—¡Dios os lo pague! Aguardad un momento, respondió la mujer; y en seguida fué á buscar una cestita y una cuerda para atarla.

Mientras tanto Renzo se acordó de aquellos panes que había encontrado cerca de la cruz en su anterior entrada en Milán. “Vamos, esto es una restitución, pensaba, y acaso todavía mejor que si se los hubiese restituido á su propio dueño; porque verdaderamente, es una obra de misericordia”.

—Por lo que hace al comisario que decís, mi buena señora, prosiguió, poniendo los panes en la cesta, yo no puedo serviros, porque á decir verdad, soy forastero, y no tengo ninguna especie de conocimientos en esta ciudad; sin embargo, si encuentro alguna persona un poco tratable y humana á quien se lo pueda decir, lo haré.

La mujer le suplicó que así lo hiciera, diciéndole el nombre de la calle, para que de este modo supiese dar las señas de la casa.

—Creo que vos podríais dispensarme también un favor, una verdadera caridad, sin que os costase ningún trabajo, repuso Renzo. ¿Os sería posible indicarme en dónde se halla el palacio de unos grandes señores, de aquí, de Milán, el palacio de ***?

—Sé que hay en la ciudad una casa de este nombre, mas en dónde se halla situada fijamente, lo ignoro. Siguiendo por esta calle adelante, encontraréis alguno que os lo enseñe. Sobre todo, acordaos de hablarle de nosotros.

—No lo dudéis, replicó Renzo; después de lo cual prosiguió su camino.

Á cada paso sentía crecer y aproximarse un rumor que ya había empezado á oir mientras estaba entretenido hablando; un ruido de ruedas y de caballos, acompañado del dilín dilín de campanillas, y de vez en cuando, chasquidos de látigo y prolongados gritos. Todo se le volvía mirar; pero nada veía. Habiendo llegado al extremo de la tortuosa calle que seguía, y desembocando en la plaza de S. Marcos, el primer objeto que hirió su vista fueron dos maderos rectos, clavados en el suelo con una cuerda y sus correspondientes poleas. No tardó en reconocer (era cosa muy familiar en aquella época) el horrible instrumento del suplicio. Veíase levantado en aquel lugar, y no sólo en él, sino en todas las plazas y calles más espaciosas, á fin de que los diputados de cada barrio revestidos de las facultades más omnímodas y arbitrarias, pudiesen hacer aplicar inmediatamente la pena á cualquiera que les pareciese merecerla; ó á los relegados en sus casas que salieran de ellas, ó á los empleados subalternos que no cumpliesen con su deber, y por último fuese quien fuese. Era uno de aquellos remedios extremos é ineficaces, los cuales se prodigaban en aquellos tiempos y circunstancias con tanto exceso.

Mientras que Renzo contemplaba la fatal máquina, tratando de adivinar la causa por qué se había levantado en aquel paraje, sintió que se aproximaba más y más el rumor, y vió aparecer por la esquina de una iglesia, á un hombre que agitaba una campanilla: era un apparitori, y detrás de él dos caballos que alargando el cuello, y tropezando á cada paso, avanzaban trabajosamente arrastrando un carro atestado de muertos, después del cual seguía otro y otros, como igualmente los monatti, al lado de dichos caballos, acosándolos á latigazos, golpes y juramentos. La mayor parte de los cadáveres iban desnudos, otros mal envueltos en lienzos hechos jirones por todas partes, reunidos y hacinados unos sobre otros, del mismo modo que un montón de culebras que se desplegan lentamente á los primeros calores de la primavera. Á cada vaivén, á cada choque, veíanse aquellas funestas masas temblar y crujir horriblemente, colgar cabezas, ondular cabelleras femeniles, desprenderse brazos y dar contra las ruedas, mostrando á la vista ya horrorizada, cómo un espectáculo semejante podía llegar á ser más terrible y espantoso todavía.

El joven se había parado en una esquina de la plaza cerca de la barrera del canal, y entretanto rogaba por aquellos muertos, á quienes no había conocido en vida. De repente una lúgubre y atroz idea vino á helarle de espanto: “¡Acaso allí mezclada con aquellos cadáveres, arrojada debajo de ellos!... ¡Dios mío! ¡permitid que esto no suceda! ¡Haced que ni aun yo tenga tales pensamientos!”.