“¡No hay duda; es él!”, dijo para sí; y alzó las manos al cielo con un movimiento de admiración descontenta, quedando suspendido en el aire el bastón que empuñaba su diestra, viéndose bailar dentro de las mangas sus pobres brazos, que en otro tiempo estaban tan oprimidos. Renzo, acelerando el paso, le fué al encuentro y le saludó cortésmente; pues aunque entrambos había mediado lo que ya sabemos, era siempre, con todo, su párroco.

—¡Vos aquí!, exclamó D. Abundio.

—Ciertamente, ya lo veis. ¿Se sabe algo de Lucía?

—¿Qué queréis que se sepa? Nada absolutamente. Si vive, debe hallarse en Milán; pero vos...

—¿E Inés, ha sobrevivido?

—Puede ser; mas, ¿quién queréis que lo sepa? Aquí no está; pero vos...

—¿Pues en dónde se halla?

—Se ha retirado á la Valsassina, al lado de sus parientes, los cuales dicen que la peste no hace tantos estragos como aquí; ¿comprendéis? Pero vos, vuelvo á repetir...

—Esto me contraría mucho. ¿Y el padre Cristóbal?...

—Hace ya algún tiempo que marchó. Mas...