Por último, al anochecer descubrió su pueblo. Á su vista, con todo de estar preparado, sintió latir su corazón; se vió asaltado en un momento por un tropel de penosos recuerdos y de presentimientos dolorosos; parecíale tener aún, en los oídos, aquellos siniestros tañidos de la campana que tocaba á rebato, que le habían, como si dijéramos acompañado, perseguido en su fuga fuera de su pueblo; y percibía, permítasenos la expresión, el prolongado silencio de la muerte que moraba en tan tristes lugares. Al desembocar en la plazuela de la iglesia, experimentó una turbación mucho mayor, esperando que sería peor al llegar al término de su viaje, porque había formado el proyecto de detenerse en aquella casita que tantas veces en otro tiempo solía llamar la casa de Lucía. Al presente, no podía ser más que de Inés, y la única gracia que imploraba al cielo, era encontrarla viva y sana. En dicha casa se proponía pedir un asilo, conjeturando perfectamente que la suya sólo serviría de madriguera á los ratones y comadrejas.

No queriendo que le viesen, se dirigió por un estrecho sendero que se hallaba en las afueras del pueblo, el mismo por el cual había entrado tan bien acompañado en aquella fatal noche de su fuga y sorpresa del cura. Á la mitad poco más ó menos del expresado sendero, se encontraba por un lado la viña y por el otro la casita de Renzo; por lo cual, al pasar, podía penetrar en ambas un momento, con el fin de ver en qué estado se hallaban sus negocios.

Mientras proseguía su marcha, miraba delante de sí, deseando y temiendo al propio tiempo el ver á alguno. En efecto, á los pocos pasos que hubo dado, divisó á un hombre en camisa, sentado en el suelo y apoyadas las espaldas contra un seto formado de jazmines, con el aire de un insensato: en esto, y además en la fisonomía, creyó reconocer á Gervasio, el pobre tonto que había ido como de segundo testigo á su malograda expedición; pero en seguida, acercándose más, vió que era aquel Tonio tan vivo que le había acompañado. La peste, arrebatándole el vigor del cuerpo á la vez que el del entendimiento, lo había desfigurado completamente, y dádole en todas sus facciones y ademanes una pequeña y oculta semejanza con su imbécil hermano.

—¡Oh, Tonio!, exclamó Renzo parándose delante de él; ¿eres tú?

Tonio alzó los ojos, sin hacer el más leve movimiento de cabeza.

—¡Tonio!, ¿no me conoces?

—Á quién le toca, á quién le toca, respondió Tonio, quedándose con la boca abierta.

—¿Ya la tienes encima, eh?, ¡pobre Tonio!; ¿pero no me conoces?

—Á quién le toca, á quién le toca, volvió á repetir éste, prorrumpiendo en una estúpida carcajada.

Viendo Renzo que nada podía sacar en limpio, continuó su camino mucho más contristado. Mas he aquí que de repente divisó por una de las revueltas del sendero que se iba acercando cierta cosa negra, en la cual reconoció en seguida á D. Abundio. Éste caminaba á pasos lentos, apoyándose sobre un bastón, como aquel á quien cuesta gran trabajo andar: á medida que se iba aproximando, se podía fácilmente conocer por su rostro pálido y demacrado, como también en todo su aspecto, que debía haber pasado igualmente la borrasca. D. Abundio miraba con la mayor atención; le parecía y no le parecía Renzo; veía algo de extraño en su vestido, pues era justamente el de los habitantes de Bérgamo.