Habiendo Renzo felicitado á su primo por haber escapado hasta allí de la peste, y haciendo de esto buenos pronósticos, le comunicó la resolución que había tomado.

—Lo que es ahora, ve; que el cielo te bendiga, respondió Bartolo; procura esquivar la justicia del mismo modo que yo trataré de esquivar el contagio; y si Dios quiere que á los dos nos vaya bien, pronto volveremos á vernos.

—¡Oh! seguramente volveré; ¡y si pudiese no dar la vuelta solo! Basta, así lo espero.

—Vuelve pues acompañado, que si Dios quiere, aquí habrá trabajo para todos, y viviremos juntos en buena paz y armonía. Permita el cielo que me encuentres vivo y sano, y que haya cesado ese diablo de influencia[23].

—Volveremos á vernos, sí, estoy seguro de ello.

—Repito de nuevo, ¡que Dios lo quiera!

Durante algunos días Renzo se ocupó en hacer ejercicio, tanto para probar sus fuerzas, cuanto para aumentarlas, y apenas le pareció que se hallaba en estado de soportar las fatigas del viaje, se dispuso á emprender el camino. Ciñóse bajo de sus vestidos un cinto, dentro del cual puso los consabidos cincuenta escudos, á los que nunca había tocado ni hecho conversación con nadie, ni aun con su primo Bartolo; en seguida tomó algún dinerillo suelto que había ido ahorrando día par día, viviendo con la más estricta economía; colocó debajo del brazo un pequeño lío de ropa; metió en su cartera un certificado bajo el nombre de Antonio Rivolta que por precaución se había hecho dar por su segundo amo; puso en una de las faltriqueras de sus calzones un cuchillo, que era lo menos que un hombre honrado podía llevar en aquellos tiempos, y emprendió el viaje á últimos del mes de agosto, tres días después que D. Rodrigo había sido conducido al lazareto. Se encaminó hacia Lecco, porque quería antes de aventurarse á entrar en Milán, pasar por su pueblo, en el cual esperaba hallar á Inés viva, y empezar á saber de ella algo de lo que tanto deseaba.

El pequeño número de los que habían curado de la peste era verdaderamente una clase privilegiada en medio del resto de la población. Una gran parte de esta última estaba enferma ó expiraba, y los que hasta entonces habían sido respetados por el contagio, vivían en un continuo sobresalto. Andaban con precaución, con aire inquieto, con precipitación y perplejidad á la vez, porque todo podía volverse contra ellos, armas cuyas heridas fuesen mortales. Otros al contrario, seguros ya por haber pasado la enfermedad (pues el tener dos veces la peste era un caso más bien prodigioso que raro) discurrían impávidos por medio del contagio general con la mayor osadía y resolución, á la manera de los paladines de la edad media, cubiertos de hierro de pies á cabeza, y montados en fogosos corceles defendidos del mismo modo que sus dueños, daban vueltas por el mundo llevando una vida aventurera (de donde provino su gloriosa denominación de caballeros andantes) entre una infeliz multitud pedestre de aldeanos y gente pobre, los cuales para rechazar los golpes no tenían más defensa que sus vestidos. ¡Magnífica, sabia y útil profesión! ¡Profesión digna de figurar en primera línea en un tratado de economía política!

Con una tal seguridad, templada sin embargo por las inquietudes que el lector no ignora, como igualmente por el espectáculo frecuente y la idea incesante de la calamidad de todo un pueblo, Renzo se dirigía hacia su casita, en medio de un hermoso día y al través de un hermoso país; mas no encontraba después de haber andado largo trecho en medio de una inmensa y triste soledad, sino alguna que otra cosa errante, más bien que seres vivientes ó cadáveres conducidos á su última morada, sin los honores de las exequias, sin cantos fúnebres, sin el menor acompañamiento.

Al llegar el sol á la mitad de su carrera, el joven se detuvo en un bosquecillo con el objeto de comer un poco de pan y alguna otra friolera que traía consigo. Si quería fruta, tenía á su disposición toda cuanta quería, pues el país que atravesaba producía en abundancia higos, albérchigos, ciruelas y manzanas á montones; bastaba que entrase en los campos y alargase la mano para alcanzarla, ó que la recogiera debajo de los mismos árboles, en donde estaba amontonada; porque el año era extraordinariamente abundante de fruta con especialidad, y no había nadie que se tomase el cuidado de guardarla. Los grandes racimos de uvas escondían, por decirlo así, los pámpanos, y quedaban á merced de los viajeros.