D. Rodrigo, habiendo vuelto á acurrucarse en su lecho, lo seguía con la imaginación á la casa de Chiodo; contaba los pasos, y calculaba el tiempo. De vez en cuando miraba su tumor del costado izquierdo; mas volvía en seguida la vista hacia otro lado con el mayor estremecimiento. Al cabo de poco rato empezó á prestar atención, con el objeto de ver si oía llegar al cirujano; y semejante esfuerzo de atención suspendía el sentimiento del mal, y le dejaba libre el uso de sus pensamientos. De repente oye un ruido lejano de campanillas, que le parece más bien que viene del interior de su casa que no de la calle. Escucha atentamente, y á cada instante lo percibe más fuerte, más repetido, acompañado al mismo tiempo de un rumor de pisadas, con cuyo motivo una horrible sospecha se le presenta de súbito á la imaginación. Consigue incorporarse, y se sienta: se pone á escuchar aún con más atención, y distingue claramente un ruido sordo en la vecina estancia, como de una cosa pesada que depositan en el suelo con precaución. Saca las piernas fuera del lecho en ademán de levantarse, clava la vista en la puerta, la ve abrirse y aparecer por ella dos viejos y sucios vestidos rojos, dos criaturas malditas; en una palabra, dos monatti. Finalmente, divisa á medias la figura del Griso, el cual permanece espiando, oculto detrás de una de las hojas de la puerta que ha quedado entreabierta.

—¡Ah, traidor infame!... ¡Fuera de aquí, vil canalla! ¡Blondino, Carlotto!, ¡socorro, que me asesinan!, grita desaforadamente D. Rodrigo: mete una mano debajo de la almohada para buscar una pistola, la coge, trata de amartillarla, mas ya es tarde, porque á su primer grito, los citados monatti se habían precipitado hacia su lecho. El más ágil se le echa encima antes de que pueda hacer ningún movimiento; le arranca la pistola de la mano, arrójala lejos de sí, le fuerza á volverse á acostar, y lo sujeta fuertemente exclamando con un acento de rabia y de mofa á la vez: “¡Ah, bribón! ¡hacer armas contra los monatti!, ¡contra los ministros de la junta de sanidad!, ¡contra los que hacen tantas obras de misericordia!”.

—Sujétalo bien, hasta que lo saquemos de aquí, dijo el compañero, encaminándose hacia una grande arca que se hallaba en la misma habitación. Después de esto entró el Griso y le ayudó á forzar la cerradura.

—¡Malvados!, gritó D. Rodrigo con acento de desesperación, mirando al Griso por debajo del que le sujetaba, y forcejeando entre sus nervudos brazos.—Dejadme matar á ese infame, decía en seguida á los monatti, y después haced de mí lo que queráis. Luego volvía á llamar con toda la fuerza de sus pulmones á los demás criados; mas era en vano, porque el abominable Griso los había alejado, con supuestas órdenes del mismo amo, antes de ir á proponer á los expresados monatti dicha expedición, y dividir con ellos los despojos.

—Tranquilizaos, tranquilizaos, decía al desventurado Rodrigo el bribón que lo tenía tendido sobre el lecho; y volviéndole después hacia los que saqueaban, les gritaba: haced las cosas como hombres de honor.

—¡Tú, tú!, exclamaba con rabia D. Rodrigo, dirigiéndose al Griso, al cual veía ocupado en destrozarlo todo, en sacar el dinero, los efectos y hacer las particiones. ¡Tú!, ¡después!... ¡Ah, demonio infernal! ¡Todavía puedo curar!, sí; ¡puedo aún ponerme bueno! El Griso no resollaba siquiera, y con todo trataba de evitar todo lo posible el dirigir la vista hacia el lado de donde partían las anteriores palabras.

—Tenlo firme, decía el otro monatto, porque está frenético.

Efectivamente era así. Después de exhalar un gran grito, después de hacer un último y más violento esfuerzo con el fin de recobrar su libertad, cayó de repente fatigado é insensible; sin embargo, todavía lanzaba miradas estúpidas, y de vez en cuando daba fuertes sacudidas ó arrojaba débiles quejidos.

Los monatti le cogieron el uno por los pies y el otro por debajo de los brazos, y fueron á colocarlo en una camilla que habían dejado en la habitación inmediata; en seguida uno de ellos volvió para tomar el botín, después de lo cual, cargando con la miserable carga, se alejaron.

El Griso se quedó con el objeto de escoger lo que le pudiese ser de más utilidad; hizo un fardo de todo ello y tomó la puerta. Á pesar de haber tenido mucho cuidado de no tocar á los monatti, ni de ser tocado por ellos, con todo, en medio del frenesí por robar que se había apoderado de él, cogió del lado del lecho los vestidos de su amo, y los sacudió sin reflexionar nada, con el ansia de ver si tenían dinero. Esto tuvo no obstante el día siguiente sus consecuencias. En efecto, mientras estaba divirtiéndose en una taberna, se sintió sobrecogido de terribles calofríos, sus ojos se oscurecieron, le faltaron las fuerzas y cayó desplomado. Abandonado por sus compañeros, fué á parar en manos de los monatti los cuales, habiéndole despojado de todo lo bueno que llevaba, le echaron sobre un carro, en el cual expiró, antes de llegar al lazareto donde había sido conducido su amo.