Se había visto de nuevo, ó se había creído ver al presente, untadas las paredes, las puertas de los edificios públicos, las de las casas y las aldabas con sustancias venenosas. La noticia de tales descubrimientos volaba de boca en boca, y como sucede siempre cuando los ánimos están preocupados, el oir referir la cosa producía el mismo efecto que si se viese. Los espíritus agriados cada vez más, y sobremanera irritados por la inminencia del peligro, abrazaban voluntariamente aquella creencia; pues la cólera aspira á castigar; y como observó sabiamente, á propósito de esto, un hombre célebre[18], gusta más atribuir los males á una perversidad humana, contra la cual se puede ejercer la venganza, que no á otra causa, á la que es indispensable resignarse. La idea de un veneno sutil, instantáneo, y en sumo grado penetrante, era motivo más que suficiente para explicar la violencia, todos los accidentes más incomprensibles y desordenados de la enfermedad. Decíase que en la composición de dicho veneno, entraban sapos, culebras, y pus y baba de los apestados; en fin, todo lo que las imaginaciones feroces y perversas podían encontrar de más irritante. Añadíanse á esto los maleficios, por cuyo medio todo efecto lograba ser posible, toda objeción venía á quedar sin fuerza, toda dificultad se resolvía. Si los efectos no habían seguido inmediatamente á la primera tentativa, fácilmente se adivinaba la causa; consistía en que los envenenadores eran todavía novicios, mientras que al presente el arte se había perfeccionado, y las voluntades estaban mejor afirmadas en su infernal resolución. Si alguno se hubiera atrevido á sostener que aquello era una burla, si hubiese negado la existencia de una negra trama, habría pasado por ciego, por un obstinado, si no se le sospechaba interesado en distraer de la verdad la atención pública, ó de ser cómplice ó envenenador[19], este vocablo se hizo rápidamente común, solemne, terrible. Era tal el convencimiento de que existían envenenadores, que se debían descubrir casi infaliblemente; todos los ojos estaban alerta; la acción más indiferente podía excitar sospechas, cambiándose éstas muy pronto en certidumbre, y la certidumbre en furor.

En confirmación de lo dicho, Ripamonti cita dos hechos, siendo de advertir el haberlos escogido, no como los más atroces de los que tenían lugar diariamente, sino porque desgraciadamente los había presenciado ambos.

En la iglesia de S. Antonio, cierto día de no sé qué solemnidad, un anciano más que octogenario, después de haber orado un rato puesto de rodillas, quiso sentarse, y antes de verificarlo sacudió el polvo con su capa. “¡Aquel viejo unta los bancos!”. gritaron á un tiempo algunas mujeres que vieron aquella acción. La gente que se hallaba en la iglesia (¡en la iglesia!) se arroja inmediatamente sobre el anciano, ásenle de sus blancos cabellos, le dan de puñadas y puntapiés, lo lanzan, lo empujan hacia fuera; si no acabaron con él, fué para arrastrarlo medio muerto á la cárcel, ante el juez, al tormento. Yo mismo en persona vi en tan deplorable situación, á aquel desgraciado, dice Ripamonti, é ignoro el fin de su dolorosa aventura; pero estoy segurísimo que sobreviviría muy pocos instantes á tan bárbaros y crueles tratamientos.

El otro caso tuvo lugar al siguiente día; fué igualmente extraño, pero no de funestas consecuencias. Tres jóvenes amigos franceses, el uno literato, el otro pintor y el tercero mecánico, recién llegados con el objeto de visitar la Italia toda, estudiar las antigüedades y hacer algún dinero, se acercaron á cierta parte exterior de la catedral y se pusieron á contemplarla con la mayor atención. Uno que pasaba los vió y se paró; hizo señas á un segundo, éste á un tercero, y así sucesivamente, hasta formar un círculo á su alrededor; no se les perdió de vista un solo momento, porque su traje, su peinado, su equipaje, en fin, los acusaba de extranjeros, y lo que era peor entonces, de franceses. Para cerciorarse de que la pared era de mármol, alargaron la mano para tocarla: esto fué lo suficiente. En un momento fueron envueltos, atados, abrumados de golpes y arrastrados á la cárcel. Por fortuna el palacio de justicia está cerca de la catedral, y también felizmente para ellos, los hallaron inocentes y los soltaron.

Todo esto no sucedía solamente en la ciudad: el frenesí se había propagado del mismo modo que el contagio. El viajero encontrado por los aldeanos fuera del camino real, ó que en este mismo se parase con el objeto de mirar cualquiera cosa por insignificante que fuese, ó se echase para descansar un poco; el desconocido que en su aspecto ó en su traje les pareciese tener algo de extraño ó sospechoso, al instante eran calificados de envenenadores. Al solo aviso del primero que los veía, al grito de un niño, se tocaba á rebato, y todo el mundo acudía; los desventurados se veían asediados por una granizada de piedras, ó cogidos y conducidos á la cárcel con la mayor violencia por un pueblo furioso. Acerca de esto dice el citado Ripamonti que en aquellas circunstancias la cárcel era un lugar de seguridad.

