Nuestro joven había dado ya una gran vuelta sin fruto por entre la inmensa multitud de cabañas, cuando en medio de la confusión y diversidad de lamentos comenzó á distinguir una mezcla singular de lloros de niños y de balidos, hasta que llegó á una especie de tapia ó tabique medio hendido y estropeado, detrás del cual salía aquel extraordinario ruido. Miró por una ancha abertura que había entre dos vigas, y vió un recinto en el que se hallaban varias cabañas esparcidas, y tanto en ellas como en el pequeño campo no divisó la acostumbrada reunión de enfermos, sino una infinidad de pequeñas criaturas echadas sobre colchoncitos, almohadas y sábanas extendidas, teniendo á su alrededor nodrizas y otras mujeres para cuidarlas; pero lo que más que todo llamaba la atención y atraía las miradas de Renzo, era el ver mezcladas en medio de dichas mujeres á varias cabras, convertidas en auxiliares de aquéllas: en una palabra, era una especie de inclusa, según lo permitían el lugar y las circunstancias. Era, repito, una cosa singular el contemplar á algunos de los expresados animales parados y quietos sobre éste ó aquel niño, dándoles de mamar; otros acudir prontamente á los lloros del mismo modo que podría hacerlo una madre; pararse junto al tierno infante, procurando colocarse encima con sumo cuidado, dando balidos y bullendo sin cesar como llamando que fuese alguien en su auxilio.

Veíanse sentadas en varias partes nodrizas con niños colgados al pecho; algunas de ellas manifestando tales muestras de cariño, que hacían dudar al que miraba si habían sido atraídas á aquel paraje por el ansia de la remuneración ó por esa caridad espontánea que va en busca de los necesitados y de los que padecen. Una de dichas nodrizas, en extremo afligida, desprendía de su pecho á una criatura que lloraba con fuerza, é iba tristemente buscando el animal que hiciera sus veces. Otra contemplaba satisfecha al que se le había quedado dormido con el pecho en la boca, y besándole dulcemente, se dirigía á una cabaña con el fin de colocarlo sobre un colchoncito. Mas una tercera, abandonando su pecho á una criatura extraña con cierto aire, no de negligencia, pero sí de preocupación, miraba fijamente al cielo: ¿qué pensaba en aquel instante, en aquella actitud, con aquellas miradas, sino en el hijo nacido de sus entrañas, que quizá poco antes había chupado aquel pecho, y que también acaso exhalara sobre él su último suspiro? Otras mujeres de más avanzada edad, estaban ocupadas en desempeñar otras faenas. Una acudía á los gritos de un niño hambriento; lo tomaba en brazos, y lo llevaba cerca de una cabra que pacía en medio de un montón de fresca yerba, aproximándolo á la teta, llamando al inexperto animal y acariciándole á la vez hasta que prestaba dulcemente su servicio. Ésta corría afanosa á coger á un pobrecito á quien pisaba una cabra, del todo atenta en dar de mamar á otro; aquélla llevaba el suyo de un lado á otro, meciéndolo, procurando bien dormirlo por medio del canto, bien acallándolo con cariñosas palabras, y dándole un nombre que ella misma le había puesto. En esto se presentó un capuchino de blanquísima barba, llevando dos tiernos niños que lloraban amargamente, los cuales acababa de sacar de entre los brazos de las madres expirantes. Una mujer acudió presurosamente á recibirlos, después de lo cual anduvo mirando entre las nodrizas y las cabras, con el objeto de encontrar de pronto quien ocupase el lugar de madre.

Más de una vez, Renzo, impulsado por el primero y el más fuerte de sus pensamientos, se había separado de la abertura para proseguir su marcha; mas en seguida volvía á fijar la vista para mirar todavía otro poco.

Finalmente, apartándose de allí, fué dando la vuelta al tabique, hasta que una porción de cabañas apoyadas en él lo forzaron á volverse. Entonces continuó su camino arrimado á dichas cabañas, con la mira de acercarse otra vez al mencionado tabique, siguiendo hasta su conclusión, y con esto descubrir nuevo terreno. Mientras miraba hacia adelante para examinar el camino, una aparición repentina, pasajera, instantánea, hiere su vista y turba su espíritu. Ve á unos cien pasos de distancia pasar y perderse de pronto entre las barracas un capuchino, que aun de lejos y en medio de aquella precipitación, tenía el mismo modo de andar, todas las maneras, y por último las formas todas del padre Cristóbal. Imagínese el lector el ansia con que correría hacia el paraje por donde el fraile había desaparecido: busca de aquí, busca de allí, delante, detrás, dentro y fuera de aquellos lugares; en fin, le vuelve á ver á bastante distancia que se alejaba de una gran marmita, encaminándose con una cazuela en la mano hacia cierta cabaña; luego observa que se sienta en el umbral, que hace la señal de la cruz sobre la citada cazuela que tiene delante; y mirando á su alrededor, como un hombre que siempre está alerta, se pone á comer. Era justamente el mismo padre Cristóbal.

Referiremos en dos palabras la historia del buen fraile desde el momento en que lo perdimos de vista, hasta su actual encuentro. No se había movido nunca de Rímini, ni había pensado siquiera en ello, á no ser por la peste que estalló en Milán, la cual le ofreció la ocasión de hacer lo que siempre había deseado tanto: esto es, dar la vida por su prójimo. Suplicó con grandes instancias el ser llamado para servir y asistir á los apestados. Aquel conde, miembro del consejo secreto, pariente del conde Attilio, había muerto, y por otro lado, en los tiempos que corrían se necesitaban más bien enfermeros que diplomáticos, por lo cual accedieron sin dificultad alguna á sus ruegos. En seguida se dirigió á Milán, y entró en el lazareto, haciendo cerca de tres meses que se hallaba en él.

Mas el consuelo que experimentó Renzo al encontrar á su buen fraile, no fué completo ni tan siquiera un solo momento. ¡Era él! Pero, ¡cuán cambiado estaba! Veíasele sumamente encorvado, abatido y como triste; el rostro pálido y demacrado; observábase en todo él una naturaleza exhausta, una vida apagada y expirante, sostenida por los esfuerzos de su grande alma.

Tenía también la mirada fija sobre el joven que se dirigía hacia él, y que no atreviéndose á darse á conocer por medio de la voz trataba de hacerlo con el gesto. “¡Oh, padre Cristóbal!”, dijo luego que estuvo bastante cerca para ser oído sin gritar.

—¡Tú aquí! respondió el fraile, dejando la cazuela en el suelo y levantándose.

—¿Cómo estáis, padre? ¿cómo estáis?

—Mejor que todos esos infelices que ves aquí, repuso el fraile; y su voz era débil, extinguida y mudada como todo lo demás. Sus ojos se conservaban en su primitivo estado, notándose en ellos un cierto no sé qué de más vivo y espléndido; como si la caridad elevada por el peligro de la obra, y exaltada por sentirse próxima á su principio, le hubiese restituido un fuego más ardiente y puro que el que la enfermedad iba extinguiendo poco á poco.