—Anda, anda, pobrecillo envenenador, respondióle aquél, no serás tú el que destruya á Milán.
Por fortuna no se encontraba por allí nadie que pudiese oirlo. El convoy se había parado en el lado izquierdo; Renzo se encaminó apresuradamente hacia el opuesto, y pegado á la pared de las casas, siguió adelante con dirección al puente; pasó éste, continuó su marcha por el arrabal, reconoció el convento de capuchinos, y próximo ya á la puerta divisó un ángulo del lazareto, atravesó la verja, presentándose á su vista la escena exterior de aquel fatal recinto: era un leve indicio de lo que contenía en su interior; mas con todo, era un espectáculo vasto, diverso é imposible de describir.
Una inmensa muchedumbre se precipitaba en las avenidas; eran los enfermos que iban en cuadrillas al lazareto; algunos se sentaban ó caían á las orillas de los dos fosos que costean el camino, ya fuese que sus fuerzas no hubiesen sido suficientes para conducirles á su asilo, ya que habiendo salido de allí desesperados, les hubiesen también faltado dichas fuerzas para ir más lejos. Otros, sumamente enfermos, erraban desbandados como estúpidos, y no pocos privados de razón; uno estaba sobremanera animado contando sus delirios á un desgraciado que yacía abrumado por el mal, otro estaba furioso; por último, aparecía otro que miraba á todas partes con aire risueño, como si asistiese á un espectáculo muy divertido. En medio de tan triste alegría, oíase una voz que cantaba hasta perder el aliento; el ruido no parecía salir de aquella miserable reunión, y sin embargo dominaba á todas las demás; era una canción de amor alegre y picaresca, á las cuales los milaneses dan el nombre de Villanelle. Dejándose guiar por el sonido para descubrir quién podía estar tan contento en aquellas circunstancias y en semejante lugar, veíase á un desgraciado que sentado tranquilamente en el foso que circuye las tapias del lazareto cantaba á grito pelado.
Apenas Renzo hubo dado algunos pasos dando la vuelta al costado meridional del edificio, cuando se elevó al través de la multitud un rumor extraordinario y un ruido de voces lejanas que gritaban: “¡Á un lado!, ¡detente!”. Renzo se alzó de puntillas, y vió un caballo corriendo á todo escape, espoleado por un extraño jinete: era un frenético, que habiendo visto á dicho animal suelto, sin nadie que le guardase junto á un carro, había saltado encima prontamente, y pegándole en el cuello con el puño, haciendo servir de espuelas á sus talones, lo aguijoneaba con furia. Los monatti le seguían gritando, un instante después no se divisaba más que una espesa nube de polvo en lontananza.
Así, aturdido y fatigado ya de ver miserias, el joven llegó á la puerta de aquel lugar, en el cual acaso había más amontonadas que no había visto en todo el espacio que había tenido que recorrer. Finalmente, pasó el umbral, y permaneció un momento inmóvil debajo del pórtico.
CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO
Figúrese el lector el recinto del lazareto poblado de diez y seis mil atacados de la peste; aquel vasto espacio enteramente cubierto por un lado de cabañas y de tiendas, por otro de carros, más allá de hombres, aquellas dos prolongadas hileras de pórticos á derecha é izquierda llenas de moribundos ó de cadáveres tendidos en jergones ó encima de mugrientas y desnudas pajas, percibiéndose y sobresaliendo al través de aquella inmensa morada de dolores un ruido sordo, parecido al lejano murmullo de las olas agitadas por la tempestad. Veíanse por doquier convalecientes, frenéticos, enfermeros, un ir y venir, pararse, correr, inclinarse y levantarse. Tal fué el espectáculo que se ofreció á un mismo tiempo á la vista de Renzo, teniéndole clavado allí por un momento, estupefacto y afligido. No nos proponemos ciertamente el describir con minuciosidad dicho espectáculo, ni tampoco creemos que el lector lo desee, y sí tan solo acompañaremos á nuestro joven en su penosa marcha: nos detendremos en los parajes que él se detenga, diremos todo cuanto sea preciso de lo que vió, refiriendo lo que hizo y lo que después le aconteció.