Entretanto los decuriones á quienes la denegación del sabio prelado no había desanimado, redoblaban las instancias que el voto público secundaba por medio de sus clamores. Federico se resistió aún algún tiempo, trató de convencerlos en todo lo que puede la razón de un hombre contra la fuerza de los tiempos y la insistencia de muchos. Por último, después de haber sido instado con exceso, cedió: no diremos que fuese ó no causa de una voluntad un poco débil, hizo más que consentir en que se verificase la procesión: permitió que la urna que encerraba las reliquias de S. Carlos permaneciese expuesta por espacio de ocho días á la pública veneración sobre el altar mayor de la catedral.

La junta de sanidad y las autoridades no se opusieron ni hicieron demostración de ninguna especie en contra de semejante disposición. Únicamente la expresada junta ordenó algunas precauciones, que sin reparar el peligro, indicaban el temor. Dió las más severas órdenes con el objeto de impedir la entrada en la ciudad á las gentes de afuera; y á fin de asegurar mejor la ejecución, hizo cerrar las puertas. Quiso también alejar todo lo posible de la concurrencia á los infestados y sospechosos, y mandó clavar las puertas de las casas secuestradas, las cuales, según dice un escritor contemporáneo, ascendían casi á quinientas.

Se gastaron tres días en los preparativos. Al rayar la aurora del día 11 de junio, que era el señalado, salió la procesión de la catedral. Veíase en primer lugar una larga fila de pueblo, compuesta la mayor parte de mujeres con el rostro cubierto de grandes máscaras de seda, muchas con los pies descalzos y revestidas de cilicios. Seguían luego los gremios, precedidos por sus estandartes, las cofradías con trajes de varias formas y colores; después el clero regular y secular, cada uno con las insignias de su dignidad, y llevando en la mano un cirio encendido. En medio de dicha procesión, entre el brillante resplandor de un sinnúmero de hachas, de la melodiosa armonía de los cánticos, y debajo de un rico palio, avanzaba la urna, llevada en andas por cuatro canónigos vestidos con largos y rozagantes trajes de seda, cuyos individuos se relevaban de cuando en cuando. Al través de los cristales de la citada urna se divisaban los mortales despojos del santo, revestido de magníficos hábitos pontificales, y cubierta la cabeza con la mitra. En sus facciones descompuestas y mutiladas se podían distinguir aún algunos vestigios de su antiguo semblante, según nos le representan las imágenes, tal como algunos se acordaban de haberlo visto y honrado en vida. Detrás de los despojos del santo prelado (dice Ripamonti, del cual principalmente tomamos esta descripción), y próximo á él, tanto por sus méritos, linaje y dignidad, como por su persona, venía el arzobispo Federico. Seguía luego el resto del clero; después los magistrados en traje de ceremonia, tras éstos los nobles; unos ricamente vestidos, como en solemne demostración del culto; otros en señal de penitencia enlutados, descalzos y cubiertos de cilicios, oculto el semblante bajo oscuras capuchas; todos con hachas encendidas. Por último, una inmensa muchedumbre de pueblo terminaba el suntuoso cortejo.

Toda la carrera por donde había de pasar la procesión estaba adornada como en los más solemnes días de fiesta. Los ricos habían sacado sus adornos más preciosos; las fachadas de las casas pobres habían sido decoradas por los vecinos pudientes, ó á expensas del público. Aquí en lugar de colgaduras, y allá sobre las colgaduras mismas se veían pendientes formando graciosos festones, ondulantes guirnaldas de verdes hojas; por todas partes se veían cuadros, inscripciones y emblemas; osténtanse en los balcones ricos jarrones, raras antigüedades, muebles preciosos, luces por doquier. Divisábanse en muchos de aquellos balcones á los enfermos separados de comunicarse con los demás que miraban la procesión, y la acompañaban con sus preces. Las calles restantes estaban mudas y desiertas; solamente algunas personas desde lo alto de las ventanas prestaban oído á aquel vago rumor; otras, y entre éstas se veían hasta religiosas, que se habían subido á las azoteas para ver si desde dicho sitio podían distinguir, aunque fuese de lejos, aquella urna, aquel acompañamiento, por último, una tan suntuosa procesión.

Ésta pasó por todos los barrios de la ciudad. En cada una de las encrucijadas ó plazoletas que se encuentran á los extremos de las calles principales que van á desembocar á los arrabales se hacía una parada: colocábase la urna junto á las cruces erigidas por S. Carlos en la anterior epidemia, de las cuales permanecen en pie algunas hoy día; de modo que la procesión dió la vuelta á la catedral poco después del mediodía.