—Lo sé; me lo han escrito; sólo preguntaba si por casualidad había vuelto por aquí.

—¡Ah!, nada de eso; no se ha oído hablar más de él; pero...

—Esto también me disgusta.

—Pero vos, repito, ¿qué venís á hacer aquí? ¡Por el amor del cielo! ¿Ignoráis, por ventura, la orden de prisión?...

—¿Qué me importa? Ahora tienen otras cosas en qué pensar. He querido venir á ver por mí mismo mis negocios; y no se sabe justamente...

—¿Qué queréis ver? Al presente no hay aquí nadie, ni nada; y como iba diciendo, con la consabida orden de prisión, venir al pueblo, justamente á ponerse dentro de la boca del lobo; ¿es esto tener juicio? Atended á las reflexiones de un anciano que posee más experiencia que vos, y que os habla por el afecto que os profesa: abandonad el campo, y antes de que nadie os vea volved adonde estabais; y si por desgracia os han visto, marchad cuanto antes con mucho más motivo. ¿Os parece que pueden conveniros los aires que aquí se respiran? ¿No sabéis que han venido á buscaros, que lo han revuelto todo de arriba abajo por dar con vos?...

—¡Bribones!, ¡demasiado lo sé!

—Pues entonces...

—Os digo que no se piensa en semejante cosa. ¿Y él, vive todavía?, ¿permanece aquí?

—Repito que no hay nadie; repito que no penséis en las cosas de aquí; repito que...