—¡Viva la peste y muera la canalla! gritó otro; y después de semejante brindis se acercó el jarro á los labios, y sosteniéndole con ambas manos en medio de los vaivenes del carro, echó un buen trago, ofreciéndole en seguida á Renzo, al cual dijo: “Bebe á nuestra salud”.
—Os la deseo con todas las veras de mi alma, contestó Renzo, pero no tengo sed, ni tampoco ganas de beber en este momento.
—Á mi parecer has pasado un gran susto, dijo el monatto; tienes facha de ser un pobre hombre; tu traza no es de envenenador.
—Cada uno se ingenia como puede, dijo el otro.
—Alargadme el jarro, dijo uno de los que caminaban al lado del carro, quiero echar otro trago á la salud del amo del vino, que se encuentra en nuestra buena compañía... me parece que está allí; sí, justamente, dentro de aquel hermoso carruaje.
Y con una risa siniestra y cruel señalaba el carro, delante del cual se hallaba el pobre Renzo. Luego tomando su semblante un aire de seriedad aún más infame y burlesco, hizo un gran saludo en aquella dirección, y continuó diciendo: “Permitid, mi querido amo, que un pobre diablo de monatto paladee el vino de vuestra bodega. Consideradlo bien, llevamos una vida... somos los que os hemos colocado en el carruaje para conduciros á la campiña. Además, el vino, por poco que beban sus señorías, no les sienta nunca bien; los pobres monatti, al contrario, siempre tienen buen estómago”.
Sus compañeros dieron grandes risotadas, en medio de las cuales cogió el jarro y lo levantó; mas antes de beber se volvió á Renzo, le miró fijamente, y con cierto aire de insultante compasión, le dijo: “Es preciso que el diablo con quien has hecho pacto, sea bien joven; pues si nosotros no te hubiésemos salvado, te daba un triste socorro”; y entre un nuevo y general estrépito de ruidosas carcajadas, se aplicó el jarro á la boca.
—¿Y nosotros? ¡eh!, ¿y nosotros?, gritaron muchas voces desde el carro que iba delante. El bribón, después de haber bebido hasta saciarse, entregó con ambas manos el gran jarro á sus compañeros, los cuales se lo pasaron de uno á otro, hasta que llegando al último de ellos, que lo desocupó enteramente, lo cogió por el cuello, y dándole vueltas á guisa de molinete, lo arrojó haciéndole mil pedazos contra el suelo y gritando: “¡Viva la peste!” Después de estas palabras, se puso á entonar una inmunda copla, siendo su voz acompasada por todas las demás que componían aquel horrible coro. La infernal canción mezclada al retintín de las campanillas, al rechinar de los carros, al ruido de las pisadas de los caballos, resonaba en el silencioso espacio de las calles, y retumbando en las casas comprimía dolorosamente el corazón de los pocos que todavía las habitaban.
¿Pero qué cosa no puede venir á veces á propósito? ¿qué es lo que no puede parecernos bien en ciertos casos? El peligro de un momento antes había hecho más que tolerable á Renzo la compañía de aquellos muertos y de aquellos vivos; y al presente, semejante música se puede decir que era grata á sus oídos, pues lo sacaba del embarazo de una conversación poco satisfactoria. Medio trastornado todavía, daba gracias á la Providencia desde lo íntimo de su corazón, de haber escapado de tan inminente riesgo, sin recibir daño alguno ni tampoco hacerlo; suplicando al mismo tiempo que le librase de sus mismos libertadores; y además, por su parte estaba alerta, observaba á los monatti, examinaba la calle para pillar la ocasión favorable de bajar despacio del carro sin ser sentido, y evitar cualquier escándalo que hiciese poner sobre sí á los que pasaban.
De repente, al revolver una esquina, le pareció reconocer el sitio; miró con más atención, y efectivamente se aseguró de ello. ¿Quieren saber los lectores en dónde se encontraba nuestro héroe?, pues bien, se hallaba en la calle que va á parar á la Puerta Oriental, en aquella misma por la cual unos veinte meses antes había entrado con tanta lentitud, y tuvo que volver á pasar al poco tiempo tan precipitadamente. Recordó de pronto que desde allí se iba directamente al lazareto, y el hallarse en dicha calle sin calcular ni preguntar, lo tuvo por un especial favor de la Providencia, y por un feliz agüero de todo lo demás. En el mismo instante salió al encuentro de los carros un comisario gritando á los monatti que parasen: en efecto, el convoy se detuvo y la música se convirtió en un ruido diferente. Uno de los monatti que se hallaba en el carro de Renzo saltó á tierra: el joven se dirigió al otro que quedaba y le dijo: “Os doy gracias por vuestra caridad; que Dios os lo pague; y dicho esto saltó también por el otro lado”.