—Comprendo, dijo D. Abundio suspirando con ademán colérico,—comprendo: queréis perderos y perderme; ¿no os basta lo que habéis sufrido, y yo también? ¡Comprendo, comprendo! Dichas las anteriores palabras, D. Abundio siguió refunfuñando entre dientes y continuó su camino.
Renzo permaneció triste y descontento, pensando en dónde podría encontrar un asilo; en aquella fatal enumeración de muertes que le había hecho D. Abundio, se hallaba una familia arrebatada por la epidemia, á excepción de un joven, poco más ó menos de la edad de Renzo, y compañero suyo desde la infancia. La casa en donde habitaba estaba situada á poca distancia del pueblo, por lo cual pensó encaminarse á ella con el fin de pedir hospitalidad.
Habiéndose puesto en marcha, llegó cerca de su viña, y antes de entrar pudo juzgar acerca de su deplorable estado. Los árboles, el verdor que había dejado, no sobresalían de la cerca; si algo se veía eran cosas poco gratas, sobrevenidas durante su ausencia. Se presentó á la abertura de la expresada cerca (pues de puerta ni aun señales había), y lanzó una ojeada á todo alrededor. ¡Pobre viña! Por espacio de dos inviernos consecutivos, las gentes del pueblo habían ido á cortar leña, á la propiedad del infeliz muchacho, como ellos decían. Las cepas, las moreras, los árboles frutales de todas clases, veíanse arrancados ó pisoteados. Distinguíanse también algunos vestigios del antiguo cultivo: tiernas ramas, jóvenes retoños de higueras, albérchigos y ciruelos, se veían esparcidos por todas partes, y mezclados al través de una espesa y nueva verdura que no debía su nacimiento á la mano del hombre; la ortiga, el helecho, la cizaña, la grama, la bellesca, el amaranto, la achicoria y acederas crecían entre otra innumerable porción de plantas semejantes, á las cuales la gente del campo de cada país forma una clase á su modo, y les da la nominación de malas yerbas. Troncos de diversas magnitudes se empujaban y trataban de adelantarse unos á otros, apretándose en la tierra, y disputándose por último un sitio por doquier. Aquello era una vasta y confusa mezcla de hojas, de flores, de frutos de mil colores, de mil formas y tamaños; racimos de uvas, mazorcas de maíz, espiguillas y florecitas blancas, encarnadas, amarillas y azules. Algunas plantas más vistosas, más aparentes, pero que no valían mucho más, se destacaban del fondo de todas aquellas vulgares; en primer lugar, distinguíase la zarzamora con sus largas ramas de color rojo, con sus pomposas hojas de un verde oscuro, algunas de ellas matizadas en sus extremidades de un color de púrpura, con sus pequeños racimos sumamente agrupados, sostenidos por el pie con una especie de ramitas violadas, luego verdes, y en la punta guarnecidas de flores blanquizcas; en segundo lugar, el tejo tan común, con sus grandes hojas lanudas y colgantes, dirigida su cima al cielo, y sus largas espigas esparcidas y formando estrellas de flores de un amarillo brillante; multitud de cardos con sus erizadas púas, hojas, cálices de donde salían mazorcas de blancas y purpúreas flores, las cuales se deshacían azotadas por la suave brisa que se las llevaba á manera de plateadas y ligeras plumas. Aquí una prolongada guirnalda de alboholes, entrelazada á los nuevos retoños de un moral, los había con sus ondulantes hojas, meciéndose en graciosos festones sobre su copa, y ostentando sus blancas y sedosas campanillas: allá un cítiso con sus encarnadas bayas se había unido á las nuevas cepas de una viña, la cual después de haber buscado inútilmente un apoyo más sólido, había enlazado á su vez sus vides á aquél, y mezclando sus débiles extremidades se arrastraban uno en pos de otro, á semejanza de los que se sienten sin fuerzas y se apoyan mutuamente. Todo se veía cubierto de hiedra, la cual discurría de una planta á otra, trepaba, volvía á deshacer lo andado, replegaba sus ramas ó las extendía, según los obstáculos ó apoyos que encontraba, y habiendo atravesado el mismo dintel de la puerta, parecía que se había colocado en dicho sitio para disputar la entrada aun al propio dueño.
