Mas al día siguiente, mientras que reinaba en los ánimos una presuntuosa confianza, y en muchos la certeza fanática que la citada procesión debía haber puesto fin á la peste, he aquí que el número de muertos aumentó en todas las clases y en toda la ciudad, con tal exceso, y de un modo tan repentino, que no hubo nadie que no viese la causa ó la ocasión en la procesión misma. Mas ¡oh poder admirable y doloroso de una preocupación general! el mayor número no atribuyó este efecto á hallarse reunidas tantas personas, ni á la infinita multiplicación de contactos fortuitos, sino á la facilidad que habían tenido los envenenadores para ejecutar en grande sus infernales designios. Se dijo que mezclados entre la multitud habían infestado con sus untos á toda la gente que les fué posible. Pero como esta idea no podía ser suficiente para explicar una mortandad tan vasta y tan esparcida en toda clase de personas, como según todas las apariencias, al ojo más atento, que la sospecha hacía más perspicaz, no había sido posible hallar unturas ni manchas de ninguna especie, ni en las paredes, ni en otra parte alguna, se recurrió para la explicación del hecho á otro expediente ya antiguo y muy admitido por la opinión general en Europa, á saber: la existencia de polvos mágicos y emponzoñados. Se aseguró que dichos polvos sembrados con profusión por la carrera, y principalmente en los parajes en donde la procesión hacía alto, se habían pegado á las colas de los vestidos, y todavía más en los pies de los muchos que habían ido aquel día descalzos. Vióse por tanto, dice un célebre escritor contemporáneo[20], el mismo día de la procesión, mezclada la piedad con la impiedad, la perfidia con la sinceridad, y la pérdida con la adquisición. ¡De tal modo el pobre entendimiento humano se complace en debatir con los fantasmas creados por él mismo!
Desde entonces la furia del contagio fué siempre en aumento; al poco tiempo no quedó casa que estuviese libre de él. El número de los enfermos dentro del lazareto ascendió desde dos mil hasta doce mil; y más tarde, según el decir de todos, llegó hasta diez y seis mil. El 4 de julio, según se encuentra en una carta dirigida por los miembros de la junta de sanidad al gobernador, la mortandad diaria pasaba de quinientas víctimas; más adelante, cuando la enfermedad llegó á su colmo, según el cálculo más común, morían mil doscientos, mil trescientos; y si hemos de dar crédito al doctor Tadino, hubo días en que llegaron á más de tres mil quinientos. Él mismo afirma, que por las pesquisas hechas después de la peste se vió la población de Milán reducida á poco más de sesenta y cuatro mil almas, siendo así que antes pasaban de doscientas cincuenta mil. Según Ripamonti, sólo constaba el pueblo de Milán de doscientas mil: al hablar del número de muertos, dice que por los registros de la ciudad resultan ciento cuarenta mil, además de los que no pudieron entrar en cuenta. Los demás escritores de aquella época dicen poco más ó menos lo mismo.
¡Júzguese cuáles serían las angustias de los decuriones, á quienes había quedado la pesada carga de proveer á las necesidades públicas, y reparar lo que era reparable en un desastre semejante! Veíanse precisados á sustituir y aumentar diariamente á los individuos encargados de prestar al público servicios de toda especie. Se dividían en tres clases: la una era de los monatti; esta denominación era ya muy antigua y de dudoso origen, designando con ella á los hombres dedicados á los trabajos más terribles y peligrosos durante la epidemia, pues quitaban los cadáveres de las casas, de las calles, los conducían en carros hasta el sitio en donde los enterraban, verificándolo ellos mismos; llevaban los atacados al lazareto, los cuidaban; en fin, quemaban y purificaban los objetos infestados y sospechosos. La segunda clase era conocida bajo el nombre de apparitori; sus funciones especiales eran ir delante de los carros mortuorios, avisando por medio del sonido de una campanilla á los transeúntes que se apartasen, y finalmente, la tercera clase, á los que daban el nombre de comisarios, que presidían á unos y á otros, bajo las inmediatas órdenes de la junta de sanidad. Era indispensable que el lazareto estuviese provisto de médicos, cirujanos, drogas, alimentos, de todo el ajuar en fin necesario á un hospital; siendo preciso también hallar y disponer otros sitios para acoger á los enfermos que todos los días iban en aumento. Con este objeto se mandaron construir á toda prisa chozas de madera y paja en todo el circuito del lazareto, planteóse otro nuevo, formado de cabañas, y rodeado de un cercado de tablas, capaz de contener en su interior cuatro mil personas; y no bastando esto, ordenaron hacer otros dos; pusieron manos á la obra, pero faltando medios, quedaron sin concluir. Los recursos, los brazos y el valor iban disminuyendo á medida que se acrecentaban las necesidades.
