Renzo no creyó oportuno el detenerse á reflexionar; le pareció mucho mejor partido abandonar precipitadamente aquel lugar que permanecer en él para sincerarse: lanzó una mirada á su alrededor para ver hacia qué lado había menos gente, y por éste se deslizó. Rechazó de una puñada á uno que le cerraba el camino, pegó en el pecho á otro que le salía al encuentro, al cual hizo retroceder ocho ó diez pasos; y echó á correr en seguida con los puños levantados y cerrados convulsivamente, dispuesto á castigar á cualquiera que se le pusiese por delante. La calle veíase desembarazada y libre delante de él; mas á sus espaldas oíase aumentar y crecer á cada instante el ruido y las terribles voces de “¡á él, á él!, ¡al envenenador!”. Ignoraba el número de sus perseguidores, y no sabía cómo podría salvarse. Su cólera se convirtió en rabia, las angustias en desesperación; un espeso velo cubrió sus ojos, echó mano á su cuchillo, lo abrió, se paró resueltamente, luego dirigió su mirada torva y amenazadora hacia los que le perseguían, y con el brazo extendido, blandiendo en el aire la reluciente hoja, gritó: “¡Canalla infame!, ¡si hay alguno entre todos vosotros que sea hombre, que avance!, yo le daré con éste una buena untura”.
Mas vió con admiración y con un sentimiento confuso de placer que sus perseguidores se habían detenido á cierta distancia como vacilantes. Sin embargo, continuaban gritando, y al parecer hacían demostraciones como si estuviesen poseídos de los malos espíritus á gentes que se hallaban detrás de Renzo, pero bastante lejos todavía. Éste se volvió de nuevo y divisó (su gran turbación no le había permitido verlo antes) un carro que avanzaba, y detrás de éste una larga hilera de ellos con su acostumbrado acompañamiento. Por otro lado, y á alguna distancia se hallaba otra porción de gentes que de todas veras hubieran deseado caer sobre el envenenador; mas estaban contenidas por el mismo impedimento. Viéndose así entre dos fuegos, calculó que lo que para éstas era un objeto de terror, podía serlo para él de salvación; por lo tanto pensó que no era tiempo de hacerse el delicado: cerró su cuchillo, echó á correr hacia los carros, pasó el primero, y observó en el segundo que había un buen espacio desocupado; en su consecuencia toma sus medidas, da un salto, y helo allí plantado sobre el pie derecho, el izquierdo en el aire, y levantados ambos brazos.
—¡Bravo, bravo! gritaron á una los monatti, algunos de los cuales seguían el convoy á pie, otros subidos en los carros; y en fin, los más, para referir exactamente lo horrible de semejante espectáculo, iban sentados sobre los cadáveres y bebiendo de un gran jarro, el que dando vueltas sin cesar pasaba de mano en mano.—¡Bravo, bravo, magnífico golpe!
—¿Has venido á ponerte bajo la protección de los monatti?, pues haz cuenta que estás tan seguro como en una iglesia, le dijo uno de los que se hallaban en el carro adonde se había subido.
Los enemigos, al acercarse al tren, la mayor parte habían vuelto las espaldas y se apartaban gritando siempre “¡á él, á él!, ¡al envenenador!”. Algunos se retiraban con más lentitud, parándose de cuando en cuando, rechinando los dientes y amenazando á Renzo, el cual desde el carro les contestaba enseñándoles los puños.
—Dejadme hacer, le dijo un monatto; y arrancando de uno de los cadáveres un asqueroso harapo, lo anuda precipitadamente, lo coge por uno de los extremos, lo levanta á manera de honda sobre aquellos obstinados, y hace ademán de arrojárselo, gritando: “¡Aguardad, canalla!”. Al observar esto, todos sin excepción emprendieron la fuga horrorizados, y Renzo no vió más que las espaldas y las piernas de sus enemigos, que se movían con la misma celeridad que las aspas de un molino de viento.
Entre los monatti se elevó un grito unánime de triunfo, una larga y estrepitosa carcajada de risa, un prolongado ¡juy! como para acompañarles en su fuga.
—¡Ja, ja! ¿Ves como sabemos proteger á la gente honrada? dijo aquel mismo monatto á Renzo. Más vale uno solo de nosotros que todos esos maricas.
—Seguramente, respondió Renzo, y bien puedo decir que os debo la vida, por lo cual os doy las gracias de todo corazón.
—¿De qué? contestó el monatto; tú te lo mereces, se conoce que eres un valiente muchacho. Haces bien en untar á esa canalla; úntalos, extirpa á esos miserables que nada valen hasta que mueren, que en recompensa de la vida que llevamos nos maldicen y van vociferando que así que concluya la peste quieren hacernos ahorcar á todos. Es preciso que ellos mueran antes de que cese la epidemia; es indispensable que los monatti queden solos cantando victoria y regocijándose en Milán.