CAPÍTULO DECIMOQUINTO
Una noche, á fines del mes de agosto, justamente cuando la peste se hallaba en su mayor incremento en Milán, se dirigía D. Rodrigo á su casa, acompañado de su fiel Griso, uno de los tres ó cuatro que habían quedado vivos de toda su servidumbre. Volvía de una reunión de amigos acostumbrados á juntarse para tratar de distraer por medio de francachelas y comilonas la melancolía inherente á los calamitosos tiempos que corrían; á cada día que trascorra, se les unían otros nuevos, al paso que iban faltando de antiguos. Aquel día D. Rodrigo estuvo sumamente alegre y festivo, y entre otras cosas había hecho reir mucho á la sociedad con una especie de elogio fúnebre á la memoria del conde Attilio, arrebatado por la peste dos días antes.
Sin embargo, á medida que iba andando, sentía un malestar, un abatimiento, una flojedad en las piernas, una dificultad en respirar, un ardor interior, que hubiera querido atribuir únicamente al vino, al continuo trasnochar, á la influencia de la estación. Durante todo el camino no abrió la boca siquiera; y llegados á casa, la primera palabra fué ordenar al Griso que le alumbrase hasta su cámara. Cuando estuvieron en ella, el Griso observó que el semblante de su dueño estaba desencajado, encendido, los ojos centelleantes y casi fuera de sus órbitas. Conservábase á una distancia respetuosa, porque en aquellas peligrosas circunstancias todo bribón se había visto obligado á adquirir, según vulgarmente se dice, ojo médico.
—¿Ves? estoy bueno, dijo D. Rodrigo, que leyó en el rostro del Griso el pensamiento que pasaba por su mente.—Me siento bien; pero he bebido mucho, acaso demasiado. Ya se ve; la vernaccia[22] era tan excelente... Mas durmiendo bien, todo desaparecerá. El sueño me abruma... Quita esa luz que me ofusca la vista... ¡me incomoda tanto!...
—Esto son los humos de la vernaccia, dijo el Griso, permaneciendo siempre á cierta distancia.
Conviene que su señoría se acueste pronto, pues el dormir le vendrá perfectamente.
—Tienes razón; si es que puedo dormir... Por lo demás, me siento bien. Ponme aquí cerca esa campanilla, por si acaso esta noche necesitase algo; y ten cuidado si la oyes sonar; ¿entiendes? Mas no tendré necesidad de nada... Llévate pronto esa maldita luz, siguió diciendo, mientras que el Griso obedecía, acercándosele lo menos posible.—¡Diablo! ¡que tenga que incomodarme tanto!...
El Griso cogió la bujía, y deseando á su señor una buena noche, salió precipitadamente de la estancia, mientras que D. Rodrigo se ocultaba bajo el cobertor de su lecho.
Mas el citado cobertor pesaba sobre él como si fuese un monte. Lo arrojó lejos de sí, y se acurrucó con el objeto de poder dormir, porque efectivamente se moría de sueño. Apenas sus ojos se cerraban, despertábase en extremo sobresaltado, como si alguno le hubiese dado un fuerte golpe, sintiendo que se aumentaba su malestar y crecía su insufrible ardor. Pensaba en el sofocante calor del estío, en la vernaccia, en los excesos que cometía, habiendo querido encontrar en todo esto, la causa de sus sufrimientos. Mas una idea venía á mezclarse siempre involuntariamente á dichos pensamientos; una idea que se introducía, por decirlo así, en todos los cerebros, que formaba parte de todas las conversaciones y discursos que se tenían en aquellas orgías, porque era más fácil hacer escarnio de ella que pasarla en silencio; á saber, la peste.
Después de haber luchado terriblemente consigo mismo por espacio de largo tiempo, acabó por dormirse, y tuvo los sueños más confusos y desordenados del mundo. Le pareció que se hallaba en medio de una vasta iglesia, al frente de una inmensa muchedumbre. Ignoraba cómo se encontraba en aquel paraje y cómo le había venido á la imaginación semejante pensamiento, especialmente en aquellas circunstancias; lo cual le enfurecía sobremanera. Paseaba sus miradas sobre los circunstantes, no viendo más que semblantes descarnados, lívidos, con ojos apagados ó extraviados, y los labios colgando. Los vestidos de estas asquerosas criaturas se caían á pedazos, y al través de los agujeros se divisaban horrorosos bubones y manchas sanguinolentas. Figurábase que gritaba “Apartaos, canalla”; y dirigiendo su vista hacia la puerta, que estaba sumamente lejos, y dando un grito con aire amenazador, pero sin moverse, pegó todo lo posible sus brazos al cuerpo para no rozar con nadie, aunque le tocaban ya bastante por todas partes. Pero ninguno de aquellos insensatos daba señales de moverse, ni de oirle; por el contrario, le tenían fuertemente oprimido, pareciéndole además que alguno de ellos con el codo le apretaba en el costado izquierdo junto al corazón y debajo del brazo, en cuyo sitio experimentaba agudas y dolorosas punzadas. Movíase violentamente, hacía inútiles esfuerzos para salir de tan penosa situación; mas de repente parecíale que se sentía picado de nuevo en el mismo paraje. Furioso quiere llevar la mano á la espada, y ve que se ha deslizado á lo largo de su cuerpo, siendo el pomo lo que le oprime en aquel sitio, en el cual va á buscar su espada que no encuentra, sintiendo en su lugar un dolor todavía más agudo. Agitado y sin aliento quiere esforzarse á gritar, cuando ve que todas aquellas figuras se precipitaban hacia un solo lado. Lanza en la misma dirección su extraviada vista; descubre un púlpito, apareciendo en él confusamente un objeto vago y movible; luego ve elevarse una cabeza rapada, después dos ojos, una cara, una larga y blanca barba, un fraile de pie con la mitad del cuerpo fuera del púlpito; en una palabra, Fr. Cristóbal. Le parece á D. Rodrigo que el capuchino, después de haber recorrido con la vista á todo el auditorio, la fija sobre él, levantando al mismo tiempo la mano, juntamente en la misma actitud que había tomado en una de las salas de su palacio. Entonces él también alza la suya con furia, hace un esfuerzo desesperado como para lanzarse á detener aquel brazo suspendido sobre su cabeza: un gruñido sordo detenido en su garganta sale de repente convertido en un alarido terrible, de cuyas resultas despierta. Deja caer su brazo, que en efecto había levantado, tardando un buen rato en recobrarse y abrir bien los ojos, porque la luz del día, ya bastante avanzado, no le molestaba menos que la de la bujía de antes. Por último reconoce su lecho, su cámara; comprende que todo aquello no había sido más que un sueño; la iglesia, el pueblo, el fraile, todo había desaparecido, á excepción del dolor en el costado izquierdo. Al propio tiempo sentía en el corazón una palpitación violenta y agitada, un gran zumbido en los oídos, un fuego interior que le consumía, y una pesadez en todos los miembros mucho peor aún que cuando se había ido á acostar. Vaciló un instante antes de mirar la parte donde tenía el dolor; finalmente, la descubre, le arroja una pavorosa mirada, y distingue un espantoso tumor de un lívido purpúreo.