No sólo la ejecución quedaba siempre detrás de los proyectos y de las órdenes, no sólo se proveía con mucho trabajo y únicamente con palabras á un gran número de necesidades perentorias, sino que se llegó á un grado tal de impotencia y desesperación, que al fin y al cabo aun este último recurso faltó del todo. Cada día por ejemplo morían abandonados una gran multitud de niños, cuyas madres habían muerto de la peste. La junta de sanidad propuso fundar una casa de asilo para esas inocentes criaturas, como igualmente para las mujeres más indigentes que estuviesen de parto, ó á lo menos que se hiciese algo en favor de ellas; mas nada pudo alcanzar. Todos los socorros eran exclusivamente para la soldadesca, porque el gobernador decía que se estaba en tiempo de guerra, y era necesario tratar bien á los soldados.
Entre tanto, hallándose colmado de cadáveres un ancho y profundo foso que se había hecho junto al lazareto, y quedando no sólo en él sino en todas partes de la ciudad insepultos los nuevos cadáveres, que aumentaban á cada instante; los magistrados, después de haber buscado en vano brazos para desempeñar tan tristes faenas, se veían reducidos á decir que no sabían ya qué partido tomar. Ignoramos de qué modo se hubiera concluido semejante calamidad, á no haber venido un socorro extraordinario. El presidente de la junta de sanidad acudió lleno de desesperación y con los ojos anegados en lágrimas á aquellos dos buenos é intrépidos frailes que gobernaban el lazareto. El padre Miguel se empeñó en desembarazar á la ciudad de los cadáveres que la obstruían, en el término de cuatro días, y en cavar, en una semana, dos fosos que bastasen no sólo á las necesidades del momento, sino también á lo que pudiese sobrevenir en lo sucesivo. Seguido de un compañero también religioso, y de algunas personas de la sanidad nombradas por el presidente, se dirigió al campo en busca de aldeanos; y en parte por la autoridad de la expresada junta, en parte por la de su hábito y palabras, reunió cerca de doscientos; á los cuales mandó hacer tres grandes fosos; envió en seguida del lazareto á los monatti para que recogiesen los muertos; verificándose de tal manera, que el día prefijado su promesa quedó cumplida.
Una vez el lazareto se quedó sin médicos; á fuerza de trabajo, de mucho tiempo, y de grandes ofertas de dinero y honores, se pudieron encontrar algunos, pero no los necesarios. Con frecuencia faltaban víveres hasta el punto de hacer temer que el hambre contribuiría á acrecentar el número de muertos; y más de una vez, mientras que se ponían en práctica todos los medios posibles para buscar dinero ó provisiones, con la esperanza no solamente de no hallarlo á tiempo, sino ni aun de hallarlo nunca, llegaban de pronto abundantes socorros, don inesperado de la caridad de particulares. En medio del aturdimiento general, de la indiferencia que se experimentaba por las desgracias de los demás, indiferencia que hacía nacer el temor que tenía cada uno de por sí, se encontraron sin embargo almas piadosas que estuvieron siempre dispuestas á dispensar beneficios, y otras personas además á quienes la caridad nació con motivo de la pérdida de todas las alegrías terrestres; así como en medio de la destrucción y terrible estrago que reinaban se vieron hombres que emprendieron la fuga, siendo así que eran los que debían velar y proveer á la seguridad pública, aparecieron al propio tiempo otros que, siempre sanos de cuerpo y de un valor á toda prueba, permanecieron fieles en su puesto: hubo también otros que, por una admirable adhesión de piedad, tomaron sobre sí y llenaron con una constancia heroica las funciones á las cuales no les llamaban sus deberes.
Pero sobre todo, en lo que fué más digno de notarse la constancia más firme y espontánea con respecto á desempeñar la penosa obligación que les era impuesta, fué, repito, en los sacerdotes. En los lazaretos, en la ciudad, su asistencia jamás faltó; por doquier había sufrimientos, allí se les encontraba, siempre mezclados y confundidos entre los enfermos y moribundos, estando ellos mismos con frecuencia moribundos y expirando. Junto con los auxilios espirituales, prodigaban en cuanto les era posible los temporales, prestando todos los servicios que requerían las circunstancias. Más de sesenta párrocos de la ciudad solamente murieron del contagio, cerca la novena parte de ellos.
