—No está aquí; andad con Dios, respondió la mujer, haciendo ademán de cerrar la ventana.
—¡Un momento, por piedad! ¿Está aquí ó no? ¿En dónde se encuentra?
—En el lazareto; é iba á cerrar de nuevo.
—¡Por Dios!, un instante más. ¿Se halla atacada de la peste?
—Sí. Es cosa nueva, ¿no es cierto? Id pues.
—¡Oh, infeliz de mí! Esperad. ¿Estaba muy mala? ¿Hace mucho tiempo que?... Pero esta vez la ventana se cerró de veras.
—¡Eh!, señora; buena señora, por caridad; una palabra tan solo, por el alma de vuestros pobres difuntos! Nada os pido que sea vuestro: ¡eh! Mas nada; del mismo modo que si hubiese hablado á la pared.
Afligido de tan triste noticia, y encolerizado de la brusca retirada de aquella mujer, Renzo asió de nuevo la aldaba, y casi pegado á la puerta, apretaba aquella con fuerza, la levantaba para llamar por segunda vez, y la tenía suspendida. En tal agitación se volvió con el objeto de ver si por casualidad divisaba algún vecino, del cual pudiese informarse más extensamente, y sacar algún indicio, alguna luz. Pero la primera, la única persona que descubrió fué otra mujer á la distancia de unos veinte pasos; la cual, con un semblante que expresaba el terror, el odio, la impaciencia, y la malicia, con unos ojos que querían á la vez observar y mirar desde lejos, abría la boca como para gritar con todas sus fuerzas; mas reteniendo todavía la respiración, alzando los descarnados brazos, extendiendo y retirando dos manos crispadas y encogidas á manera de garras, como si tratase de coger alguna cosa, parecía querer llamar gente, de modo que nadie se apercibiese de ello. Cuando la mirada de Renzo se encontró con la suya, apareció más horrible todavía, y se estremeció de la misma manera que una persona á quien se sorprende.
—¡Qué demonio!... empezaba á decir Renzo, levantando también sus dos manos hacia donde se hallaba la mujer; pero ésta, habiendo perdido la esperanza de hacerle coger de improviso, dejó escapar el grito que hasta entonces había comprimido: “¡Al envenenador!, ¡aquí!, ¡aquí! ¡Prended al envenenador!”.
—¿Quién?, ¡yo!, ¡ah, infame bruja! ¡Silencio!, exclamó Renzo, y corrió hacia ella para amedrentarla y hacerla callar. Pero en seguida conoció que debía pensar más bien en sus negocios. Al chillar de la vieja acudió gente de todas partes; no el tropel que en semejante caso habría acudido tres meses antes, pero la suficiente para poder hacer de un solo hombre lo que quisiesen. Al propio tiempo se abrió de nuevo aquella ventana que ya sabemos, y se asomó la misma mujer que tan descortés había sido, la cual ahora gritaba desaforadamente: “Prendedle, prendedle, pues debe ser uno de esos bribones que andan por la ciudad untando las puertas de las casas de las gentes de bien”.