Después de largas consideraciones acerca de Ptolomeo y Marín de Tyro, Catigara y la Etiopía, el Ganges y la posición del Paraíso terrestre, añade Colón en una carta dirigida á los reyes Fernando é Isabel y fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503: «El mundo no es tan grande como dice el vulgo, y un grado de la equinoccial está 56 millas y dos tercios; pero esto se tocará con el dedo.» Véase, pues, la importancia que el Almirante daba á la idea de la pequeñez del globo y de la brevedad del camino por donde se llega á la tierra aurífera de Veragua, «de que Vuestras Altezas, dice, son tan señores como de Xerez y de Toledo».
Es muy interesante observar el desarrollo progresivo de una grande idea y descubrir una á una las impresiones que determinaron el descubrimiento de un hemisferio entero. La permanencia en puntos situados, por decirlo así, en el límite del mundo conocido, en Lisboa, en las Azores, en Puerto Santo; la costumbre de ver partir con frecuencia expediciones de descubrimiento por una ruta que se desaprueba; la posibilidad de oir de boca de los mismos marinos los hechos ó las ilusiones que les proporcionaron las aventuradas expediciones hacia el Oeste; finalmente, el atento examen de las cosmografías de las diversas épocas, fueron las circunstancias que excitaron, vivificaron, por decirlo así, en el alma ardiente de Colón tan grandes y nobles proyectos. No se debe atribuir á una sola causa lo que pertenece al conjunto de inspiraciones que recibe un hombre superior durante los largos años que preceden á un descubrimiento.
En un tratadito[67] escrito probablemente hacia 1499 por el genovés Antonio Gallo (De Navigatione Columbi per inaccesum antea Oceanum Conmentariolus) se afirma que el «mundo de la India» (mundus quem Indiam vocitabant) fué adivinado, no por Cristóbal Colón, sino por su hermano Bartolomé, «que concibió la idea de una navegación hacia el Oeste al fijar en Lisboa los descubrimientos hechos por los portugueses más allá de San Jorge de la Mina en los mapamundis que dibujaba para ganarse la vida». El autor habla con algún desdén de Cristóbal Colón (intra pueriles annos parvis literulis imbuti). Este mismo aserto repite el obispo Agustín Giustiniano, que de la proyectada edición de una Biblia políglota completa, solamente imprimió en Génova en 1516 la colección de los Salmos. Sabiendo que el Almirante se vanagloriaba de haber realizado las profecías del salmo diez y ocho, Giustiniano, que era obispo de Nebbio, en Córcega, y monje de la orden de Santo Domingo, aprovechó esta ocasión[68] para dar una biografía de Cristóbal Colón y noticia de sus descubrimientos. Don Fernando Colón[69] ha probado con los manuscritos de su padre que fué éste quien enseñó á Bartolomé, «hombre poco letrado», el arte náutico y el dibujo de cartas de marear, y rechaza[70] con la urbanidad que en todos tiempos ha caracterizado las disputas literarias «las trece mentiras de Giustiniano». La magistratura de Génova empleó otra refutación más directa; con penas severas confiscó la obra. Por lo demás, vemos en documentos encontrados en los archivos, que, aun durante sus viajes, acostumbraba Cristóbal Colón á trazar la configuración de las costas. Una carta de marear de la isla de la Trinidad y del golfo de Paria, dibujada durante su tercer viaje (probablemente en Agosto de 1498), llegó á ser célebre en el pleito entre el fiscal del Rey y los herederos del Almirante. Éste hace mención de ella al fin de la carta dirigida á los Reyes á su vuelta á Santo Domingo. Es la pintura, ó, como dice Alonso de Ojeda, la figura de lo que el Almirante había descubierto[71]; carta que guió á los navegantes á quienes el fiscal quería atribuir el mérito del descubrimiento del continente americano.
Adviértese en lo poco que nos ha quedado de los escritos de Colón, sea en lo que conservó su hijo, ó en su correspondencia con los soberanos ó con personas de la corte de Isabel, ó, en fin, en el bosquejo de la obra de las Profecías, que lo que más atormentaba la imaginación del grande hombre y lo que buscaba con mayor empeño en las obras de los antiguos y en los cosmógrafos más inmediatos á su siglo era la proximidad entre la India y las costas de España; el conocimiento de la grande extensión de Asia hacía el Oriente; el número de islas ricas y fértiles que rodeaban las costas orientales del continente asiático; la pequeñez absoluta de nuestro planeta, y la relación que en general presenta el área de las tierras y de los mares en la superficie del globo.
Esta variedad de consideraciones, que debían conducir todas al mismo objeto, anuncia una amplitud de miras poco común. Pero en un siglo en que faltaba conocimiento preciso de los hechos, puesto que el mismo descubrimiento de Colón asentaba las bases de una geografía física, ésta extensión de miras no encontraba apoyo en la exactitud de las observaciones.
Por fortuna, los errores favorecían la ejecución del proyecto, inspirando un valor que las ideas más exactas de las dimensiones del globo, de la longitud de Catigara, del Cathaï y de Zipanga, del tamaño de los mares y de la pequeñez de los continentes hubieran quebrantado.
Colón censura á Ptolomeo por haber acortado la extensión de las tierras hacia el Este, fijada por Marin de Tyro, y rechaza todas las opiniones de los antiguos[72] sobre la relación en que están los continentes y los mares, afirmando, según hemos visto antes, que «el mundo es poco: el enjuto de ello es seis partes, la séptima solamente cubierta de agua»[73]. Este es el resultado de la geografía física que aprendió Colón en el cuarto libro de Esdras, llamado antiquísimamente en la iglesia griega el Apocalipsis de Esdras, é inventado probablemente por un judío que vivía fuera de Palestina en el siglo primero de nuestra era. Este Apocalipsis forma el primer libro de Esdras en la versión etiópica publicada recientemente en Oxford.
Á los catorce años interrumpió Colón sus estudios académicos en Pavía. Sin estar de completo acuerdo con Antonio Gallo respecto á la insignificancia de estos estudios (parvulæ literulæ), se comprende que la causa del desarreglo de erudición y de teología algo mística, advertida en muchos de sus escritos, data de la época de su permanencia en Lisboa[74]. A una vida aventurera, á los viajes al Levante y al Norte (á las islas Færöer ó á Islandia), sucedió algún descanso favorable á los trabajos literarios. Es probable que durante su larga permanencia en Portugal desde 1470 á 1484, desde los treinta y cuatro á los cuarenta y ocho años de edad, rehiciera, por decirlo así, sus estudios. «Para confirmarse más en el dictamen de navegar la vuelta de Occidente (dice Fernando Colón) para llegar á la tierra del Gran Kan, empezó de nuevo á ver los autores cosmógrafos que había leído antes y á considerar las razones astrológicas que podían corroborar su intento.»
En las investigaciones históricas conviene descender de las generalidades á los detalles de los hechos, y como el objeto de mi trabajo es obtener por el examen crítico de los documentos que nos quedan de puño y letra de Cristóbal Colón el conocimiento íntimo de las ideas que le indujeron al descubrimiento de América, he tratado de formar juicio exacto de los libros que consultaba Colón habitualmente, procurando adivinar cuáles eran los autores antiguos que más influyeron en su imaginación, incesantemente ocupada en vastos proyectos. Reuniré los pasajes mencionados por el Almirante en los escritos que de él tenemos, y los que su hijo D. Fernando presenta como causas de la empresa (Autoridad de los escritores para mover al Almirante á descubrir las Indias) conforme á las memorias de su padre.