Federico, como no podía menos de esperarse, inspiraba valor á todos, y era el primero en dar ejemplo. Después de haber visto perecer en su mismo palacio á casi todas las personas que le rodeaban, siendo rogado por su familia, por las principales autoridades y príncipes vecinos para que huyese del peligro yendo á vivir á una quinta aislada, rechazó sus consejos é instancias con el mismo valor con que escribía á los curas de su diócesis: “Estad dispuestos á abandonar esta vida mortal, más bien que á esos desgraciados que son nuestros hijos y nuestra familia; andad con amor al encuentro de la peste, como si fueseis á buscar la otra vida, á adquirir un premio, pues que de este modo podréis conquistar almas para Jesucristo”. No descuidó ninguna de las precauciones compatibles con sus deberes; dió también instrucciones y reglas al clero, no importándosele nada absolutamente, ni pareciendo ver el peligro, por el cual tenía que pasar, al tratar de hacer bien. Sin hablar de los eclesiásticos, con los cuales estaba siempre, con el objeto de alabar y dirigir su celo, de excitar á los tibios y remisos, enviándolos á los parajes en donde otros habían perecido, quiso que tuviese libre acceso cualquiera que tuviese necesidad de él. Visitaba los lazaretos para consolar á los enfermos y animar á los que los servían; recorría la ciudad llevando auxilios á los infelices incomunicados en sus casas, deteniéndose á sus puertas debajo de sus ventanas para escuchar sus lamentos, dándoles en cambio palabras de consuelo é inspirándoles valor. Se lanzó, por último, y vivió en medio del contagio, admirándose él mismo, así que hubo cesado, de haber salido ileso.
Así como en las calamidades públicas, y cuando el orden regular se ve invertido y perturbado por espacio de largo tiempo, se encuentra siempre un aumento, una sublimidad de virtud; así también igualmente aparece un acrecentamiento por lo ordinario mucho más general de perversidad. Los malvados que la epidemia perdonaba y no aterraba encontraron en la confusión común, en la tibieza de la fuerza pública, una nueva ocasión de actividad, y al propio tiempo un nuevo y seguro medio de impunidad, mayormente cuando el uso de la fuerza pública misma fué á parar en gran parte á manos de los más osados de entre ellos. Para desempeñar los oficios de monatti y apparitori no se hallaban más que hombres en quienes el atractivo de la rapiña y licencia tenía más poder que miedo al contagio y la repugnancia natural. Se les habían prescrito estrechísimas reglas, intimado las más severas penas, señalándoles sus puestos, sometiéndoles al mando de comisarios, según ya hemos dicho, estando unos y otros sujetos á la autoridad de los magistrados y nobles, con la facultad de proveer sumariamente á todas las medidas de orden y buen gobierno que reclamasen las circunstancias. Semejantes disposiciones tuvieron efecto hasta cierto tiempo; pero creciendo todos los días el número de muertos, la desolación, el espanto y el aislamiento, se vieron libres de toda autoridad, faltando quien los tuviese á raya, haciéndose principalmente los monatti dueños y árbitros de todo. Entraban en las casas como amos ó como enemigos, y sin hablar del pillaje y de los malos tratamientos que hacían experimentar á los infelices que la epidemia condenaba á caer bajo su férula, los malvados ponían sus manos infestadas y criminales sobre las personas sanas, sobre los hijos, padres y esposos, amenazándoles con llevarles al lazareto si no se rescataban ó eran rescatados á fuerza de dinero. Otras veces ponían á precio sus servicios, rehusando el llevarse los cadáveres en estado ya de putrefacción si no se les daba tal ó cual suma. Dícese también, y aun el mismo Dr. Tadino lo afirma, que dejaban caer á propósito de sus carros los efectos infestados, con el objeto de propagar el contagio, pues que para ellos era un manantial de riquezas y de regocijo. Otros bribones, fingiéndose monatti, y atándose una campanilla á los pies, según estaba prescrito como distintivo, y para advertir su aproximación, se introducían en las casas y robaban á mansalva: en algunas abiertas sin inquilinos, ó habitadas solamente por algunos desdichados moribundos, los ladrones las saqueaban á discreción y sin ninguna especie de temor; otras eran ocupadas é invadidas por esbirros, los cuales hacían lo mismo, si no peor.
Á la vez que la perversidad, creció la demencia; todos los errores, ya más, ya menos dominantes, tomaron á causa del aturdimiento y de la agitación de los ánimos una fuerza extraordinaria, produciendo efectos más rápidos y más vastos; todo lo cual sirvió para dar fuerza y engrandecer el miedo de las unturas consabidas, que según hemos visto era otra maldad. La imagen de este supuesto peligro asediaba y atormentaba los espíritus, mucho más que el peligro presente y real. Además de los montones de cadáveres hacinados siempre á nuestra vista, dice Ripamonti, los cuales obstruían el paso de los transeúntes, convirtiendo á la ciudad entera en un vasto cementerio, había otra cosa más funesta y horrorosa aún; ésta era la desconfianza recíproca, la monstruosidad de las sospechas... No sólo huía uno de su vecino, de su amigo y de su huésped, sino que los dulces nombres, los tiernos lazos de esposo, padre, hijo, hermano, eran objeto de terror; ¡y cosa indigna y horrible de expresarse!, la misma mesa de la familia, el lecho nupcial, eran mirados como lazo ó como sitios destinados á ocultar la ponzoña.