Creemos que no es necesario estar muy versados en la historia de las ideas y de las palabras, para ver que siempre han llevado el mismo camino. Por fortuna, de esta especie é importancia no hay muchas que adquieran su evidencia á semejante precio, y á los males se pueden unir también terribles accesorios. Se podría, sin embargo, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes, evitar en gran parte este curso largo y tortuoso, adoptando el método propuesto hace ya algún tiempo de observar, escuchar, comparar y reflexionar, antes de hablar.
Pero el hablar es una cosa mucho más fácil ella sola que todas las demás juntas; y nosotros mismos, quiero decir, nosotros, los hombres en general, tenemos precisión de ser un poco indulgentes sobre ese punto.
NOTAS:
[15] (Vida de Federico Borromeo, escrita por Francisco Rivola. Milán, 1666, pág. 582).—Nota del autor.
[16] Dan este nombre á las casas y efectos de los apestados. Hay ciertos géneros, que aun en tiempos normales, están sujetos á una cuarentena muy rígida; la lana es una de las mercaderías á las cuales llaman contumaces.—Nota del traductor español.
[17] Tadino, pág. 93.
CAPÍTULO DECIMOCUARTO
Entretanto, cada día se hacía más difícil hacer frente á las exigencias dolorosas de las circunstancias. El consejo de los decuriones resolvió en 4 de mayo recurrir al gobernador. El día 22 fueron enviados al campo dos miembros de dicho consejo, los cuales le representaron el estado de miseria y escasez de la ciudad, la enormidad de los gastos, el tesoro exhausto y lleno de deudas, las rentas de los años venideros empeñadas, las contribuciones corrientes no pagadas, á causa de la miseria general producida por tantos motivos, y sobre todo por el consumo excesivo que hacían las tropas. También le hicieron presente que por una multitud de leyes y costumbres no interrumpidas, y, por un decreto especial de Carlos V, los gastos ocasionados por la epidemia debían ser á cargo del fisco; que, en la del año 1576 había el gobernador, marqués de Ayamonte, no sólo suspendido todos los impuestos, sino que también había dado á la ciudad cuarenta mil escudos para subvenir á las necesidades. Por último, los diputados pidieron cuatro cosas, á saber: que fuesen suspendidos los impuestos como antiguamente; que la cámara diese dinero; que el gobernador informase al rey acerca de la pobreza de la ciudad y de la provincia, y que dispensase de la carga de nuevos alojamientos militares al país, ya arruinado con los pasados.
El gobernador les dió por respuesta pésames y nuevas exhortaciones, sintiendo mucho el no poder encontrarse en la ciudad para emplear todos sus cuidados en procurar su alivio, pero esperando al mismo tiempo que el celo de los magistrados supliría esta falta; que las circunstancias exigían gastar sin economía, y que era preciso ingeniarse de cualquier modo que fuese. En cuanto á las peticiones expresadas, proveeré en el mejor modo que el tiempo y necesidades presentes permitieren; concluyendo la carta con un garrapato que quería decir, Ambrosio Spínola, tan claro como sus promesas. El gran canciller Ferrer le escribió que su contestación había sido leída por los decuriones con gran desconsuelo; finalmente, á todas las preguntas contestó con respuestas evasivas; los demás mensajes que le enviaron tuvieron los mismos resultados. Algún tiempo después, cuando la epidemia se hallaba en su mayor fuerza, el gobernador confirió su autoridad al citado Ferrer, teniendo él, según decía, que dedicarse exclusivamente á los cuidados de la guerra, la cual, sea dicho aquí de paso, después de haberse llevado ya, por la parte más corta, un millón de personas, sin contar los soldados, por medio del contagio, entre la Lombardía, el territorio veneciano, el Piamonte, la Toscana y la Romanía; después de haber desolado, como hemos visto más arriba, los lugares por donde pasó; después de la toma y atroz saqueo de Mantua, finalizó reconociendo todos al nuevo duque, por cuya exclusión se había emprendido la expresada guerra. Sin embargo, es preciso decir que se vió obligado á ceder al duque de Saboya una parte del Monferrato, cuyas rentas ascendían á quince mil escudos, y otras tierras á Ferrante, duque de Guastalla, que redituaban seis mil: que fué hecho otro tratado aparte, y con el mayor secreto, en el cual el mencionado duque de Saboya cedió Piñerol á la Francia: tratado llevado á ejecución poco tiempo después bajo otros pretextos y á fuerza de picardías.
Juntamente con aquella resolución, los decuriones habían tomado otra, á saber, la de pedir al cardenal arzobispo que se hiciese una solemne procesión, llevando por la ciudad el cuerpo de S. Carlos. El buen prelado rehusó por muchas razones. La confianza en un medio dudoso le desagradaba, y temía que si el efecto no correspondía, según pensaba, aquélla no se convirtiese en escándalo. Temía además que si había envenenadores, la expresada procesión serviría de ocasión favorable para cometer el crimen; si no los había, recelaba que una tan gran reunión de gente no podía hacer más que propagar el contagio, peligro mucho más real y verdadero. La sospecha acerca de los envenenadores, adormecida hasta entonces, se despertó más general y furiosamente que antes.