Habiendo pasado el fúnebre convoy, Renzo volvió á ponerse en marcha, siguiendo la orilla izquierda del canal, sin otro motivo para tomar la expresada dirección, más que el haber visto que la comitiva se había ido por otro lado. Después de haber andado unos cuantos pasos entre la iglesia y el canal, divisó á la derecha el puente Marcelino, y dirigiéndose á dicho punto, llegó por último al Borgo-Nuovo. Mirando siempre á todas partes, con el objeto de hallar alguno á quien preguntar, distinguió á un sacerdote apoyado en un bastón, parado junto á una puerta entreabierta, con la cabeza inclinada y el oído puesto en la abertura; viendo poco después que alzaba la mano y echaba la bendición, pensó, con razón, que acababa de confesar á alguno, y dijo para sí: “Éste es el hombre que me conviene. Si un sacerdote, en sus funciones de tal, no tiene un poco de caridad, de amor y benevolencia, es preciso creer que en el mundo no hay nada de esto”.
Entretanto el eclesiástico, después de haber abandonado la puerta, se dirigía hacia el lado por donde iba Renzo y andaba con la mayor precaución por el medio de la calle. Cuando Renzo estuvo cerca de él, se quitó el sombrero, haciéndole señas de que deseaba hablarle, parándose al mismo tiempo, procurando darle á entender que no quería arrimársele indiscretamente. Aquél se detuvo en ademán de escucharle, pero colocando, sin embargo, en el suelo, delante de sí, el bastón, como para que le sirviese de antemural en caso necesario. Renzo hizo su pregunta, á la cual el sacerdote no sólo satisfizo cumplidamente diciéndole el nombre de la calle donde estaba situada la casa, sino también trazándole su itinerario, porque vió que el pobre joven tenía necesidad de él; indicándole á fuerza de repetirle muchas veces la palabra de: “Tomad á la derecha, luego á la izquierda, seguid tales encrucijadas é iglesias”, las seis ú ocho calles que tenía que recorrer para llegar al término de su viaje.
—Dios os dé salud en estos tiempos y siempre, dijo Renzo; y mientras el eclesiástico se disponía á partir, añadió: “Tengo que pediros otro favor”, y en seguida le habló de aquella infeliz mujer olvidada. El digno sacerdote le dió las gracias por haberle dado ocasión de hacer una obra meritoria tan urgente, y continuó su camino diciendo que iba á avisarlo á quien correspondía. Renzo, después de haberle saludado respetuosamente, se puso también en marcha: en el ínterin que iba andando, trataba de hacerse una repetición del itinerario, para no tener necesidad de preguntar á cada paso. Mas no puede imaginarse cuán penosa le fué dicha operación, no tanto por la dificultad de lo que la cosa era en sí, sino por una nueva turbación que había nacido en su espíritu. El nombre de la calle, la misma indicación del camino, habían redoblado sus alarmas. Él había deseado saberlo, lo había preguntado; sin esto nada podía hacer; al propio tiempo no averiguó cosa alguna que pudiese hacerle presagiar ninguna desgracia: ¡pero qué!, la idea más distinta de una solución próxima en que iba á salir de una gran duda, en que podría oir decir: “Ella vive todavía”, ó al contrario: “Ella ha muerto”; esta idea se presentó á su espíritu tan clara y terrible, que en aquel momento hubiera querido mejor encontrarse en su primitiva oscuridad y estar al principio del viaje, á cuyo término tocaba ya. Sin embargo, reunió todo su valor y se dijo: “¡Vamos, si ahora empiezo á hacerme el niño, cómo he de salir bien!”. De este modo, reanimado todo lo posible, continuó su camino internándose en la ciudad. ¡Qué ciudad! ¡Cómo era posible reconocerla, comparándola del modo que estaba el año anterior con motivo del hambre!
