El Periplo atribuído á Scylax[29], compuesto probablemente en la época de Filipo de Macedonia, designa más allá de Cerne un mar de Sargazo, una abundancia de fuco que anuncia la proximidad de las islas de Cabo Verde, pero que no me parece idéntico al mar de Sargazo que menciona el pseudo Aristóteles en la compilación conocida con el nombre de Narraciones maravillosas[30].
Cuando no se quieren perder de vista las grandes divisiones naturales de la geografía física y su constante influencia en los destinos de los pueblos, reconócense en las épocas memorables de los progresos de la navegación del Mediterráneo de Este á Oeste las tres grandes cuencas parciales en que se subdivide la gran depresión de este mar, según he indicado ya en otra obra[31]. La cuenca del mar Egeo está limitada al Sur por una curva que pasa por Rodas, Candía, Cerigo y el cabo Meleo; la cuenca de las Syrtes tiende á cerrarse entre el cabo Bon, la isla Pantelaria, el banco que M. Smyth nombra Adventure Bank y el cabo Grantola, tendencia cuya acción continua acaba de demostrar la aparición de una nueva isla volcánica (isla de Graham). No debe olvidarse que esta reseña de geografía física presenta á Cartago fundada cerca del punto en que la cuenca tirrena (de Cerdeña y de las islas Baleares) se une á la cuenca jónica (de Malta y de las Syrtes), y que la Grecia comerciante dominaba á la vez por su posición en esta última cuenca y en la del mar Egeo. La expedición de Colæus de Samos[32] fué la que abrió á los griegos la tercera y más occidental de estas cuencas, terminada por las columnas de Hércules.
Desde que á la hipótesis del disco de la tierra nadando en el agua, sustituyó la idea de la esfericidad de la tierra, idea propia de los Pitagóricos (Hicétas, Ecphantos y Eraclides del Puente)[33] y de Parmenides de Elea; expuesta y defendida con admirable claridad por Aristóteles[34], no se necesitó grande esfuerzo de ingenio para entrever la posibilidad de navegar desde la extremidad de Europa y Africa á las costas orientales de Asia. Encontramos, en efecto, esta posibilidad claramente enunciada en el Tratado del cielo, del Stagirita (últimas líneas del libro segundo), y en dos lugares célebres de Strabón[35]. Por ahora basta enunciar aquí que ambos autores hablan de un solo mar que baña las costas opuestas. No considera Aristóteles la distancia muy grande, y deduce ingeniosamente de la geografía de los animales un argumento en favor de su opinión. Recuerda los elefantes que viven en las regiones extremas y opuestas, y así confirma (sea dicho incidentalmente) la antigua existencia de estos grandes paquidermos al Noroeste del desierto de Sahara[36]. Considera muy probable que además de la gran isla que forman Europa, Asia y Africa, existan en el hemisferio opuesto otras menos grandes[37]. Strabón no encuentra otro obstáculo para pasar de Iberia á las Indias que la desmesurada anchura del Océano Atlántico.
Las ideas que acabamos de exponer se conservaron y propagaron entre gran número de hombres notables á través de la Edad Media hasta la época de Colón. Verdad es que los escrúpulos teológicos de Lactancio, de San Juan Crisóstomo y de algunos otros Padres de la Iglesia, contribuyeron á impulsar el espíritu humano en un sentido retrógrado. Repetíanse las objeciones y las burlas que emplearon los epicúreos para combatir el dogma pitagórico y la esfericidad de la tierra. Por fortuna la generalidad no asintió á estas ilusiones. La Topografía cristiana[38] vagamente atribuída á un mercader de Alejandría, que se hizo fraile en el reinado del emperador Justiniano, y al cual llaman Cosmas Indicopleustes, nos da á conocer en forma sistemática las extrañas opiniones de los Padres de la Iglesia. Vuelve á ser la tierra una superficie plana, no un disco, como en tiempo de Thales, sino un paralelógramo rodeado de las aguas del Océano y simétricamente recortado por cuatro golfos (el mar Caspio, los golfos de Arabia y de Persia y el Romanorum sinus, es decir, nuestro Mediterráneo).
Según la enumeración que Strabón hizo clásica[39]: «Más allá del Océano que circunda los cuatro lados del continente interior, el cual representa el área del tabernáculo de Moisés, hay situada otra tierra que contiene el paraíso y que habitaron los hombres hasta la época del diluvio.» Equivocadamente se ha querido comparar á América, esta tierra antediluviana, opuesta no á la Europa occidental, sino á toda la isla de forma cuadrilonga del antiguo continente.
Se ha supuesto que al llegar Cristóbal Colón á la embocadura del Orinoco reconoció en esta región el paraíso terrestre, según los dogmas de la Topografía cristiana; pero el Almirante no menciona para nada á Cosmas, ni en la carta que en 1498 dirigió á los Reyes Católicos, fechada en la isla de Haïtí, carta llena de rasgos de pedantesca erudición, ni en el libro de las Profecías. Para situar el paraíso en la América del Sur no tuvo otros motivos que la abundancia de las aguas dulces que la riegan, la belleza de un clima que, sobre el mar, parecióle singularmente templado y la extraña hipótesis[40] de una protuberancia irregular de la tierra hacia Occidente, donde «la costa de Paria está más próxima á la bóveda celeste que España».
Acaso sea más exacta la conjetura de que en la cosmología de Dante (mezcla de ideas cristianas y árabes) esta tierra habitada sólo por la prima gente, y á la cual se llega saliendo del Estrecho y navegando entre Sibilia y Setta (Sevilla y Ceuta), primero de Este á Oeste dietro al sole, y después al Sudoeste, está relacionada con la cosmología de algunos Padres de la Iglesia, del modo que Cosmas (si efectivamente hubo un monje así llamado) la sistematizó. Pero Dante, muy erudito y filósofo, admitía la esfericidad de la tierra, y el paraíso que coronaba la cima de la montaña del purgatorio está situado, según él, en medio de los mares del hemisferio austral, en los antípodas de Jerusalén[41].
El mapamundi del Indicopleustes llama la atención por su ingenua y bárbara sencillez. Producto del siglo VI, apenas presenta la imagen de los primeros ensayos geográficos de los griegos, y muy bien puede creerse que, á pesar de ser más de trescientos años posterior á Claudio Ptolomeo, es muy inferior al Pinax de Hecátea que el tirano Aristagoro[42] llevó á Esparta.
El autor de la Topografía cristiana, á quien se debe la interesante inscripción del monumento de Adulis, tuvo, no obstante, el mérito de saber que las costas del país de los Tzines[43], de donde viene la seda, están opuestas al Levante y bañadas por un mar oriental. Este fué el primer paso dado para rectificar las ideas acerca de la posición de la India y de la China (país de los Tzines) y de la dirección de las costas de Asia, hacia las cuales bogaba la expedición de Colón[44].
Inspirado por los árabes, por los cosmógrafos italianos y alemanes, por las narraciones de Marco Polo, que le transmitió Toscanelli, y sobre todo por las obras del cardenal Pedro d’Ailly, el gran navegante bebía en fuentes que le proporcionaban abundantes motivos para la ejecución de su proyecto y le animaban á buscar el Levante y las preciosas especias por la vía de Poniente.