—Siempre con lo mismo: volverme; para esto hubiera valido más no haberme movido de donde estaba. Decís: ¿á qué habéis venido?, ¿á qué habéis venido?, y yo os respondo: vengo á mi casa.
—¡Á vuestra casa!...
—Decidme: ¿ha habido muchos muertos aquí?
—¡Ah, ah!, exclamó D. Abundio; y empezando por Perpetua, hizo una larga enumeración de personas y familias enteras. Renzo esperaba ya una cosa parecida; pero al oir tantos nombres de personas conocidas, de amigos, de parientes, se hallaba sobrecogido del más intenso dolor, y con la cabeza baja exclamaba de cuando en cuando: “¡Pobrecito! ¡pobrecita! ¡pobrecitos!”
—Ya lo veis, prosiguió D. Abundio; y todavía no se ha concluido. Si los que quedan no tienen un poco de juicio, y no calman la exaltación de sus cerebros, esto va á ser el fin del mundo.
—En efecto, yo no pienso en detenerme aquí un momento más.
—¡Ah! ¡Dios sea loado! ¡por fin habéis entrado ya en razón! ¡Supongo pues que volveréis al territorio de Bérgamo!
—Esto poco os importa.
—¡Cómo! ¿querríais acaso hacerme una jugarreta peor que la pasada?
—Repito que poco os importa lo que pienso hacer; esto me pertenece exclusivamente: ya no soy un niño; por consiguiente, tengo suficiente juicio para obrar según me convenga. Espero además que no diréis á nadie que me habéis visto. Sois sacerdote; yo uno de vuestras ovejas; por lo tanto confío en que no me querréis hacer traición.