Ciertamente, nadie podía ocupar en el corazón de Renzo el lugar de Inés ni consolarlo de aquella ausencia, no sólo á causa del antiguo y particular afecto que ella le tenía, sino porque también entre las cosas que ansiaba descifrar, había una de la cual únicamente la misma Inés tenía la clave. Permaneció un momento indeciso pensando si continuaría su viaje ó se dirigiría en busca de Inés, ya que se hallaba cerca; pero considerando que ésta nada sabría tocante á la salud de Lucía, adoptó su primera idea de ir directamente á salir de dudas, oir el fallo de su misma boca, y en seguida llevar las noticias adquiridas á la madre. Sin embargo, por su amigo supo muchas cosas que ignoraba; aclaró otras de las que estaba poco enterado, como por ejemplo, sobre las aventuras de Lucía, persecuciones que había sufrido, y cómo D. Rodrigo se había marchado, como suele decirse, con el rabo entre piernas, no habiendo vuelto á aparecer más. Supo también (y esto no era cosa de poca importancia para Renzo) pronunciar perfectamente el nombre de D. Ferrante: es verdad que Inés se lo había participado por medio de su secretario; pero sólo el cielo sabe cómo se lo escribió; y el intérprete de Bérgamo, al leer la carta le había dado un sentido tal, que si hubiera ido con semejante explicación á Milán en busca de la casa, probablemente no habría encontrado á nadie que pudiese adivinar lo que quería decir; y con todo, éste era el único hilo que poseía, y que le pudiese guiar para ir al encuentro de Lucía. Tocante á la justicia, pudo confirmarse más y más en la idea de que el peligro estaba muy lejano, para que le inspirase cuidado alguno: el señor podestá había muerto de la peste; ¡quién sabe cuándo lo reemplazarían! Los esbirros se habían marchado casi todos, y los que quedaban tenían otras cosas en que pensar que en asuntos antiguos.
Él contó á su vez sus aventuras, oyendo en cambio de boca de su amigo cien anécdotas acerca del paso del ejército invasor, de la peste, de los envenenadores y de los demás prodigios. “Son cosas espantosas”, dijo el amigo á Renzo, acompañándole á una pequeña estancia que la epidemia había dejado desocupada; “cosas que jamás hubiera creído ver, capaces de quitarle á uno la alegría para siempre; mas sin embargo, esto de encontrarse con amigos, y poder tener con ellos un rato de conversación, es un gran consuelo”.
Al amanecer estaban ya ambos levantados: Renzo dispuesto á ponerse en marcha, con su cinto oculto debajo de la ropilla, y el cuchillo en la faltriquera de los calzones, para andar más desembarazado, dejó en depósito á su amigo el pequeño fardo que traía. “Si me va bien, le dijo, si la encuentro viva, si... vamos, yo volveré; correré á Pasturo á participar tan feliz noticia á la pobre Inés, y luego, y luego... Pero si por desgracia, si por una fatalidad que Dios no permita... entonces, no sé lo que haré, ni adónde iré; lo que puedo decir es, que por este lado no me veréis nunca más”. Y así hablando de pie en el umbral de la puerta, con la cabeza levantada, contemplaba con una mezcla de ternura y pesadumbre la primera luz del día que alumbraba el lugar de su nacimiento, que tanto tiempo hacía que no había visto. Su amigo le animó, diciéndole, según se acostumbra, que todo saldría á medida de su deseo; quiso que llevase algunas provisiones para el camino, acompañándole largo trecho y deseándole un feliz viaje.
Renzo continuó su marcha con tranquilidad y sin acelerarse, porque le bastaba llegar aquel día cerca de Milán, para entrar al siguiente muy temprano y empezar al instante sus pesquisas. Ningún accidente ocurrió en su viaje, nada aconteció que distrajera á Renzo de sus pensamientos, á no ser las miserias y aflicciones acostumbradas en aquellas penosas circunstancias. Según había hecho el día anterior, se detuvo á su tiempo en un bosquecillo, con el objeto de tomar un bocado y descansar un poco. Al pasar por Monza, delante de una tienda abierta en donde había panes de muestra, pidió dos para no quedar desprovisto por lo que pudiese ocurrir. El tendero le previno que no entrase, y le alargó en una pequeña pala una cazuelita llena de agua y vinagre, diciéndole que arrojase en ella el dinero; verificado esto, hizo pasar á sus manos, por medio de una especie de tenazas, los dos panes, que Renzo metió uno en cada faltriquera.
Á la caída de la tarde llegó á Greco, ignorando, sin embargo, el nombre; pero con el pequeño recuerdo que conservaba de los lugares por donde había pasado anteriormente, y calculando el camino hecho después por Monza, sacó en consecuencia que debía estar cerca de la ciudad. Abandonó el camino real, dirigiéndose á través de los campos en busca de alguna choza en donde pasar la noche, pues no quería meterse en ninguna posada. Encontró más de lo que buscaba; divisó una abertura en medio de una cerca que rodeaba el corral de una lechería, por la cual se introdujo atrevidamente. No había nadie: vió en un lado un gran vestíbulo ó soportal con el suelo cubierto enteramente de heno, y apoyada en el expresado soportal una escalera de mano. Dió una ojeada á todo alrededor, y en seguida subió á la aventura; acomodóse allí, con el fin de pasar la noche, y se durmió al instante para no despertar hasta el amanecer. Cuando se levantó, se arrastró á tientas hacia la extremidad de aquel gran lecho, sacó afuera la cabeza; y no viendo tampoco á nadie, bajó por donde había subido, salió por donde había entrado, y encaminándose por los senderos, tomó el edificio de la catedral por su estrella polar. Después de una corta travesía, vino á desembocar bajo las murallas de Milán, entre la puerta Oriental y la puerta Nueva, encontrándose muy cerca de esta última.
NOTAS:
[22] Especie de vino blanco, que es exquisito, y al cual dan en Italia este nombre.—Nota del T. E.
[23] Habiendo llegado en la época de que hace referencia el autor, á ser la astrología una ciencia en la cual se creía hasta el extremo de rayar en fanatismo, atribuyendo todos los sucesos que tenían lugar, por insignificantes que fuesen, á la influencia de los astros, la generalidad achacaba la peste que asoló en aquel tiempo á la mayor parte de Europa, á la citada causa.—Nota del T. E.
CAPÍTULO DECIMOSEXTO
Tocante al modo de penetrar en la ciudad, Renzo había oído decir, así de una manera vaga, que existían órdenes muy severas para no dejar entrar á nadie sin boleta de sanidad; pero que sin embargo, cualquiera que tuviese un poco de destreza y supiese aprovechar los momentos favorables, le era fácil introducirse. En efecto, nada era más cierto: dejando á un lado las causas generales por las cuales en aquella época se cumplían muy mal las órdenes, dejando también aparte las particulares que hacían tan difícil su rigurosa ejecución, Milán se encontraba en aquel entonces en el estado de no ver cómo y por qué sería útil el guardarla: por el contrario, cualquiera que tratase de penetrar, podía parecer más bien que miraba con indiferencia su propia vida, que peligroso á sus habitantes.