Repentinamente un asqueroso monatto se acercó á ella para arrancarle la hija de los brazos, procurando hacerlo, sin embargo, con una especie de respeto no acostumbrado y una perplejidad involuntaria. Pero la dama, dando un paso hacia atrás con aire que no demostraba desprecio ni indignación: “No, dijo; no la toquéis aún; yo soy la que debo depositarla sobre el carro”. Después, abriendo la mano: “Tomad”, volvió á decir; y dejó caer una bolsa en las del monatto. “Prometedme, continuó, que no le quitaréis nada de lo que lleva puesto, y que no dejaréis que otros se atrevan á verificarlo, enterrándola del mismo modo que está”.

El monatto llevó una mano á su pecho; luego conmovido y casi obsequioso, menos aún por aquella inesperada recompensa que por el sentimiento, del cual se sentía subyugado, se apresuró á hacer en el carro un poco de sitio para la pequeña difunta. La madre, después de haberle dado un beso en la frente, la colocó como en un lecho, la compuso, extendió sobre ella un blanquísimo lienzo, y le dijo estas últimas palabras: “¡Adiós, Cecilia: descansa en paz! Esta tarde nos volveremos á ver para no separarnos jamás. Entretanto, ruega por nosotros, que yo lo haré por ti y por los demás”. Después, dirigiéndose de nuevo al monatto, “al pasar esta tarde por aquí, le dijo, subid á buscarme; no seré yo sola”.

Dicho esto, volvió á entrar en la casa, y un momento después se asomó á la ventana, llevando en brazos otra niña más pequeña viva aún, pero con las señales de la muerte retratadas en su semblante. Estuvo contemplando las indignas exequias de Cecilia hasta que el carro se puso en marcha, siguiéndole con la vista mientras pudo divisarlo, después de lo cual desapareció. ¿Y qué otra cosa pudo hacer más que depositar sobre el lecho á la única hija que le quedaba, y colocarse á su lado para morir juntas, del mismo modo que la flor que eleva su cabeza orgullosa y cae en seguida juntamente con el botón oculto todavía dentro de su cáliz, bajo la hoz que iguala todas los yerbas de la pradera?

—¡Oh, Señor! exclamó Renzo, ¡atended á sus ruegos; protegedla y también á su inocente hija; bastante han padecido las infelices; sí, bastante han padecido!

Recobrado de aquella extraordinaria conmoción, y mientras trata de recordar el itinerario con el objeto de si debía dar la vuelta á la primera calle, ó dirigirse á derecha ó izquierda, oye que se acercaba por aquella un nuevo y diverso estrépito, un sonido confuso de gritos imperiosos, de ahogados sollozos, un continuo llorar de mujeres y un gran vocerío de niños.

Siguió adelante, llevando en su corazón la triste y oscura esperanza de costumbre. Llegado á la encrucijada, vió avanzar por un lado un confuso tropel de gentes, parándose para dejarlo pasar. Eran los enfermos que conducían al lazareto: los unos, á quienes llevaban á la fuerza, se resistían inútilmente, gritaban en vano que querían morir en su lecho, y respondían con impotentes imprecaciones á los juramentos y á las órdenes de los monatti que los conducían: los otros caminaban en silencio como insensatos, sin mostrar dolor ni ningún otro sentimiento: mujeres con niños en brazos; muchachos asustados por aquellos gritos, por aquellas órdenes, por aquel acompañamiento, más que por la idea confusa de la muerte, los cuales llorando amargamente, pedían á sus madres sus fieles brazos y sus propias casas. ¡Ah! y acaso su madre, que ellos creían haber dejado dormida sobre su lecho, había sido arrojada allí, repentinamente sorprendida por la peste, privada de conocimiento, para ser llevada en el carro al lazareto ó á la fosa, por poco que dicho carro tardase en llegar. ¡Quizás!, ¡oh, desgracia digna de lágrimas aún más amargas! quizás la madre enteramente ocupada de sus padecimientos, lo había olvidado todo, hasta sus propios hijos, no teniendo más que una sola idea, la de morir en paz. Sin embargo, en medio de tanta confusión, se veían todavía algunos ejemplos de firmeza y piedad: padres, hermanos, hijos, esposos, que sostenían á los seres á quienes amaban, y los acompañaban con palabras de consuelo; y no sólo eran los adultos, sino también los niños y niñas, que conducían á sus hermanos menores con el juicio y la compasión de la edad madura, recomendándoles la obediencia, y asegurándoles que iban á un paraje en donde otros cuidarían de ellos y los curarían.

En medio de la tristeza y la lástima que inspiraba semejante espectáculo, una cosa tocaba más de cerca, y tenía sumamente agitado á nuestro viajero. La casa consabida debía estar muy próxima, y quién sabe si entre aquella gente... Pero habiendo pasado toda la comitiva, y cesando la duda, se dirigió á un monatto que iba detrás, y le preguntó por la calle y por la casa de D. Ferrante. “Vete enhoramala, imbécil”; tal fué la contestación que recibió. No trató de responderle como merecía, sino que divisando á dos pasos de distancia á un comisario que cerraba la marcha del convoy, y que tenía el aspecto un poco más humano, le hizo la misma pregunta. Éste, señalando con el bastón el lado de donde venía, dijo: “La primera calle á la derecha; la última casa grande á la izquierda”.

El joven se encaminó hacia aquel sitio, lleno su corazón de una nueva y mayor ansiedad. Una vez en la calle, distinguió de pronto la casa entre las otras más bajas, y de mezquina apariencia. Se acerca al portón que está cerrado, lleva la mano á la aldaba, y la tiene suspendida como en una urna antes de sacar la cédula, de la cual dependiese su vida ó su muerte. Finalmente, levanta la expresada aldaba y da un golpe con la mayor resolución.

Un instante después se entreabre una ventana; asoma por ella con precaución una cabeza de mujer, la cual mira quién llama, con ademán sombrío, que parece decir: “¿Monatti?, ¿vagabundos?, ¿comisarios?, ¿envenenadores?, ¿diablos?”.

—Buena señora, dijo Renzo alzando la cabeza, pero con voz poco segura: ¿se halla sirviendo en esta casa una joven aldeana que se llama Lucía?