Con semejantes noticias, el designio de Renzo era el intentar introducirse por la primera puerta que se le presentase; si había algún entorpecimiento, dar por la parte exterior la vuelta á las murallas, hasta que encontrase una de más fácil acceso. ¡Dios sabe cuántas puertas creía que debía tener Milán!

Habiendo llegado, pues, delante de las murallas, se paró un rato á mirar en torno de sí, como hace el que, no sabiendo qué determinación tomar que sea más conveniente, parece aguardar que sobrevenga algún indicio ó algún suceso que le saque del atolladero. Pero él no descubría á derecha é izquierda más que dos pedazos de una calle tortuosa; al frente las citadas murallas, por lado alguno la más leve señal de seres vivientes, exceptuándose cierto punto del terraplén, en el cual se elevaba una espesa columna de humo oscuro y denso, que remontándose se ensanchaba y extendía en vastos torbellinos, desvaneciéndose luego en el espacio, inmóvil y negruzco. Eran las ropas, las camas y demás muebles infestados que se entregaban á las llamas, no apareciendo las señales de tan tristes hogueras en un solo punto, sino en varios.

El tiempo estaba encapotado, el aire pesado, el cielo velado por todas partes de una vasta neblina igual, inerte, que parecía rehusar el sol, sin prometer la lluvia; la campiña de los alrededores, parte inculta y enteramente árida, toda ella despojada de verdor, y ni siquiera se veía una sola gota de rocío sobre las hojas secas y marchitas. Aquella soledad, aquel fúnebre silencio, tan próximo á una gran ciudad, añadían una nueva consternación á la inquietud de Renzo, contribuyendo á hacer más tétricos todos sus pensamientos.

Permaneció parado por espacio de un buen rato, luego se encaminó á la derecha, á la casualidad, andando sin saberlo hacia la puerta Nueva, la cual no había podido divisar, aunque estaba muy cerca á causa de un baluarte que la ocultaba en aquel momento. Á los pocos pasos empezó á oir un campaneo, que cesaba y volvía á comenzar de nuevo por intervalos, y después muchas voces humanas. Sigue adelante, da la vuelta al ángulo del baluarte, y lo primero que descubre al frente de la puerta es una garita de madera, y delante de ella un centinela apoyado en su mosquete, con aire aburrido é indolente. Detrás había una estacada, y en el fondo se hallaba situada la puerta, es decir, dos lienzos de muralla con una techumbre encima, para afianzar las hojas que estaban abiertas, así como la puerta de la estacada. Mas justamente delante de la misma abertura había un triste obstáculo, á saber: unas angarillas colocadas en el suelo, sobre las cuales dos monatti tendían á un desgraciado para llevárselo; era el jefe de los carabineros que acababa de ser atacado de la peste. Renzo se paró aguardando el fin. Habiendo marchado el convoy, y no viniendo nadie á cerrar el portillo, le pareció la ocasión oportuna, y se encaminó á él apresuradamente, mas el centinela le gritó bruscamente: “¡Hola!” Renzo se detuvo de nuevo repentinamente, le hizo una señal de inteligencia, sacó un medio ducado y se lo mostró. El centinela, ya sea que hubiese tenido la peste, ya que la temiese menos de lo que amaba los medios ducados, indicó á Renzo que se lo echase; y habiéndolo visto volar en seguida á sus pies, le dijo en voz baja: “Entra pronto”. Renzo no dejó que se lo repitiera, pasó la estacada, la puerta, siguió adelante sin que nadie reparase en él, ni le detuviese; únicamente, cuando hubo andado cerca de unos cuarenta pasos oyó otro “¡Hola!” que un guarda ó carabinero le dirigía por la espalda. Esta vez hizo como que no lo oía, y en vez de volverse, dobló el paso. “¡Hola!” gritó de nuevo el carabinero con una voz que indicaba más bien impaciencia que resolución de hacerse obedecer; no siéndolo, se encogió de hombros, y volvió á su casilla, como una persona á quien importaba más el no acercarse demasiado á los pasajeros, que de informarse de sus acciones.