Renzo se encontraba justamente en uno de los sitios más asolados, en la encrucijada de calles que llamaban el Carrobio di Porta Nuova. (En aquel tiempo había una cruz en el centro, y frente á la misma, en donde está situado ahora S. Francisco de Paula, se hallaba una antigua iglesia llamada santa Anastasia.) Tantos estragos había causado el contagio en aquellos alrededores, y tan grande era el hedor que despedían los cadáveres allí abandonados, que las pocas personas que habían quedado vivas se vieron obligadas á huir: así que, á la tristura que infundía al que pasaba aquel aspecto de soledad y abandono, añadíase el horror y el disgusto de las señales y restos de lugares habitados recientemente. Renzo apresuró el paso, reanimándose con la idea de que el término de su viaje no debía estar tan próximo, y esperando que antes de llegar encontraría cambiada la escena, á lo menos en parte, y en efecto, no lejos de allí, desembocó en un paraje que con todo podía llamarse ciudad de vivientes; ¡pero qué ciudad también!, ¡qué vivientes! Todas las puertas estaban cerradas con motivo de la desconfianza ó del terror, á excepción de las que habían sido abiertas, ó por la fuga de sus habitantes ó por la invasión; otras veíanse clavadas y tapiadas por haber en ellas muertos ó apestados; otras también señaladas con cruces hechas con carbón, para advertir á los monatti que había cadáveres que recoger. Andrajos por doquier, vendas ensangrentadas, camas infestadas, ropas, sábanas arrojadas por las ventanas; algunos cuerpos, ó de personas muertas de repente en la calle y dejados allí hasta que pasara un carro para llevárselos, ó caídos de los carros mismos, ó echados por los balcones. ¡De tal modo había embrutecido los ánimos y despojado de todo sentimiento de piedad y humana consideración la larga duración y la furia de tantos estragos! Había dejado de oirse el ruido de los obreros, el estrépito de los carruajes, los gritos de los vendedores, el rumor de las conversaciones de los que discurrían por las calles; era sumamente raro que este silencio de muerte fuese interrumpido por otra cosa más que por el pavoroso rumor de los carros fúnebres, por los lamentos de los infelices mendigos, por los ayes de los enfermos, por los aullidos de los frenéticos, y por los gritos de los monatti.
Al amanecer, al medio día, á la tarde, una campana de la catedral daba la señal de recitar ciertas preces asignadas por el arzobispo, á cuyo toque respondían las campanas de las demás iglesias; y entonces se hubiera visto asomarse la gente á las ventanas y rezar como en familia; habríase oído un confuso murmullo de voces y sollozos que inspiraban una tristeza, mezclada, sin embargo, de alguna esperanza.
Á aquellas horas habían muerto ya los dos tercios de los habitantes: la mayor parte de los que quedaron habían huido ó estaban enfermos; la concurrencia de los forasteros veíase reducida á la más mínima expresión; entre el escaso número de los que andaban por las calles, no se habría encontrado por casualidad, en un largo circuito, uno solo que, en su aspecto, no apareciese algo de extraño, y que indicase un funesto cambio de cosas. Se veían los más distinguidos personajes sin capa ni manto, parte entonces esencialísima del traje civil; los sacerdotes sin sotana; los frailes sin hábitos; en fin, se habían abandonado todos los vestidos que por ser largos y flotantes pudiesen rozar en algo, ó proporcionar á los envenenadores (lo que entonces se temía más) una bella ocasión para ejercer sus maldades. Además del cuidado de ir vestidos lo más ligeramente posible, y ajustarse mucho, notábase el mayor descuido y negligencia en las personas. Los que acostumbraban á llevar barba la tenían de una desmesurada longitud; los demás se la dejaban crecer: los cabellos enmarañados y largos, no sólo á causa de la incuria que nace de un prolongado abatimiento, sino porque los barberos habían llegado también á ser sospechosos después que uno de ellos, llamado Giangiocomo Mora, había sido preso y condenado como envenenador famoso, el cual conservó por largo tiempo una celebridad de infamia, siendo por el contrario digno de compasión. La mayor parte llevaban en la mano un nudoso y fuerte bastón, y algunos además una pistola, en señal de aviso y amenaza al que quisiese acercarse demasiado; otros, pastillas de olor, bolas huecas de metal ó de madera, llenas de esponjas mojadas en vinagres medicinales; y al paso que iban andando las aplicaban á las narices, y las llevaban de continuo adheridas á ellas. Algunos tenían colgadas en el cuello redomitas con un poco de azogue, persuadidos que dicho mineral absorbía todas las emanaciones pestilenciales, procurando renovarlas todos los días. Los nobles no sólo recorrían las calles sin su acostumbrado acompañamiento, sino que también se les veía con una cesta al brazo, yendo á buscar las cosas necesarias para su sustento. Cuando por casualidad se encontraban en la calle dos amigos, se saludaban de lejos silenciosamente con aire triste y agitado. Cada uno, particularmente al andar, tenía mucho quehacer tratando de evitar los objetos mortíferos é inmundos, de los cuales el suelo estaba sembrado y algunas veces enteramente embarazado. Todos procuraban ir por el medio de la calle por miedo de ser alcanzados por lo que pudiese caer de las ventanas, ó para evitar los polvos venenosos que se decía habían sido arrojados con frecuencia sobre los que pasaban, ó para huir de todo contacto de las paredes, que podían estar untadas con sustancias también venenosas. De este modo la ignorancia, prudente fuera de tiempo, añadía al presente las angustias á las angustias, y promovía falsos terrores en compensación de los temores justos y saludables que en un principio había impedido.
