—Lo que pregunto es si él está aquí.
—¡Oh, Dios mío! Hablad de otra cosa: es posible que estéis todavía tan fogoso, después de tantas aventuras!
—¿Se halla aquí ó no?
—No, vamos. Pero, ¡la peste, hijo mío, la peste! ¿Quién es el que se atreve á andar en estos tiempos?
—Si no hubiese más que la peste en el mundo... lo digo por mí; la he tenido, y ya nada temo.
—¡Pues entonces!, ¿acaso no es esto un aviso del cielo? Cuando uno ha escapado de un peligro de semejante especie, me parece que deberían tributarse gracias á Dios, y...
—Yo le doy gracias con todo mi corazón.
—Pues creedme, no vayáis á buscarla otra vez; escuchad mis consejos...
—Señor cura, si no me engaño, vos también la habéis tenido.
—¡Sí, la he tenido!, terrible, espantosa; vivo de milagro; basta decir que me ha dejado de la manera que veis. Al presente necesito un poco de tranquilidad para reponerme; empezaba á sentirme ya mejor... ¡En nombre!... ¿qué venís á hacer aquí? Volveos.