—Lo creo, y también lo creía antes.

—Ahora, pues, lo podré decir todo.

—Espera, dijo el fraile; y dando algunos pasos fuera de la cabaña, llamó: “¡Padre Víctor!”. Un momento después se presentó un joven capuchino, al cual dijo: “Padre Víctor, dispensadme la caridad de velar por mí á esos infelices, mientras me separo cortos instantes; y sin embargo, si alguno me busca, llamadme en seguida. ¡Aquel individuo sobre todo! si diese la más leve señal de volver en sí, avisadme por favor prontamente”.

—Descuidad; así lo haré, respondió el joven. Entonces el anciano dirigiéndose á Renzo le dijo: “Entremos aquí. Pero... añadió súbitamente, me parece que estás muy extenuado, y por lo tanto debes tener necesidad de comer”.

—Es cierto, replicó Renzo; ahora que me hacéis pensar en ello, recuerdo que todavía estoy en ayunas.

—Espera, dijo el fraile, y fué á llenar otra cazuela adonde se hallaba la marmita, dándosela á Renzo juntamente con una cuchara. Después lo hizo sentar sobre un mal jergón que le servía de lecho; luego puso un vaso de vino en una mesita junto á su convidado, volvió á tomar en seguida su cazuela, y se sentó al lado de Renzo.

—¡Oh, padre Cristóbal! ¡vos solo érais el que podía hacer esto! ¡Siempre el mismo! Os doy las gracias de todo corazón.

—No es á mí á quien debéis darlas; esto pertenece á los pobres; mas en la actualidad tú lo eres también. Ahora dime lo que ignoro; háblame de nuestra pobre niña, y trata de hacerlo en pocas palabras, porque el tiempo es precioso, y tengo mucho que hacer, según tú mismo estás viendo.

Renzo comenzó entre una y otra cucharada la historia de Lucía: contó que se había refugiado en el convento de Monza; del modo que había sido robada... Á la imagen de tantos sufrimientos y peligros, á la idea de que él había encaminado á dicho paraje á la pobre inocente, el buen fraile se quedó sin aliento; mas se repuso en seguida al oir de la manera milagrosa que había sido librada, devuelta á su madre, y confiada por esta misma á D.ª Prajedes.

—Ahora voy á hablar de mí, prosiguió Renzo, y refirió sucintamente la jornada de Milán, su fuga y cómo en todo el tiempo que siguió había permanecido lejos de su casa, habiéndose arriesgado á ir en la actualidad, á causa de estar todo tan revuelto; que no había podido encontrar á Inés; y, por último, que en Milán había sabido que Lucía estaba en el lazareto. Y aquí estoy, concluyó diciendo, aquí estoy con el objeto de buscarla, para saber si vive, y si... me quiere todavía... porque... á veces...