenosa, decían ser una venganza que había tomado D. Gonzalo Fernández de Córdoba por los insultos recibidos á su partida; quien pretendía que era una invención del cardenal Richelieu para despoblar á Milán y apoderarse sin trabajo de la ciudad; otros, por último, y no puede hallarse la razón de esto, designaban como autor al conde de Collalto, de Vallenstein, á éste ó á aquel noble milanés. No faltaban también, según llevamos dicho, algunos que no veían en aquel hecho más que una refinada maldad, atribuyéndolo á los estudiantes, á los señores, á los oficiales, que se fastidiaban en el sitio de Casal. El ver, pues, como habían temido, que no seguían directamente el contagio y una mortandad universal, fué por lo regular la causa de que el primer espanto se calmase por entonces, y que la cosa fuese ó pareciese quedar puesta en el olvido.
Aún existía un gran número de personas persuadidas de que aquello no era peste, y á causa de que tanto en el lazareto, como en la ciudad, sanaban algunos, se decía (los últimos argumentos de una opinión destruida por la evidencia, son siempre dignos de notarse), se decía por la plebe, y también por muchos médicos parciales, que á ser verdadera epidemia, todos los atacados habrían muerto[17]. Para disipar todas las dudas, la junta de sanidad halló un expediente proporcionado á la necesidad, un modo de hablar á los ojos tal como las circunstancias podían reclamarlo ó sugerirlo. En uno de los días festivos de la pascua de Pentecostés, los habitantes de la ciudad tenían la costumbre de concurrir al cementerio de S. Gregorio, situado en las afueras de la Puerta Oriental, con el objeto de rogar por los difuntos de la epidemia anterior que se hallaban enterrados en dicho paraje; y haciendo de la devoción un motivo de diversión y espectáculo, cada uno se adornaba del mejor modo posible. Aquel mismo día había fallecido de la epidemia una familia entera. En la hora de mayor concurrencia, en medio de las carrozas, de la gente de á caballo y de á pie, los cadáveres de la mencionada familia fueron conducidos de orden de la junta de sanidad en un carro, desnudos, hacia dicho cementerio, á fin de que la multitud pudiese ver en ellos las señales manifiestas y horrorosas del mal. Un grito de horror y de espanto se elevaba por doquier pasaba el carro, un prolongado murmullo reinaba todavía después de su paso, y finalmente otro murmullo le precedía. La peste ya fué más creída, pero además, ella misma trabajaba diariamente en probar su existencia, y aquella misma reunión debió contribuir no poco á propagarla.
Así, pues, en un principio nada de peste, absolutamente nada; estaba prohibido el pronunciar tan solo su nombre; luego eran fiebres pestilenciales; después, peste no, es decir, sí, pero se debía entender de cierto modo; no verdadera peste, sino una cosa á la cual no se le podía encontrar otro nombre. Por último, ya lo era indudablemente y sin réplica, pero iba adherida otra idea, la de los envenenamientos y maleficios, la cual alteraba y desnaturalizaba la triste é incontestable realidad.