D. Rodrigo se vió perdido: el temor á la muerte se apoderó de él, experimentándolo acaso mucho más al imaginar que podría llegar á ser presa de los monatti, siendo llevado y lanzado al lazareto. Buscando el modo de evitar esta horrible suerte, sentía que sus ideas se oscurecían y turbaban, viendo aproximarse el momento en que no le quedaría más recurso que entregarse á la desesperación. Luego cogió con mano convulsa la campanilla, y la agitó violentamente. El Griso, que estaba alerta, se presentó en seguida. Detúvose á cierta distancia del lecho, miró atentamente á su señor, y se cercioró de lo mismo que la noche antes no había pasado de una conjetura.
—¡Griso!, dijo D. Rodrigo, sentándose en el lecho con mucho trabajo: tú has sido siempre mi favorito.
—Sí, señor.
—Te he tratado bien siempre.
—Ciertamente; por un efecto de vuestra gran bondad.
—¡Me puedo, pues, fiar de ti!...
—¡Diablo!
—Griso, me siento malo.
—Ya lo había conocido.
—Si me pongo bueno, te trataré todavía mejor de lo que lo he hecho hasta aquí.