Los autores de este tiempo indican rara vez, y cuando lo hacen, con muy poca precisión, el libro y capítulo de donde toman las citas, porque años antes del descubrimiento de América los libros impresos eran tan raros, que no existía ninguna edición del texto de Herodoto, de Strabón, ó de los libros de física de Aristóteles. En general, me ha sido fácil adivinar los pasajes de autoridades clásicas en que el Almirante fundaba sus pruebas cuando, al alegar las opiniones de los escritores antiguos, las desarrollaba. Puede creerse que durante su permanencia en Lisboa y Sevilla, desde 1470 á 1492, hizo que le ayudaran los eruditos de estas poblaciones; al menos vemos que, poco después, en 1501, tuvo el buen tino de consultar al Padre Gaspar Gorricio y de conseguir le proporcionara, para el libro de las Profecías, autoridades que hacían al caso de Jerusalén, es decir, relacionadas con la conquista del Santo Sepulcro, objeto definitivo de la conquista de los tesoros de la India Occidental.
Debe creerse, sin embargo, que, en general, el Almirante debió sus inspiraciones más bien á las obras de Isidoro de Sevilla, de Averroës y de Pedro de Ailly, que á las raras traducciones latinas y españolas[75] que podía consultar cuando llegó á Portugal. Confirma esta afirmación lo que antes copió de la carta de Colón de 1498, comparándola al Opus majus, de Roger Bacon, y á la Enciclopedia (Imago Mundi), del Cardenal d’Ailly.
Llego, pues, al detalle de los hechos.
Don Fernando Colón cita, conforme á los manuscritos de su padre (Historia del Almirante, capítulos VI, VII y VIII), como causas que indujeron á éste á emprender el viaje de descubrimiento las siguientes:
1.º Aristóteles, en el segundo libro Del Cielo y del Mundo, con el comentario de Averroës, dice que desde las Indias se puede pasar á Cádiz en pocos días. Es el pasaje De Cœlo, II, 14; pero la frase «en pocos días» es de Séneca y no de Aristóteles. También Pedro Mártir de Anghiera, en carta escrita en 1495 (Ep. 164, ed. Elzevir, 1670, pág. 93) al cardenal Bernardino, añade, después de hablar de las maravillas del segundo viaje de Colón, en el cual creyó éste no estar apartado más de dos horas (en longitud expresada por una medida de tiempo) del Quersoneso de Oro de Ptolomeo: «Hanc ergo terram Almirantus iste se humano generi præbuise, quia latentem invenerit sua industria suoque labore, gloriatur. Indiæ Gangetidis continentem, eam esse plagam contendit: nec Aristoteles, qui in libro de Cœlo et Mundo non longo intervallo distare á littoribus Hispaniæ Indiam ait, Senecaque ac nonnulli alii ut admirer patiuntur.» Estos mismos recuerdos clásicos se presentaron á la imaginación de Anghiera, después del primer viaje de Colón, en una carta dirigida al Arzobispo de Braga, fechada en el mes de Octubre de 1493 (Ep. 135, pág. 74).
2.º «Séneca, en las Naturales Quæstiones, lib. I, dice que desde las últimas partes de España pudiera pasar un navío á las Indias en pocos días, con vientos.» Este es el pasaje de Séneca, Naturales Quæst., Præf., § 11, que el cardenal d’Ailly, engañado[76] por el Opus major de Bacon, pág. 185, cita como perteneciente al lib. V de Séneca. Nada he encontrado en éste referente á las ideas que preocupaban á Colón, sino es en Quæst. Natur., V, 18, 9, donde dice: «An Alexander ulterior Bactris et Indis velit quærere quid sit ultra Magnum Mare?» Cuando Cristóbal Colón, en su tercer viaje, escribió á los monarcas españoles desde la isla de Haïti, en 1498, una carta interesantísima, induciéndoles á imitar los valerosos ejemplos de «Nero César, que envió á ver las fuentes del Nilo» (Navarrete, t. I, pág. 244), indudablemente tenía á la vista el texto de Séneca, en que el filósofo cortesano muestra á Nerón como noble apreciador de todas las virtudes en una época en que éste desdeñaba «flagitiorum et scelerum valamenta». «Ego quidem», dice Séneca (Natur. Quæst., VI, 8, 3) «centuriones duos quos Nero Cæsar, ut aliarum virtutum ita veritatis amantissimus, ad investigandum caput Nili miserat[77], audivi narrantes.....»