En medio de semejante desolación, Renzo había andado ya una gran parte de su camino, cuando á algunos pasos de distancia, por una calle hacia donde debía dar la vuelta, oyó aproximarse un confuso ruido, en el que se distinguía aquel horrible y tan frecuente retintín de las campanillas.
Habiendo llegado á la esquina de la calle, que era una de las más espaciosas, divisó en medio de ella cuatro carros parados. Así como en un mercado de granos se ve á las gentes ir y venir, cargar y descargar sacos, del mismo modo era el movimiento que se notaba en aquel paraje. No se veían más que monatti que entraban en las casas; monatti que salían con grandes bultos, los cuales arrojaban en los carros; unos con sus trajes rojos, otros sin dicho distintivo; muchos con uno todavía más odioso, el plumaje y capas de varios colores, que los miserables ostentaban con aire de triunfo en medio del luto universal. Ya de ésta, ya de la otra ventana salía una lúgubre voz que murmuraba: “Monatti, aquí”; y de entre aquel triste murmullo dejábase oir de tiempo en tiempo un sonido más siniestro aún, cual era el de otra voz bronca que respondía: “Ahora, ahora”. Percibíanse también las quejas de los vecinos que les gritaban que despachasen pronto, á lo que los monatti contestaban blasfemando.
Al entrar Renzo en la expresada calle aceleró el paso, procurando no ver aquel horroroso espectáculo ó á lo menos evitándolo cuanto le fuese posible, cuando he aquí que su mirada errante tropezó en un objeto de compasión singular, de una compasión que forzaba el ánimo á contemplarlo; de modo que se paró casi involuntariamente.
Una dama, cuyo aspecto anunciaba una juventud gastada, mas no del todo extinguida, salía de una de aquellas casas y se encaminaba hacia el convoy. En sus facciones se traslucía una belleza velada y ofuscada, pero no enteramente perdida, á causa de una grande aflicción y de una mortal languidez; esa belleza dulce y á la vez majestuosa que brilla en la sangre lombarda. Su andar era penoso, mas no vacilante; de sus ojos no se desprendían lágrimas, pero se conocía que habían derramado muchas; veíase en su dolor un no sé qué de tranquilo y profundo que anunciaba un alma toda ocupada en sentirlo. Pero no era su solo aspecto lo que en medio de tantas miserias la hacía un objeto particular de conmiseración y reanimaba hacia ella aquel sentimiento siempre encerrado y amortiguado en el corazón; llevaba en brazos á una niña que contaría apenas nueve años, muerta, pero perfectamente compuesta, con los cabellos divididos sobre la frente, vestida de blanco, como si sus manos la hubiesen adornado para una fiesta prometida desde largo tiempo y acordada en recompensa. No la llevaba echada, sino incorporada y sentada sobre el brazo; el pecho apoyado contra su pecho: se hubiera dicho que respiraba, si una manecita como la cera no colgara con una gravedad inanimada, y si su cabeza no hubiese descansado sobre el hombro de su madre con un abandono más fuerte que el sueño: ¡de su madre! Pues aun cuando la semejanza de aquellos dos rostros no lo hubiera atestiguado, se habría leído sobre aquél, en el que se pintaba todavía un sentimiento de vida.