Nada contestó el Griso, y estuvo esperando adónde iría á parar con tales preámbulos.
—De nadie quiero fiarme más que de ti, continuó diciendo D. Rodrigo; Griso, hazme un favor.
—Mande su señoría.
—¿Sabes dónde vive el cirujano Chiodo?
—Perfectamente.
—Es un excelente sujeto, que cuando se le paga bien oculta á los atacados de la peste. Anda á buscarlo: dile que le daré cuatro, seis escudos por visita, más, si quiere más; pero que venga pronto; y haz la cosa de modo que nadie se aperciba de ello.
—Muy bien pensado, dijo el Griso; voy y vuelvo al momento.
—Oye, Griso, dame primero un poco de agua. Siento un ardor que no puedo resistir más.
—No señor: nada sin aviso del médico. Son enfermedades sumamente prontas; por consiguiente, no hay tiempo que perder: tranquilícese su señoría; en un decir Jesús estaré aquí con el Sr. Chiodo.
Al concluir de pronunciar las anteriores palabras, salió cerrando la puerta.