Mas éste ni siquiera pensó entrar en semejante viña, y acaso no estuvo tanto tiempo mirándola, como nosotros hemos tardado en describirla. Separó su vista de tan doloroso espectáculo: su casa, estaba á muy poca distancia; atravesó el huerto, hundiéndose hasta la rodilla en la yerba, de la cual se veía cubierto del mismo modo que la viña. Puso el pie en el pavimento de una de las habitaciones que eran bajas: al ruido de sus pisadas, á su sola aproximación, multitud de enormes ratas espantadas huyeron en desorden y corrieron á esconderse en un inmenso montón de inmundicias que cubría todo el suelo: aquello era todavía el lecho de los lasquenetes. Echó una ojeada á las paredes; viólas descascaradas, sucias, ahumadas: alzó los ojos al techo: largas tramas de telarañas colgaban por todas partes. Esto era lo único que allí había. Separóse también de aquel lugar de desolación, con las manos puestas en la cabeza; volvió atrás repasando el sendero que él mismo había hecho momentos antes; á pocos pasos tomó un pequeño camino hacia la izquierda, que se dirigía al campo; y sin ver ni oir á alma viviente, llegó cerca de la casita, en donde había resuelto pedir un asilo. La noche comenzaba á cubrir la tierra con su lúgubre y negro manto. El amigo de que ya hemos hablado, estaba sentado en el umbral de la puerta, en un banco de madera con los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos fijos y levantados al cielo, como un hombre abrumado por las desgracias é irritado por la soledad. Al oir ruido de pasos, vuelve la cabeza, con el fin de ver quién se acercaba; y como la oscuridad y el follaje no le permitían distinguir bien los objetos, exclamó en alta voz, poniéndose en pie y alzando ambas manos: “¿No se encuentra, por ventura, otro más á propósito que yo? ¿Acaso no he hecho ayer bastante? Dejadme descansar un poco; esto será también una obra de misericordia”.
Renzo, ignorando lo que dichas palabras querían significar, le respondió llamándole por su nombre.
—¡Renzo!... dijo aquél prorrumpiendo en una exclamación y preguntando á la vez.
—El mismo, contestó Renzo; y corrieron el uno al encuentro del otro.
—¿Conque eres tú?, dijo el amigo cuando estuvieron cerca: ¡Oh, qué placer experimento al verte! ¡Quién se lo había de imaginar! Al principio te había tomado por Paulin el sepulturero, que viene siempre á atormentarme para que vaya á ayudarle á enterrar. ¿Sabes que he quedado solo? ¡Solo, solo como un ermitaño!
—Demasiado lo sé, dijo Renzo; y estrechamente abrazados, cambiando y mezclando sin orden ni concierto preguntas y respuestas, entraron juntos en la casita. Una vez dentro, sin interrumpir su conversación, el amigo trató de hacer los honores á Renzo, según lo permitían las circunstancias y la perentoriedad del tiempo. Puso agua á calentar, y empezó á hacer la polenta; mas en seguida pasó á manos de Renzo la caldereta para que meneara su contenido, y se fué diciendo: “¡He quedado solo, absolutamente solo!”.
Al breve rato volvió con una pequeña vasija llena de leche, un poco de carne salada y algunas frutas secas. Habiéndolo colocado todo en la mesa, como igualmente habiendo vaciado la polenta en una especie de cazuela, se sentaron, dándose gracias mutuamente, el uno por la visita, y el otro por una acogida tan benévola y amistosa; y después de una ausencia de cerca de dos años, se encontraban de repente más amigos de lo que jamás habían sido cuando se veían casi todos los días.