Esta unidad de voluntad y de instituciones facilitaba el acceso, en condiciones no reproducidas posteriormente de una vasta región del Asia central al Sud del Altaï y al Norte de la cordillera de Kuenlum ó Kulkun, que rodea el Tibet septentrional, desde la depresión del mar Caspio, desde el Djihun (Oxus) y el Sihun (Jarxates), hasta la embocadura de Huang-ho y las costas de Quinsaï y de Zaitun. Las obras cosmográficas escritas en esta época anuncian ese crecimiento de ideas que acompaña siempre al ensanche físico del horizonte. Favoreció los largos viajes de los Poli (Maffio ó Mateo, Nicolás y Marcos, de 1250 á 1295), el estado del Asia central, en donde, por las relaciones y comunicaciones rápidas entre pueblos pastores y semisalvajes y pueblos letrados ó instruídos desde hacía largo tiempo, la barbarie y la civilización por extraño modo se tocaban.
Roger Bacon terminó su larga y gloriosa carrera un año antes del regreso de Marco Polo; no podía, pues, tener conocimiento alguno de este viaje extraordinario.
La segunda mitad del siglo XIII, fecundada por tantos gérmenes de conceptos nuevos, poniendo por el comercio de los pisanos, de los genoveses y de los venecianos el Occidente en contacto con las regiones de Oriente, tan interesantes por las producciones de su suelo, los progresos de las artes industriales y la variedad de las instituciones sociales, dió poderoso impulso al movimiento de ideas, al ardiente deseo de atrevidas empresas que ilustraron la era del infante D. Enrique, de Colón y de Gama.
III.
Ideas cosmográficas de Colón y causas que le impulsaban
al descubrimiento de las Indias.
El cardenal d’Ailly, cuyas obras tanto estimaba Colón, ocupábase desgraciadamente más en trabajos de erudición clásica que de las relaciones de los viajeros inmediatos á su época. Aunque escribió ciento cuarenta años despues de Roger Bacon, jamás cita los trabajos de Marco Polo, consignados desde 1320 en un manuscrito latino de Franco Pipino de Bolonia: ignora los vastos proyectos de Sanuto Torsello, encaminados á cambiar la dirección del comercio de la India, la existencia de las islas Antilia y Brasil (Bracir) revelada por Picigano, y los viajes de los Zeni á las regiones septentrionales del Atlántico. No fué en los tratados cosmográficos del Cardenal donde Colón aprendió las nociones de las tierras occidentales que según Toscanelli ofrecían abrigo en el camino de la India por el Oeste. Pedro d’Ailly ni siquiera conocía el nombre de Cathaï, y su geografía, á excepción de algunas citas árabes, recuerda menos el siglo de Ptolomeo que el de Isidoro de Sevilla. Únicamente insiste con frecuencia (y quizá por ello era el afecto de Colón á compilaciones tan medianas) en la gran extensión del Asia hacia el Oriente, y en lo próximas que estaban la India y España. Al notable párrafo (Imago Mundi, cap. viii) tomado literalmente de Roger Bacon, y que antes cité, pueden añadirse los siguientes: «Multo major est longitudo terræ versus Orientem quam ponat Ptholomeus, et secundum philosophos Oceanus qui extenditur inter finem Hyspaniæ ulterioris, id est Africæ á parte Occidentis, et inter principium Indiæ á parte Orientis, non est magne latitudinis. Nam expertum est quod hoc mare navigabile est paucissimis diebus si ventus sit conveniens, et ideo illud principium Indiæ in Oriente non potest multum distare á fine Africæ.—Frontem Indiæ meridianum alluit maris brachium descendens á mari Oceano quod est inter Indiam et Hyspaniam inferiorem, seu Africam.—A polo in polum decurrit aqua in corpus maris et extenditur inter finem Hyspaniæ et inter principium Indiæ non magnæ latitudinis, ut principium Indiæ possit esse ultra medietatem æquinoctialis circuli sub terra valde accedens ad finem Hyspaniæ. Et Aristoteles et ejus comentator, libro Cœli et Mundi, adhuc inducunt rationem quod elephantes esse non possent: ideo concludit hæc loca esse propinqua et mare intermedium esse parvum»[62]. Se concibe que una misma idea, tantas veces repetida, debía agradar grandemente á los que, como Toscanelli y Colón, meditaban de contínuo pasar desde España á las costas orientales de Asia (ad illam partem sub pedibus nostris sitam) por la vía de Occidente.
También en el Cuadro del mundo conocido[63] de Pedro d’Ailly pudo aprender Colón que, según Alfragan, el valor absoluto de los grados expresados en leguas es menor de lo que generalmente se admite. Alfragan, ó más bien Al Fergani, llamado así por el sitio donde nació (porque el verdadero nombre del astrónomo árabe es Ahmed Mohammed Ebn Kotahir, ó Kethir, de Fergana en Sagdiana), no da en rigor más que el resultado de la célebre medida de algunos grados terrestres que el califa Almamum hizo practicar en la llanura de Sindjar. En vez de expresar este resultado por codos negros, lo expresa por millas, y el Almirante, sin fijarse en la perfecta ignorancia en que hasta Ebn Iouni, el más ingenioso astrónomo de aquel tiempo, nos dejaron, relativamente al valor del módulo empleado, tomó las millas de Alfragan, por las millas italianas de que habitualmente se servía en sus viajes. Don Fernando Colón, al conservarnos el extracto del tratado[64] de su padre «sobre la posibilidad de habitar todas las zonas», y también otro manuscrito[65] que comprende las causas en que el grande hombre fundaba las esperanzas en el buen éxito de su expedición, nos muestra la importancia que entonces se daba á la opinión de Alfragan sobre el verdadero tamaño de la tierra. «Lo que hacía creer más al Almirante, dice Fernando Colón, que aquel espacio (la distancia entre España y Asia) era la opinión de Alfragano, y los que le siguen, que pone la redondez de la tierra mucho menor que los demás autores y cosmógrafos, no atribuyendo á cada grado de ella mas que 56 millas y dos tercios, de cuya opinión infería que, siendo pequeña toda la esfera, había de ser por fuerza pequeño el espacio que Marino dejaba por desconocido, y en poco tiempo navegado, de que infería asimismo que, pues aun todavía no estaba descubierto el fin oriental de la India, sería aquel fin el que está cerca de los otros por Occidente (de la parte más occidental de Europa y de África).» Pero hay más aún; en otro sitio (en el Tratado de las zonas habitables) dice expresamente el Almirante: «Navegando muchas veces desde Lisboa á Guinea, encontré[66], observando con atención, que el grado corresponde en la tierra á 56 millas y dos tercios».
Si estas nociones no las aprendió el Almirante en las obras del cardenal d’Ailly, las obtendría por vía menos indirecta, por alguna de las traducciones árabe-latinas, á las que, según parece, recurría con frecuencia durante sus estudios cosmográficos en Portugal y en España.