Desde la puerta en donde se había parado hasta la capilla, que estaba situada en el centro, y desde ésta á la otra puerta de enfrente, formaba una especie de calle cubierta de cabañas y de toda clase de obstáculos fijos. Á la segunda ojeada divisó Renzo en la expresada calle ó prolongado pasadizo una multitud de carretones que conducían de una parte á otra las cosas necesarias á los moradores que encerraba tan fatal recinto; vió también capuchinos y seglares que dirigían aquellas operaciones, los cuales hacían salir de allí á los que nada hacían. Temiendo nuestro héroe el ser echado del mismo modo, se escondió al instante entre las cabañas que se hallaban á su derecha, casualmente hacia el lado en que él se encontraba.
Continuaba avanzando, á medida que iba descubriendo sitio para poner el pie, de cabaña en cabaña, asomándose en todas, observando las camas que se hallaban al descubierto, examinando los rostros abatidos por los padecimientos, contraídos por el espasmo ó por la inmovilidad de la muerte, por si acaso daba con aquel que, sin embargo, tanto temía encontrar allí. Había andado ya mucho y repetido varias veces aquel doloroso examen sin ver á mujer alguna, en vista de lo cual calculó que debían estar en lugar separado. Efectivamente, lo adivinaba; mas en dónde pudiera ser, ni tenía el más pequeño indicio, ni de dónde sacarlo. Encontraba á su paso muchos individuos destinados en el establecimiento, tan diferentes en aspecto, maneras y trajes, cuan diverso y opuesto era el principio que les daba á todos una fuerza igual de vivir prestando tales servicios, viéndose en los unos una total extinción de piedad, y en los otros una compasión sobrehumana. Pero ni á unos ni á otros se atrevía á preguntar, para no tropezar con alguna dificultad; y concluyó por andar, andar hasta llegar á encontrar á las mujeres. Al propio tiempo que así lo hacía, no dejaba, sin embargo, de mirar á todas partes; mas de cuando en cuando se veía obligado á retirar contristado su mirada, desvanecido á la presencia de tantas desgracias. ¿Pero adónde debía volver la vista, adónde detenerla más que sobre otras y otras desgracias?
La atmósfera misma y el cielo aumentaban el horror de aquella escena, si es que pudiese haber algo que lo aumentase. La espesa niebla se había ido aclarando poco á poco, dividiéndose en mil nubecillas flotantes, que condensándose cada vez más, parecían anunciar una tempestad. En medio de aquel cielo encapotado y sombrío, se presentaba como cubierto de un espeso velo el disco del sol, pálido, sin rayos, arrojando una claridad triste y dudosa, y esparciendo un calor pesado y sofocante. En medio de aquel vasto rumor, oíase elevarse por intervalos, sordos é interrumpidos gemidos, no pudiéndose decir de dónde salían, aun escuchando con la mayor atención; únicamente, se hubiera creído oir un ruido lejano de carros que se paraban de repente. No se veía en la campiña de los alrededores, ni agitarse siquiera una sola hoja en los árboles, ni tampoco posarse ningún pájaro en ellos: únicamente la golondrina, apareciendo de súbito en el techo del recinto, dirigía su vuelo hacia abajo, con las alas extendidas como si fuese á rozar la tierra; mas asustada de aquel bullicio, volvía á emprender su vuelo y huía. Asemejábase todo aquello á una de esas épocas en que entre una reunión de viajeros no hay uno que rompa el silencio; en que el cazador camina pensativo con la vista fija en la tierra; en que el labrador, trabajando en su campo, deja de cantar sin advertirlo; asemejábase, repito, á uno de esos momentos precursores del huracán, en los cuales la naturaleza, como inmóvil en el exterior y agitada por un trabajo interior, parece oprimir á todo ser viviente, y añade cierta pena molesta á toda ocupación, al ocio y á la existencia misma. Pero en aquel lugar, destinado á los padecimientos y á la muerte, se veía al hombre hecho presa ya del mal, ceder á la nueva opresión, como también sucumbir los enfermos á centenares, siendo la agonía postrera la más cruel, y en este colmo de dolores los quejidos más sofocados, el último estertor más penoso. Quizás en aquella mansión de miserias no había tenido lugar todavía una hora tan terrible como la que describimos.