3.º El poeta trágico Séneca, que algunos creen ser el mismo filósofo (duda expresada también por D. Fernando Colón), escribió para el coro de Medea: «Vienient annis sæcula seris»; profecía que el Almirante ha cumplido. Tanto fijó la atención de Colón este pasaje, que se le encuentra copiado entero dos veces[78] de su letra en el bosquejo de su famoso libro de las Profecías, comenzado en 1501. Añade allí una traducción española tan inexacta como la que pone su hijo, y mucho menos poética de lo que es frecuentemente la prosa del Almirante, por ejemplo, la famosa relación dirigida á los Monarcas[79] y fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503, relación tan animada como un drama. Una de estas copias de los seis versos de Medea encuéntrase intercalada en una carta á la reina Isabel, llena de citas bíblicas; la otra está entre las observaciones de eclipses lunares hechas en Haïti y en Janahica (Jamaica) en 1494 y 1504. El historiador Herrera[80] acusa á Séneca, sin añadir la cita del texto, de un grande error, porque el filósofo romano imaginó que América sería descubierta algún día por la parte del Norte y no hacia el Oeste. Este concepto de Herrera contiene una alusión al citado coro de Medea. Indudablemente, Séneca no es profeta; pero Herrera se equivocó por una falsa interpretación del verso Nec sit terris ultima Thule. Lo que genuinamente dice el poeta es que la nueva tierra estará más lejana que la isla que se creía en su tiempo colocada en el extremo del mundo conocido, pero no que se encontrará en la dirección de Thule, á la cual Colón en sus Profecías paganas y bíblicas llama, no Thyle[81], sino «última Tille», y en su manuscrito sobre las «cinco zonas habitables» pretende[82] haberla visitado, en Febrero de 1477, lo cual, cronológicamente, es poco probable. Antes de dejar de hablar de Séneca, más asequible que Aristóteles, y por tanto, de mayor autoridad y más universalmente reconocida en la Edad Media, debo indicar un error de los catedráticos de Salamanca en sus disputas cosmográficas con Cristóbal Colón. Sabido es que los Monarcas encargaron, probablemente hacia el fin de 1487, al Prior del Prado[83], fraile de San Jerónimo y confesor de la Reina, defender la gran causa de los descubrimientos occidentales, ante los profesores, «que eran ignorantes», dice D. Fernando Colón en la Vida de su padre, «y no pudieron comprender nada de los discursos del Almirante, que tampoco quería explicarse mucho, temiendo no le sucediese lo que en Portugal», donde trataron de robarle el secreto para aprovecharlo sin su concurso, conforme á la treta aconsejada por el doctor Calçadilla, ó más bien (porque así era el verdadero nombre de este prelado) de D. Diego Ortiz, obispo de Ceuta, natural de Calçadilla, cerca de Salamanca. Con razón observa Muñoz cuán sensible es que no hayan quedado documentos de esta controversia científica, porque nos darían á conocer de un modo preciso el estado de las matemáticas y de la astronomía en las Universidades españolas del siglo XV. Sólo sabemos que Colón llevaba escritos de antemano los argumentos que debía explanar en favor de su empresa durante las conferencias tenidas en el convento de dominicos de San Esteban. Es probable que los documentos conteniendo las principales causas del descubrimiento, y que quedaron en manos del hijo de Colón, de Bernáldez, cura de los Palacios, y de Bartolomé de las Casas, estuvieran redactados conforme á las notas comunicadas á los catedráticos de Salamanca. Fernando Colón refiere que los catedráticos objetaron al Almirante con la autoridad de Séneca, que (por vía de cuestión) trataba si el Océano era infinito, de suerte que el mundo era muy grande para ir en tres años al fin del Levante, como quería. Nada, absolutamente nada, hay en las Cuestiones Naturales de Séneca que pueda justificar este aserto. Al contrario, está refutado en el pasaje de Séneca (Præf., § 11) que no era desconocido á D. Fernando (Vida del Almirante, capítulo VII).
4.º Aristóteles, «en el libro de Las Cosas Naturales, habla de haber navegado por el mar Atlántico algunos mercaderes cartagineses á una isla fertilísima, la cual ponían los portugueses en sus mapas con el nombre de Antilia, fuera ella, ó una de las islas que se veían todos los años (á favor de ciertas circunstancias meteorológicas) al Oeste de las Azores, de Madera y de la Gomera.» Este es el pasaje de las Mirabiles Auscultationes del pseudo Aristóteles, libro que Mr. Niebuhr cree escrito hacia la 130 Olimpiada, es decir, seis Olimpiadas después de la muerte de Theophrasto. Tómase gran trabajo Fernando Colón para probar, contra Oviedo, que esta isla de los cartagineses no era Haïti ni Cuba, ni ninguna de las descubiertas por su padre, y cuyo número, en la época más desventurada de su vida (en 1500), en un fragmento de carta autógrafa (Navarrete, Colección diplom., t. II, pág. 254), exagera hasta 1.700. Verdad es que en esta controversia quéjase D. Fernando de que, ignorando el griego, su adversario no haya podido leer el pasaje de Aristóteles sino en los libros de fray Teófilo de Ferraris; pero él mismo en esta ocasión no daba pruebas de una erudición muy sólida. Confunde la isla de Atlanta, al Norte del Euripo, en el canal, entre la Lócrida y la Eubea, separada del continente por un terremoto (Thucydides, III, 39; Plinio, II, 88), con la Atlántida de Solón y de Platón[84]; convierte en dos personas distintas á Statio Seboso[85], que permaneció algún tiempo en Cádiz para adquirir noticias de las islas del mar exterior, y toma las islas Azores, cuyas minas nadie ha elogiado, por las Cassitérides[86].
5.º Strabón, «en el lib. primo y secundo de su Cosmografía», habla de la extensión desmesurada del Atlántico, única causa que impide el paso de España á la India (es el texto lib. I, pág. 113 Alm., páginas 64 y 65 Cas., y la opinión de Posidonio sobre la navegación del Atlántico cuando es favorecida por los vientos de Sudeste, lib. II, página 161 Alm., pág. 102 Cas.).
6.º Strabón, en el lib. V, por la inmensa prolongación de la India hacia el Este, según Ctésias, Onesicrito y Nearco. La cita del lib. V es falsa, porque en este libro sólo se habla de Italia; pero el testimonio invocado de tres viajeros á la India da á conocer fácilmente que Colón quiso alegar el texto de Strabón, lib. XV, pág. 1011 Alm., pág. 690 Cas.