Dejando ahora á este desgraciado en aquella mansión de dolores, iremos en busca de otro, cuya historia nada hubiera tenido de común con la suya, si él á la fuerza no lo hubiese querido; pudiéndose también asegurar, que á no ser así, nada tendríamos al presente que decir ni del uno ni del otro. Queremos hablar de Renzo, de este joven á quien dejamos en una nueva fábrica bajo el nombre de Antonio Rivolta.

Permaneció en dicha fábrica por espacio de cinco ó seis meses, pasados los cuales, habiéndose enemistado la república y el rey de España, y cesando, por consiguiente, todo temor para él, Bartolo se había apresurado á ir á buscarle para tenerle consigo, ya por el cariño que le profesaba, ya porque Renzo, naturalmente despejado y muy hábil en el oficio, era en una fábrica un poderoso auxiliar para el fac totum, sin poder jamás aspirar á serlo él mismo, á causa de la desgracia de no saber manejar la pluma. Así como esta razón se había tenido en cuenta, nosotros hemos creído deber indicarla también. Acaso querríais un Bartolo más ideal; no puedo decir más que una cosa: fabricadlo; el nuestro era ni más ni menos, según os lo he presentado.

Después de lo que va referido, Renzo había continuado trabajando al lado de su primo. Con frecuencia, y especialmente luego de haber recibido algunas de las consabidas cartas de Inés, le pasó por la imaginación el hacerse soldado y concluir de una vez: ocasiones no faltaban, pues justamente en aquella época la república tenía necesidad de gente. La tentación fué para Renzo tanto más fuerte, cuanto que se hablaba de invadir el milanesado, y naturalmente le parecía magnífico el volver á su casa con ínfulas de vencedor, ver á Lucía y tener con ella una explicación. Pero Bartolo, con buenas razones, había sabido apartarlo siempre de semejante resolución.

—Si ellos han de ir, del mismo modo irán sin ti, y después tú podrás encaminarte allá á tu gusto; si vuelven con la cabeza rota, ¿no habrá sido mejor el que te hayas quedado en casa? No faltarán desesperados que quieran ir á tal expedición, y antes que puedan poner los pies... Por lo que á mí hace, soy muy incrédulo: aquí se vocifera mucho; mas ya, ya, el milanesado no es un bocado tan fácil de tragar. Se trata de la España, hijo mío: ¿sabes lo que es la España? S. Marcos es fuerte dentro de su territorio, pero esto no basta. Ten paciencia: ¿por ventura no estás bien aquí?... Comprendo lo que me quieres decir; pero si está escrito arriba que suceda, puedes estar seguro que sin hacer locuras, saldrá mejor: algún santo te ayudará. Así, pues, créeme, éste no es tu oficio. ¿Te parece que convenga dejar de encanillar seda para ir á matar? ¿Qué quieres tú hacer entre gente de semejante ralea? Para esto se necesitan hombres á propósito.

Otras veces Renzo quería ir de oculto, disfrazado, y con nombre supuesto; pero Bartolo supo también disuadirle por medio de razones fáciles de adivinar.

Esparcida después la peste en el milanesado, y llegando hasta las fronteras del territorio de Bérgamo, no tardó mucho en invadirlo, y... no os alarméis, lectores míos; no creáis que vaya á haceros otra descripción del contagio que sufrió este último país; nada de eso; el que quiera informarse podrá leer la obra escrita por un cierto Lorenzo Chirardelli, y en ella hallará todas cuantas noticias desee; yo sólo diré que Renzo fué también acometido de la epidemia; que se curó él mismo; ó mejor dicho, nada hizo para ello; estuvo á las puertas del sepulcro; pero gracias á su fuerte constitución, venció al mal, y al cabo de pocos días se halló fuera de peligro. Al recobrar la salud, los cuidados, los deseos, las esperanzas, los recuerdos y los proyectos de su vida, resucitaron con más fuerza y vigor que nunca; ó lo que es lo mismo, todos sus pensamientos se concentraron en Lucía. ¿Qué habría sido de ella en aquellos calamitosos tiempos, en que el vivir era una excepción? ¡Hallarse tan próximo y no poder tener noticias suyas! ¡Permanecer, Dios sabe cuánto, en tal incertidumbre! ¡Y aun después de disipada ésta, cuando hubiese cesado todo peligro, sabiendo que Lucía había sobrevivido, ¡cómo descifrar aquel otro enigma, aquel misterio impenetrable del consabido voto! “Yo mismo iré á enterarme de todo á la vez, se decía interiormente antes de encontrarse en estado de poder gobernarse por sí mismo. ¡Con tal que todavía viva! Por lo que hace á encontrarla, yo lo conseguiré; oiré cómo me explica ella misma á lo que se reduce la tal promesa; le haré comprender que es un absurdo; un imposible, y me la traeré aquí, juntamente con la pobre Inés, si es que aún vive; ¡Inés, la cual tanto me ha querido siempre, y que estoy muy seguro me quiere todavía!... ¿Y la orden de prisión? ¡Bah!, en otras cosas tienen que pensar los que han quedado con vida; aun aquí veo pasearse con la mayor tranquilidad á algunos que... ¿Por ventura serán sólo los bribones los que tengan salvoconducto? ¡Y en Milán, en donde todo el mundo dice que no hay más que confusión y desorden! ¡Si dejo escapar una ocasión tan hermosa! ¡La peste! ¡Mirad cómo algunas veces nos hace emplear las palabras ese feliz instinto de referirlo y subordinarlo todo á nosotros mismos! ¡Ciertamente, no encontraré mejor coyuntura! Es necesario esperar, mi querido Renzo”.

Cuando apenas pudo manejarse por sí solo, fué en busca de Bartolo, el cual hasta entonces había podido librarse del contagio, y permanecía encerrado en su casa. Renzo no entró en ella, sino que llamando á su primo desde la calle, hizo que se asomara á la ventana.

—¡Ah! ¡ah! exclamó Bartolo; ¿te has librado? ¡Cuán feliz eres!

—Tengo todavía un poco de debilidad en las piernas, según ves; mas en cuanto al peligro, ya estoy fuera de él.

—¡Oh! ¡yo quisiera hallarme como tú! En otro tiempo, el pronunciar estas palabras, estoy bueno, parecía abarcarlo todo; pero ahora de nada sirve. Cuando se puede llegar á decir: estoy mejor; ¡he aquí á la verdad una bella palabra!