—Pero tú, proseguía, ¿cómo es que te hallas aquí? ¿por qué vienes de este modo á desafiar la peste?
—Gracias á Dios, la he pasado. Ahora vengo... en busca de... Lucía.
—¡Lucía! ¿está aquí Lucía?
—Seguramente; á lo menos confío en Dios en que aún estará aquí.
—¿Es tu esposa?
—¡Oh, mi querido padre! no, no es mi esposa. ¿Ignoráis todo lo que ha sucedido?
—En efecto, hijo mío; desde que Dios me alejó de vosotros, nada más he sabido; pero ahora que él te envía, digo francamente que deseo tener noticias de todo. Pero... ¿y el destierro?
—¿Sabéis, pues, las cosas que me han pasado?
—¿Pero tú, qué has hecho?
—Escuchad; si quisiese decir que aquel día en Milán tuve juicio, mentiría; mas tampoco he cometido ninguna mala acción.