La calle que Renzo había tomado conducía entonces, lo mismo que ahora, directamente hasta el canal llamado el Naviglio: en los costados había cercas ó tapias de jardines, iglesias, conventos y pocas casas. En lo alto de dicha calle, y en medio de la que costea el canal, había una columna, con una cruz, llamada la cruz de S. Eusebio. Por más que Renzo miraba hacia adelante, no veía otra cosa que la dichosa cruz. Habiendo llegado á la encrucijada que divide la calle cerca de la mitad, miró por ambos lados, y vió en el callejón llamado de santa Teresa á un hombre que se dirigía justamente hacia él. “¡Por fin, he aquí un cristiano!” se dijo, y se encaminó prontamente en aquella dirección, pensando hacerse enseñar el camino por él. Éste, sin embargo, había visto al forastero que se acercaba, y lo miraba fijamente de lejos, tanto más alarmado cuanto que observó que en vez de ir á sus negocios le salía al encuentro. Cuando Renzo estuvo á poca distancia, se quitó el sombrero con la mayor cortesía, y pasándoselo á la mano izquierda, llevó la derecha al pelo como para arreglarlo, y se fué directamente hacia el desconocido, pero éste con los ojos fuera de sus órbitas dió un paso atrás, alzó un nudoso bastón armado de una punta de hierro, y dirigiéndolo contra Renzo, gritó: “¡Atrás, atrás, paso!”

—¡Oh, oh! exclamó á su vez nuestro joven; luego se puso el sombrero, y no deseando, según después refería esta aventura, meterse en aquel instante en cuestiones, volvió la espalda al extravagante, y continuó su camino, ó por mejor decir, siguió adelante por la calle en que se encontraba.

El otro individuo se lanzó con precipitación por aquella en la cual se hallaba sumamente aterrorizado, y volviendo hacia atrás á cada instante la cabeza. Cuando llegó á su casa, contó que un envenenador se le había aproximado con maneras humildes y corteses, pero con un aire de infame impostor, llevando dentro de su sombrero la redomita del unto ó la caja de los polvos (no pudiendo decir con certeza cuál de las dos cosas era), con el fin de contagiarlo, si no hubiese tenido carácter para saberlo tener á una distancia respetuosa. “Si hubiese dado un paso más, añadió, le habría ensartado, antes de que el malvado hubiera tenido tiempo de intentar nada. La desgracia era que nos hallábamos en un paraje muy solitario, pues si hubiese sido en el centro de la ciudad, habría llamado gente para que me ayudasen á cogerlo. Seguramente se le hubiera encontrado aquella maldita droga en el sombrero. Pero allí solos los dos, he debido contentarme con meterle miedo, sin aventurarme á buscar una desgracia, porque un poco de polvo pronto está echado, ellos tienen una destreza particular, y además el diablo les ayuda. Al presente dará vueltas por Milán: ¡quién sabe los daños que causará!” Tanto tiempo como vivió, que fueron muchos años, cada vez que se hablaba de envenenadores, repetía su aventura, y añadía: “Los que todavía sostienen que esto no ha sido cierto, que no me lo vengan á decir, porque para hablar de ciertas cosas es preciso haberlas visto”.

Renzo, lejos de sospechar el peligro del cual había escapado, y agitado más bien por la cólera que por el miedo, pensaba mientras seguía andando en aquella acogida, adivinando perfectamente la opinión que el desconocido había formado de él; pero la cosa le pareció tan fuera de sentido común, que sacó por último en consecuencia que aquel hombre debía de estar medio loco. “Esto empieza mal, pensaba entre sí. Parece que en esta ciudad me persigue una mala estrella. Para entrar todo va bien; y después cuando estoy dentro, los disgustos me abruman. Vamos... con el auxilio de Dios... si encuentro... si consigo encontrar... ¡Bah! todo ello no habrá sido nada”.

Al llegar al puente, volvió sin vacilar á la izquierda, hacia la calle de S. Marcos, pareciéndole según su cálculo que debía conducirle al interior de la ciudad. Y avanzando siempre, miraba á todas partes para ver si podía descubrir algún ser viviente; mas no vió otra cosa que un cadáver espantoso y desfigurado arrojado en una zanja que existe entre algunas pocas casas (que en aquel tiempo eran todavía menos). Habiendo pasado aquel trecho de calle, oyó exclamar: “¡Oh buen joven!” y mirando hacia el lado de donde venía la voz, vió á cierta distancia en un balcón de una casita aislada á una infeliz mujer rodeada de una caterva de criaturas, la cual continuaba llamándole, y le hacía señas con la mano de que se acercase. Renzo corrió hacia la citada casa, y cuando estuvo próximo “¡oh, buen joven!” repitió la mujer, “por las almas de los vuestros que hayan muerto, hacedme la caridad de ir á avisar al comisario, que estamos aquí olvidados; nos han encerrado en casa como sospechosos, porque mi pobre marido ha muerto; también han clavado la puerta, según podéis ver, y desde ayer mañana nadie ha venido á traernos de comer. Después de tantas horas como hemos pasado en esta situación, no ha habido una buena alma que nos haga esta caridad, y estas inocentes criaturas se mueren de hambre”.

—¡De hambre! exclamó Renzo; y metiendo las manos en las faltriqueras, “he aquí, he aquí, dijo, sacando los dos panes: bajad alguna cosa para meterlos dentro”.