Después de la ambición y concupiscencia, que fueron los primeros motivos atribuidos á los envenenadores, llegó á creerse que éstos encontraban en su modo de obrar cierta voluptuosidad diabólica, cierto atractivo más poderoso que su voluntad. El delirio de los enfermos, que se acusaban á sí mismos de lo que habían temido de parte de los demás, se asemejaban á otras tantas revelaciones voluntarias; lo cual contribuía para dar crédito á todo aquello. Y más que las palabras eran las demostraciones las que debían conmover los ánimos, si acontecía que los enfermos en su delirio hacían lo que en su imaginación se figuraban que ejecutaban los envenenadores; circunstancia, por otra parte, muy probable y propia para explicar la persuasión general y el testimonio de muchos escritores. Así es que durante el largo tiempo y triste periodo de las pesquisas judiciales tocante á la magia, las confesiones algunas veces voluntarias de los acusados sirvieron no poco para esparcir y mantener la opinión que reinaba con respecto á los sortilegios; pues cuando una opinión obtiene un vasto y prolongado imperio, se expresa de todos modos, prueba todas las salidas, recorre todos los grados de la persuasión, y es difícil que todos ó una gran parte crean por mucho tiempo que se haga una cosa extraña sin que venga alguno el cual se imagine hacerla.

Entre las anécdotas, á las cuales dió lugar ese delirio de los envenenamientos, hay una que merece ser referida por el crédito que adquirió y por el giro que tomó. Contábase, no por todos del mismo modo (que sería un privilegio demasiado especial de la fábula), sino casi unánimemente, que una persona, en tal día, había visto llegar á la plaza de la catedral un carruaje tirado por seis caballos, y dentro de él, entre otros que le acompañaban, se hallaba un gran personaje, cuyo rostro aparecía sombrío y bronceado, sus ojos inflamados, erizados los cabellos, y en sus labios dibujaba una expresión amenazadora. Mientras que el espectador permanecía embobado mirando el expresado carruaje, éste se había parado, y el cochero le invitó á subir, á lo cual no supo negarse. Después de diversos rodeos, el carruaje se volvió á parar á la puerta de cierto palacio, en el cual entraron todos, y el curioso juntamente con ellos, viendo en su interior escenas deliciosas y al propio tiempo de horror, espantosos desiertos y risueños jardines, sombrías cavernas y magníficos salones: en uno de éstos, los hombres fantasmas tomaron asiento y se pusieron á deliberar. Finalmente, le habían enseñado grandes cajas llenas de dinero, diciéndole que tomase cuanto quisiera, con tal que aceptase un frasquito del consabido unto, y fuese á esparcirlo por la ciudad. Mas no habiendo querido consentir, se había encontrado en un decir Jesús en el mismo sitio en donde había subido al carruaje. Esta relación, generalmente creída por el pueblo, y de la cual, según dice Ripamonti, muchos hombres de juicio no se burlaron lo bastante, se extendió por toda Italia y también fuera de ella. En Alemania se vieron láminas que representaban dicha paparrucha. El arzobispo elector de Maguncia, escribió al cardenal Federico, preguntándole qué había de cierto acerca de los hechos maravillosos que se decía pasaban en Milán, á lo cual Federico contestó que no eran otra cosa, que sueños de imaginaciones exaltadas.

De igual valor, si no en un todo igual naturaleza, eran los sueños de los hombres instruidos, si bien que sus efectos no eran menos desastrosos. La mayor parte de ellos veían el anuncio y la causa de aquellas calamidades en un cometa aparecido en 1628, y en una conjunción de Saturno con Júpiter. Los mismos médicos que, como Tadino y Settala habían desde un principio anunciado la peste, viéndola introducirse por doquier, siguiendo su pista, y observando todos sus progresos, concluyeron por ceder al torrente de la opinión general, atribuyendo á envenenamientos, á conjuros diabólicos y á otras mil patrañas, los accidentes ordinarios de la enfermedad. Entre las muchas anécdotas que circulaban de boca en boca, se contaba como verídica la siguiente: Diz que cierto día se introdujeron en la habitación de un enfermo unas cuantas personas desconocidas, las cuales le ofrecieron curarle y darle una gran remuneración si untaba las casas circunvecinas; mas como aquél rehusase, dichas personas habían desaparecido, quedando en su lugar un lobo debajo de la cama, y encima tres gatos.

Los magistrados, diezmados todos los días, aterrorizados y confusos, empleaban la poca resolución que les quedaba en buscar los envenenadores. Entre los escritos de aquella época que se conservan en el archivo general de Milán, se encuentra una carta (sin ningún documento que se refiera á ella), en la cual el gran canciller Antonio Ferrer, informa seriamente, y con la mayor urgencia al gobernador, de haber recibido un aviso, en que se le decía que en una casa de campo, propia de los hermanos Gerónimo y julio Monti, nobles milaneses, se componía veneno en tanta cantidad, que cuarenta hombres estaban ocupados en este ejercicio[21], con la ayuda de cuatro caballos de Brescia, los cuales hacían venir los materiales de Venecia para la fábrica de veneno. Añade que él había tomado con sigilo las disposiciones necesarias para mandar á la citada quinta al podestá de Milán y al auditor de la junta de sanidad con treinta soldados de caballería; que por desgracia uno de los hermanos había sido advertido á tiempo para hacer desaparecer el cuerpo del delito, y probablemente por medio del mismo auditor amigo suyo, y que éste buscaba excusas para dar tiempo y no partir; pero que no obstante, el podestá, acompañado de fuerza armada, había ido á reconocer la casa para ver si hallaba algunos vestigios, como igualmente para tomar informes y prender á todos aquellos que fuesen culpables.

Los procesos á que dieron margen semejantes imposturas, no eran ciertamente los primeros de este género, y no se pueden, con todo, considerar como una rareza en la historia de la jurisprudencia. La descripción que podríamos hacer de dicho proceso, sería larga y dolorosa; mas éste no es lugar á propósito para tratar de ella con la atención que merece, pues sería preciso escribir una historia aparte. Por lo tanto, dejando á otros escritores el cuidado de hacerlo más circunstanciadamente, volveremos, por último, á buscar á nuestros personajes, para no abandonarlos ya más hasta el fin.

NOTAS:

[18] P. Verri, en sus observaciones sobre la tortura.

[19] En aquella época los llamaban en Milán untori, que literalmente traducido, equivale á untadores, dándoles este nombre, porque según decían, lo untaban todo con sustancias venenosas.—Nota del T. E.

[20] Agustín Lampugnano.

[21] Todas las palabras en itálicas en el original están en español, pues ya sabemos que Antonio Ferrer lo era.—Nota del T. E.